CRONOPIOS. El colgante VI. Meowri, por Rafael Hortal




Llegaron a la pequeña ciudad de Karima, su único hotel era de lujo. Despidieron a Khalid cariñosamente tras pagarle sus honorarios; les dijo que iría al mercado de camellos en Omdurman para venderlos.

—¡Aire acondicionado! Nunca lo había echado tanto de menos. -Bea soltó el equipaje y se lanzó a la cama.

—Me habría gustado que Alizée estuviera con nosotros. -Alain no se la quitaba de la cabeza.

—Sí, formábamos un buen trio. ¿No vienes a la cama?

—Eres insaciable. Déjame descansar. -Alain también se lanzó sobre el mullido colchón-. Después de esto no sé si me apetecerá volver al desierto.

—Pues aquí no me quedo. Me gusta conocer gente interesante, variada. A mi lo que me importa son las personas, no me condiciona ni el género ni la edad ni su estado físico. 

—Eres la pansexual más extrema que conozco.

Lo que parecía una cena tranquila y romántica en el lujoso restaurante, se convirtió en un escándalo cuando llegaron unos 20 turistas de golpe; no dejaron a su guía en paz con tanta pregunta sobre lo que irían a ver al día siguiente. Era un viaje organizado desde París para conocer el antiguo imperio Nuba. La guía se llamaba Carole; les hablaba en voz alta:

—Mañana nos dirigiremos a Tombos, donde podremos ver las estelas que a lo largo del Nilo van marcando la frontera entre el Egipto faraónico y el Reino Kushita. Veremos al llamado “Faraón durmiente” una estatua del rey Taharqa (dinastía XXV) que quedó incompleta en el lugar que serviría como cantera de granito de la dinastía de los Faraones Negros. Al atardecer volveremos al hotel. 

—Carole, por favor, ¿podemos acompañaros mañana? con el pago correspondiente, claro -le dijo Bea con su mejor sonrisa.

—Sí, vale, hay sitio en el autobús. Saldremos a las 7, después de desayunar.

Durante la cena actuó Salma, una bella bailarina con muchas curvas que amenizó la velada con danzas del antiguo Egipto. Alain no le quitaba ojo.

—Alain, si tanto te gusta puedo intentar que nos haga un pase privado -le dijo Bea acariciándole la pierna.

—A ti también te gusta, lo sé. Tiene las tetas tan grandes como las tuyas.

Tras la actuación, Bea entró al camerino para proponerle que actuara para ellos en la habitación. Le ofreció suficiente dinero para que no pudiera rechazar la oferta. 

—Tú no quieres que baile la danza del vientre… Buscas otra cosa.

—Busco todo lo que nos puedas ofrecer.

—En realidad me llamo Meowri. Tengo un amplio repertorio de actuaciones, la que acabáis de ver es para grupos de turistas, pero en privado hago performances para los sudaneses y egipcios adinerados. Les gusta lo que ven en occidente como disfraces cosplay, colegiala, heroína de cómic, dominatrix... 

—Lo que quieras, sorpréndenos… Pero quiero que juguemos hasta el final, hasta el orgasmo.

—Cariño, lo he entendido desde el principio. Dentro de media hora os espero en la última planta. Llama a la puerta que pone gimnasio privado.

La sala tenía unos cuantos aparatos de gimnasia. Meowri los recibió vestida como Cammy, un personaje de videojuego: bañador tanga de látex verde, que dejaba al aire su espléndido trasero duro y redondeado, botas altas negras, brazaletes rojos, peluca rubia con dos grandes trenzas que le llegaban hasta los glúteos y boina roja ladeada. Era toda una provocación. Le abrió una puerta al fondo del gimnasio y entraron en otra sala vacía con marcas en el suelo.

—Desnudaos completamente, poneos estas lentillas y el sensor de realidad virtual -ordenó.

—Pero queremos realidad de la buena, no virtual -dijo Alain decepcionado.

—¿Crees que porque estamos en mitad del desierto somos primitivos? Ya hicimos las pirámides hace 4.000 años; ahora disponemos de la Inteligencia Artificial más avanzada. Disfrutaréis.

—De acuerdo Meowri, sorpréndenos -dijo Bea con una sonrisa-. Estoy abierta a todo. 

—Al poneros el sensor veréis escenarios y personas. Las marcas en el suelo que veis ahora se convertirán en accesos que podréis investigar por separado o juntos; esa será vuestra elección. 

Meowri les colocó un pequeño sensor sobre las orejas. En décimas de segundo el ordenador cuántico analizó sus mentes formando un algoritmo común para los dos.

Percibieron un olor embriagador y ya estaban en un gran templo; había más gente desnuda andando o copulando en pareja o en grupos, en otra zona había unas termas que reconocieron como romanas, al pasar por otro acceso encontraron una versión porno del Jardín de las Delicias; a punto estuvieron de montárselo con Adan y Eva, pero atravesaron el lago y vieron un trono con Meowri sentada con la actitud de reina todopoderosa. Alain cogió de la mano a Bea para avanzar hasta ella.

—Podéis elegir cualquier espacio para montar vuestra orgía -dijo Meowri.

—Te queremos a ti, al menos eres real -le contestó Alain.

—De acuerdo, vamos a darnos un baño de agua salada, es lo más cotizado por aquí en el desierto.  

Volvieron a la puerta de acceso a las termas; unas 10 personas ya estaban gimiendo de placer, algunas dentro del agua y otras apoyadas en las columnas. Desnudaron a Meowri liberándola de su ajustado traje de látex y entraron los tres en el agua. 


                                                                                        Continuará…






Cammy White. Videojuego de Street Fighter


 

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