La herida, por Vicente Llamas










Con el asa de un cubo de latón hurgaron en su vientre para arrancarle el hijo de su propio hermano antes de que nadie pudiera saberlo. 

Esparcieron un montón de mentiras en la aldea sobre lo que el Isaac le hacía a su nieta huérfana hasta que las mentiras, juntadas en una sola masa viscosa que se adhería como la arcilla a los murmullos de la gente, pesaron lo suficiente para expulsarlo de la comarca y arrojar a su nieta a los servicios sociales. Quizá le siguieron a donde fue y acabaron devorándolo, arrastrándole a las aguas del Janda. 

La vida de los lagos es siempre precaria, se alimentan de afluencias y disponen de emisarios que vierten al mar las aguas sobrantes, pero los afluentes aportan muchos sedimentos que van colmatando la depresión sobre la que se asientan y los ríos emisarios que salen de ellos erosionan la pared de detención cada vez más hasta que las cosas atrapadas en los sedimentos se hacen visibles, incluida aquella en la que se había convertido el Isaac, algo silencioso y vertical, llenos de hongos de espuma la nariz y la boca, velados los ojos por una tenue bruma a falta de sudario.

Engañaron a la tierra, robándole cosechas sin tener que mezclarse con ella, las despedazaban en las subastas, quedándose con partes que no eran suyas, sembrando el hambre en hogares agobiados por las deudas, y en noviembre del 52, una noche torcida, dos de ellos arrastraron a la inválida a la cara norte del acantilado, donde la pendiente es más empinada y no da su consentimiento para que exista intimidad.

Todas esas cosas las llevaba metidas en la sangre. Allí las habían enterrado sus antepasados para que se quedaran quietas, calladas, para que nadie las viera, sin borrarse, sin salirse de aquel lugar árido e incierto que sabían que sería su sangre ya antes de que desembocaran en ella, antes siquiera de engendrarle.

Todas esas cosas, el niño arrancado del vientre, las mentiras, noviembre del 52, los trozos de cosechas que no eran suyos, la inválida y los sedimentos del Janda, pertenecían a sus abuelos y a los que hubo antes de sus abuelos, pero se dirigían desde el principio a su entraña, desde que fueron concebidas estaban destinadas a reunirse en aquel lugar oscuro que ya no fluía, soportando el peso duro de su vigilia.

Y, a medida que su sangre se pudría, todas esas cosas se iban deshaciendo, pudriéndose con ella. Transcurría el tiempo sin que pudiera rozarlo, un estado sin vísperas, ni estaciones, sin lluvias, ni ríos, ni afluencias. En eso consistía ser un fantasma.

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