EL ARCO DE ODISEO, Otra vez Japón XX, por Marcos Muelas
Si tuviera que recordar un momento triste de aquel viaje, me trasladaría hasta el último día en el que estuvimos allí. Al día siguiente, un avión despegaría para devolvernos a España, muy a pesar nuestro. Pero aún nos quedaba un día entero y no pensábamos desaprovecharlo. En aquella ocasión, como en las anteriores, terminaríamos la aventura en Tokio. Por aquellas alturas, y tras varios viajes, ya habíamos descubierto que nos gustaba mucho más Kioto, pero aun así, veíamos imperdonable no pasar unos días en el caótico Tokio. Y, para quién no lo sepa aún, tengo un cariño especial al distrito de Asakusa, un refugio de tradición dentro del bullicio de Tokio. A mí me gusta llamarlo "Mi Pequeña Kioto", por su paz y tradición, que tanto me recuerda a la original. No voy a venderle, amigo lector, que Asakusa sea un lugar tranquilo ni carente del turismo avinagrado que ya domina el país. Pero aun así, tiene todos los ingredientes para ser maravilloso.
Recuerdo con nostalgia aquellos paseos por Senso-ji, un conjunto de templos cuyo perímetro se funde con la ciudad. ¿Cuántas veces habré cruzado su impresionante puerta del Trueno (Kaminarimon)? Cuántos recuerdos traídos de aquella Nakamise-Dori… Es cierto que siempre acabo hasta las narices de los turistas maleducados, pero la suerte de dormir cerca es poder visitarlo entrada la noche o antes del alba. Imposible olvidar esos paseos con mi buena Penélope, solos, a altas horas de la madrugada. Las persianas cerradas de los negocios ofrecen pinturas y grabados que no pueden ser vistos en horas laborales. Pero, si algo nos atrajo de aquellos barrios, fueron sus posibilidades gastronómicas. Y no es para menos, ya que en la época de la postguerra fue la cuna del sushi frito.
Permítame que le hable de un lugar particular. Desde nuestro primer viaje habíamos encontrado un sitio encantador donde probar la comida más auténtica. Aquí no hacían sushi ni elaboraciones sofisticadas, tenían una mano excepcional con los fritos y los fideos. Aquel lugar respondía al nombre de "New Asakusa". Sí, sí, tal cual, en inglés, como un señuelo para turistas. Reconozco que la primera vez que entramos, allá por 2019, lo hicimos forzados, buscando un refugio del bullicio y el calor. Era un local amplio, con cartas plastificadas pegajosas en las que aparecían imágenes de sus productos. La carta ni siquiera estaba en inglés, al contrario de lo que pensaba encontrar. Pero había una atmósfera retro, con un encanto local alejado de lo turístico. Bueno, solo había una cosa muy turística que un principio me alarmó: en la carta ofrecían Sangría.
Pensé que nos habíamos metido en una trampa, un lugar donde se reirían de la ignorancia dando al gaijin “gato por liebre”. Pero, tras desplomarme en aquellas viejas sillas, observé a la clientela. Todos los presentes eran personajes locales. En la mesa más cercana un trío de veteranos compartía sake y reía cómplice mientras fumaba. Sin dudarlo, nos aventuramos a pedir varios de aquellos productos y puesto que no éramos capaces de reconocer las bebidas de la carta, nos la jugamos con la sangría (más vale malo conocido…). Entonces, sin quererlo, nos enamoramos de aquel lugar donde, por extraño que parezca, probé la mejor sangría de mi vida. Dulce y aderezada con algún licor potente que nos sacaba los colores y la risa fácil. Como digo, no había extranjeros, a pesar de estar en una zona tan turística.
Desde entonces, durante las constantes visitas que hicimos a lo largo de los años siguientes, siempre regresamos a New Asakusa para ser bien recibidos. De aquel lugar guardamos los mejores recuerdos culinarios, fotos y videos que usaba como diario de viaje. Fue allí donde descubrimos que las mujeres japonesas pueden beber descomunales jarras de cerveza, aguantando el tipo (más que muchos hombres doblados por el alcohol). Recuerdo a tres señoras autóctonas, que dieron fe de ello.
Pero, como dije antes, en esa última visita nos esperaba una triste noticia. El New Asakusa cerraría sus puertas para siempre en las próximas semanas.
Para que se hagan una idea, en aquel viaje ya éramos tan conocidos allí, que la dueña, una señora que llevaba décadas al frente del negocio, salió a charlar con nosotros. Los camareros nos trataban con familiaridad y allí nos sentíamos como en casa. Ni siquiera la barrera idiomática consiguió frenar nuestra comunicación.
Aquel día nos despedimos con abrazos con el personal, e incluso nos regalaron unas camisetas que publicitaban el local, las camisetas de los trabajadores… Ahora las guardamos como un gran tesoro en casa.
Aquel ultimo día estuvo cargado de cierta tristeza. La nostalgia que genera una despedida definitiva. Pero, no íbamos a dejar que aquello nos derrumbara. Aun estábamos en Japón, por las calles del templo Senso-Ji, nada menos, y todavía quedaban muchas experiencias que disfrutar.
¿Y cómo iba a ser de otra forma? Estábamos en Asakusa, el pequeño oasis de tradición, el rio Sumida y en aquella ocasión, una agridulce despedida.


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