CUENTOS PARA LEER DOS VECES, El niño de la eterna sonrisa, por Pedro H. Martínez





A esas personas que nos alegran cada día


“A veces, solo a veces, la calma me invade. Son escasos los momentos de quietud. Mi cabeza parece estallar. Vivo preso de mis angustias, no las muestro, ellas quieren, yo no las dejo salir. Ellas quieren exhibirme, como enano de feria, como gigante de circo. Yo protejo lo que hay en mí. No es un tesoro, es un infierno”.


La mañana era lluviosa, como tantas mañanas, fina, una suave llovizna. Dewar caminaba con su bolso blanco, sus zapatos de charol de tacón alto y una gabardina de color rojo, corta, de doble abotonadura. No se le veía pantalón ni falda, sus piernas largas se mostraban elegantes y fuertes a la vez. No llevaba paraguas. Llegó hasta la puerta del Café del Arco, un café de estilo francés en mitad de la floreciente Toronto, haciendo esquina entre las calles Millwood y Malcolm. 


  • Te vas a mojar Dewar -una voz le gritó, un hombre corría hacia ella con un paraguas de cuadros blancos y negros.
  • ¡Y tú te vas a caer, como sigas corriendo con el suelo mojado! -Dewar tenía una voz dulce, y a la vez consistente. Sonaba dulce de lejos, y como un violonchelo de cerca, al oído podía derretir a cualquiera.


Él abrió la puerta y ambos entraron entre risas. El café estaba vacío, con las luces apagadas, su dueña, una señora de unos sesenta años esperaba detrás de la barra de bar. Hizo un gesto para que se apresuraran, ellos entraron en la cocina, ella se quitó la gabardina y se secó el pelo. Él se acercó y le pidió que se arreglara el pelo. Ella lo hizo, se miró en el espejo, sacó un pintalabios de color “russian red”. 


  • ¿De dónde vienes con esta pinta tan estupenda y… como gastada, Dewar? -le preguntó el hombre.
  • Martin, no me llega con el sueldo de camarera…
  • No quiero saberlo, en serio. No sé en qué líos estás metida, prefiero pensar que vienes de estar con tu novio.
  • Yo no tengo novio, no imagines que el mundo es de color de rosa, son muchas las cosas que no sabes de mí, y que no te gustaría saber, pero me alegro que te preocupes por mí -Dewar cogió del cuello a Martin y lo besó en los labios dejándole la marca del pintalabios.
  • ¡Quita Dewar!, no soporto que siempre me trates así -ella reía mientras él se quitaba el color de sus labios.


En el local no usaban uniforme, vestían con vaqueros y camisetas, rematados por un delantal y una gorra propia del local, la ropa la guardaba en un armario del minúsculo vestuario.


La lluvia cesó, permitiendo que las nubes se diluyeran, y mostrando un sol extraordinario que entraba por los ventanales del café, normalmente solo ponían de cantantes franceses, se escuchaba la canción “Je veux” de la cantante Zaz. En ese instante, la puerta se abrió y entraron un grupo de jóvenes junto a un hombre de mediana edad. Martin los vio entrar y creyó que eran jóvenes estudiantes junto a su profesor, la cafetería estaba cerca del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Toronto. Dewar se acercó al grupo, Martin la seguía con la mirada, mientras Martin servía un café capuchino. Ella se acercó al oído del hombre y éste hizo un gesto de desagrado, acto seguido el hombre sacó una pistola. Todo fue muy rápido. Demasiado. Se apuntó a la cabeza y se disparó. Un solo disparo, los gritos, vasos y cafés por los suelos, todo eran carreras. Martin se agachó, sintió que la pierna le ardía, se miró y pudo comprobar que el capuchino, hirviendo, se le había derramado en la pierna izquierda. La gente se atropellaba para salir del local, se empezaron a oír sirenas. Martin se asomó para buscar a su compañera, y la vio en el suelo, no sabía que hacer, gritó su nombre “¡Dewar, Dewar!”, nadie contestó, había demasiado ruido como para poder tener una respuesta. 


