Agua, cristales rotos y un muerto, por Concha Lavella Clemares
Un golpe de viento abrió el portón de madera, entraron recuerdos y hojas secas. Era la tarde en la que el tío Venancio Martínez se cayó de la silla al estornudar y, como estaba tan gordito, rodó hasta tres habitaciones más allá. Al estar el suelo inclinado y las puertas de toda la casa abiertas, vino a dar con la cabeza en una de las esquinas de la cama donde se encontraba su mujer. A ella le entró tanta risa que casi se ahoga y llamaron de urgencia tanto por el chichón de Venancio como por el ahogo de su señora esposa. Atónita, comencé a contar las tacitas del estante y a rezar sin darme cuenta. Y es que ese día con mis tíos era como para no salir a pie de calle, pero tampoco para estar dentro. Su casa era agradable pero muy vieja. Acostumbraba a jugar con las grietas y desconchados de la pared, imaginaba historias y mapas hasta que me entraba sueño y mi tío, con su pipa de tabaco inglés en la boca, me contaba cuentos al compás del viento, meciéndome al calor de la...