Yo lo tengo claro, soy más una maniática. Lo reconozco. No soporto mi nariz, ni mis labios, ni mis brazos, ni mi mandíbula, ni mi pecho, ni mi abdomen… Podría seguir, pero, ¿para qué?, ¿para amargarme? No. Es con lo que me toca vivir, y por eso, me he operado. Ya verás. Hoy, como siempre, habrá alguien que se meta conmigo. “Que guapa estás María, estás cada día más espectacular”, lo primero que me dirá el carnicero de la plaza. Dice que se enciende al verme, que soy su electricidad. Calambres es lo que debería darle al verme. Lo hace porque quiere que le compre la panceta, el lomo adobado, la morcilla, la chistorra y la pechuga de pollo. “Chistorra y pechuga”, en la misma frase, me gustan. Hay que saber comprar. Es muy importante. La cabeza la tengo bien amueblada, y si la pierdo es porque quiero y dónde quiero. La comida es esencial para que una tenga esas fuerzas que necesita para sobrevivir en esta selva en la que se ha convertido la sociedad. No puedo con los supermercados, compras...