Las sirenas de la policía empezaron a resonar, Martin se volvió a agachar, los gritos no cesaban, todo eran idas y venidas, nadie quedaba a salvo. Sintió miedo. Martín estaba atemorizado, muerto de miedo. El dolor de la pierna era intenso, le abrasaba el café, quería quitarse el pantalón, pero en aquella situación, lo mejor era soportarlo. Cerró los ojos con fuerza, le preocupaba Dewar, miró a su alrededor, ¿dónde estaba Marie, la dueña del café? No alcanzaba a verla. 


  • Martín, Martín -una voz lo llamaba, abrió los ojos y vio a una clienta asomarse desde el otro lado de la barra, sabía su nombre porque de su delantal pendía una chapa con su nombre-. ¿Estás bien?, ¿te has quemado?


Seguía con los ojos cerrados, las sirenas y el tumulto se apaciguaron, se hizo el silencio. La clienta que se asomaba desde el otro lado de la barra, llamó a la dueña del café, Martín vio como señalaba dónde se encontraba él. Marie entró en la zona donde Martín servía los cafés. 


  • Tranquilo Martin, solo es una quemadura, tranquilo -Marie Laserre era dulce y educada, de exquisitas formas, de semblante serio, una parisina que se enamoró de un canadiense y por él cruzó el charco, nunca regresó a Paris-, ¿estás bien?, seguro que sí, eres un chico fuerte, vamos -le sonrió con ternura-, eres todo un hombre. Ya me gustaría a mí encontrar un hombre como tú… pero con mi años, con un joven no podría, nunca -y rio pícaramente-.
  • Estoy… y, ¿Dewar? -preguntó angustiado Martin.
  • Ella partió, Martin, ella partió hace mucho tiempo -Marie tomó la cabeza de él y la apretó contra su pecho, su voz era suave, aterciopelada, cariñosa y, sobre todo, respetuosa-. Aunque quizás mañana la vuelvas a ver.
  • Estaba en el suelo, junto al hombre que apretó el gatillo, debe…
  • Tranquilo, ya ha pasado todo -dijo Marie-, vamos a la cocina.


Entraron en la cocina, la clienta que se asomó tras la barra y que dio aviso a Marie Laserre los seguía. Marie le dio a Martin un vaso de agua y un tranquilizante, mientras empapaba un paño con agua fría que puso en la pierna donde el café cayó. La dueña del local, le pidió a la clienta que se quedara con él unos minutos, y así lo hizo. 


En tan solo unos minutos, Martin se quedó dormido, profundamente, como un bebé en el regazo de su madre. Volvió Marie a la cocina.


