Era humanista, era diplomático. Trabajó con el grande Aldo Manucio, a quien debemos las comas, puntos y coma, y tantos otros milagros que hacen, de la lengua escrita, una delicia que se pueda leer por primera vez sin estudiarla como si fuera una partitura musical. Venecia le encomendó ser su embajador ante Carlos V. Y, fue justo en Granada, cuando celebraba todo el Imperio las tornabodas del César, que conoció al barcelonés, y español, Joan Boscá; innecesariamente traducido por Juan Boscán. Llegó con la orden de conseguir del Gran Carlos, la liberación de Francisco I de Francia. No consiguió tener éxito en tal empresa, pero obtuvo uno más grande, y al que, de seguro, él no le dio mayor importancia: imponer en la rancia Castilla del Romancero y del dodecasílabo, la nueva poesía, ágil, petrarquesca y moderna del endecasílabo y del ideal de amor renacentista, basado en la amada ideal, y no en la cautiva princesa de las pétreas balconadas de los trovadores. Se había impuesto la letra de ...