Crónicas de la disidencia. III. La muralla, por Vicente Llamas
“Para hacer esta muralla, tráiganme todas las manos” …
Paradójico dogma: reclamar la totalidad de manos negras y blancas para levantar un muro excluyente de la totalidad de blancas y negras manos, como si las manos no fuesen animales insomnes, impulsados por una vigilia sediciosa que rehúye horizontes, sino dóciles criaturas sonámbulas acudiendo masivamente a enlazarse para resistir al “alacrán y al ciempiés”. La voz clarividente que convoca a esas manos, investida de potestad moral para condenar a repudiables artrópodos al sótano, sin eximirlos de contribuir con su hábito vital, eso sí, al equilibrio interno del ecosistema: permaneced fuera, atados al frío y al silencio, aunque vuestro veneno sea requerido para que el mirto sea más obsceno y la rosa no sucumba al gusano que ansía roer su entraña.
Los muros tienen dos caras, mugrientas las dos, la del ghetto y la del gulag. El muro de protección antifascista (Antifaschistischer Schutzwall) separaba la Stasi del despiadado capitalismo, los crímenes secretos de Markus Wolf de los núcleos de pobreza que desgarraban la ruta 66, allá donde hombres sin miedo debían soportar la carga del hambre de sus hijos.
Axioma democrático: el poder ostentado se sostiene sobre el recto gobierno del interés común, no sobre la alianza sectaria de contención del opositor, alianza que aplasta un enjambre de voces disonantes tan legítimas como las que sufragan la perversa aritmética de la sectaria comunión. El poder basado en la muralla es fragmentario, esquizoide, un poder detentado en forzada alquimia, propenso a la infección parasitaria, amenazado por tensiones internas sólo sofocadas con constantes concesiones redundantes en la discriminación y el agravio a las posiciones más débiles del escenario estatal.
Y dentro de la muralla, agitación, ruido, mentiras, nostalgia del habitante fronterizo. La convulsa comunidad de Viridiana, tan destructiva y desfigurada como la aristocrática mansión de los instintos y los secretos inconfesables del Ángel exterminador. Ni un atisbo de inflexión crítica que invite a la rectificación para desanudar las manos.
Nula conciencia auto-crítica para reparar daños infligidos, en vez de eso, embrión de Front d'Esquerres (renovado ímpetu de muralla) en torno a algún hueco líder parlamentario (sonajero con cascabel de latón dentro, el resto, pura cavidad) aparentemente abocado a frustrarse en su blástula, naufragio previsible ante la orfandad de sólida figura carismática del primer bienio que pudiera aglutinar fuerzas combativas de la emergente fascia: el tejido fibroso, extendido hasta la profundidad, envolviendo músculos y órganos, semejando un haz compacto de varas como una unidad corporativa.
Quizá el ansiado pacto de conjunción republicana, como en aquella lejana ocasión, debiera articularse sobre un partido desmarcado del virulento compás del Caballero oscuro, demasiado largo (aún por despojarse de máscara, desvelando su auténtica naturaleza nocturna), que abogara por la alianza de activos de izquierda, con mayor vocación de ámbito que de muralla, animado por la serena intención de tender puentes, no por la perversa maquinación de muros, juntando todas las manos, más todas las manos que faltan. Prieto lo sabía.
En aquel viejo tablero, ahora tan evocado con colores que se saltaron su tiempo y su norma, tanto como en la escena actual, ni rastro de depurada reflexión. Programa de coalición, más allá de la reforzada apuesta por la reforma agraria: amnistía a delitos políticos (¿son los cuerpos esparcidos por los diarios de rasos guardias civiles o de albañiles de Ermua delitos políticos? ¿Pesan sus ausencias tanto como las sombras exhaustas de las fosas del Estrecho del Muerto o Zelaietaburu?), excarcelación de insurrectos del 34, o de cualquier otra Asturias desafiante que alzase una nueva muralla obrera, y reanudación de los procesos de autonomía incidentes en una vergonzosa asimetría proto-federal, beneficiosa para los estridentes pródigos, renta de la extorsión y el pulso sostenido, nociva para los que se alimentan de cáscaras, privados de escudilla de altramuces.
El monstruo a abatir no es una realidad estática que siempre hubiera estado ahí, insomne, tras un muro carcomido por la yedra, aguardando su oportunidad, una masa de hijos estancados en los pecados de sus padres, habitantes inciertos que heredaran su torcida caligrafía, como un oscuro rumor tras la pared. Es una fuerza viva, engendrada desde el otro lado de la frontera, y su impuro latido es el fruto prohibido de la mesiánica obstinación en muros y el empeño en invocar continuamente el pasado para velar el vacío que sostiene precariamente el futuro.

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