  • Se ha dormido -dijo la clienta.
  • Gracias, soy Marie.
  • Yo soy Olivia -dijo la joven mientras le daba la mano a Marie-, ¿qué le pasa al muchacho? -preguntó refiriéndose a Martin.
  • Martin lleva conmigo desde que abrí el local, hace seis años. Fue mi primer camarero, y también fue su primer trabajo.
  • Entiendo -dijo Olivia, una joven de poco más de veinte años, con enormes ojos azules claros, pelo rizado y rojizo, y tez blanca y pecosa. 
  • Si tuviera que decir el por qué lo contraté, sabiendo que era novato, joven y en nada experimentado en el mundo de la hostelería, diría que fue por su sonrisa, tiene algo que a mí me falta, alegría -hizo una pausa-. ¿Sabes que para sonreír todo el día hay que tener un don?, Martin cae bien a todo el mundo, a todos sonríe. Lo llamo “El niño de la eterna sonrisa”. Para un local como éste, tenerlo es un lujo. Personas como él son siempre necesarias. 
  • Llevas razón, yo llevo viniendo seis meses a tomar café aquí, al principio pensé que Martin era un ligón, siempre sonriendo, luego me fijé en sus ojos, y en como trataba a todo el mundo, me di cuenta que era una persona especial.
  • Lo es.
  • ¿Sabes Marie? Hacéis un buen tándem, tu tan elegante, tan refinada, tan europea y él tan sencillo, tan tierno, tan sonriente…
  • Si, así es, y gracias por lo de tan europea, hacía tiempo que no me adjetivaban así -sonrieron ambas.
  • ¿Quién es Dewar?, Martin preguntó por ella -Olivia hablaba flojito, dulce como el olor de su piel.
  • Cuando lo contraté, a los dos días apareció por el local un hombre de mediana edad, me dijo que era el orientador laboral de Martin, al principio pensé que sería un chico con problemas, y eso era lo que menos necesitaba mi local.
  • ¿Problemas?
  • Si, pensé que habría tenido algún problema con la justicia. Ya sabes -Marie no sabía quién era Olivia, por lo que cuanta menos explicación… pensó que era lo mejor-.
  • Y, ¿entonces? -la joven parecía realmente interesada.
  • Martín tiene… sufre un trastorno mental, no es violento, ni nada por el estilo. Pero lo arrastra desde hace años. Con pocos años, sufrió un accidente de tráfico familiar -hizo una parada para beber un poco de la botella de agua que llevaba en la mano-, de su familia solo sobrevivió Martin, murieron sus padres y su hermana… -hizo un silencio, miro al techo, suspiró-, Dewar. Su hermana era mayor que él dos años, él la idolatraba -la joven hizo un gesto para interrumpirle y Marie, con la mano, le pidió que escuchara-. Martin sufrió un golpe fuerte en la cabeza, tuvieron que realizarle dos operaciones, y algo debieron tocar o el golpe se lo produjo… Ve a su hermana, Dewar, siempre, habla con ella, yo siento que ella le responde, quizás sea yo quien no la ve, quien no la siente, y lo siento, me gustaría tener el placer de conocerla. Porque ella tiene entidad, ha crecido con él. Martín tenía nueve años cuando sufrió el accidente, ella debía tener once, ahora él tiene veinticinco, ella debe tener veintisiete.
  • ¿Entonces Martin habla con un fantasma? -preguntó Olivia.
  • Señorita, esa es una pregunta estúpida -Marie parecía enfadada-. Un fantasma se esconde, no quiere ser visto, Dewar está siempre junto a Martin, no se oculta, lo que ocurre es que solo él la ve, el resto del mundo no.
  • Ya, ya, ya -respondió Olivia con perplejidad.
  • En la cabeza de Martin quedó algo más… -Marie volvió a suspirar, Olivia la miraba expectante-. El dolor. Cuando Martin siente dolor, lo somatiza de manera diferente al resto del mundo. El dolor provoca que sus neuronas hagan interconexiones raras…
  • No entiendo.
  • El dolor le hace ver alucinaciones -dijo Maríe con contundencia-. Cuando se quemó la pierna al derramarse el café, le produjo tal visión que no sabemos lo que vio y sintió, pero no debió ser bueno. Habló de alguien en el suelo muerto por un disparo y que Dewar estaba a su lado en el suelo.
  • Parece que despierta… -Olivia se alarmó al ver que Martin abría los ojos.
  • Hola Marie -Martin parecía tranquilo y cansado, Marie le contestó en silencio, entre ellos estaba Olivia, él la miró, e incorporó la cabeza-, ¿sabes qué eres igual que Dewar?
  • ¿De verdad? -contestó la joven-, ¿quién es ella?
  • Mi hermana -Marie sintió una enorme presión en el pecho, se puso la mano en la boca y las lágrimas le brotaron de los ojos-, ¿ves Marie?, siempre has querido conocer a Dewar, y aquí la tienes, es como ella. 
  • Hola, soy Olivia -la joven no dejó de sonreír.


“A veces, solo a veces, la calma me invade. Son escasos los momentos de quietud. Cuando llegan, soy feliz”.

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