La feminidad del silencio: Rosario de Velasco, por Santiago Delgado

 


Ver, mirar, admirar y degustar los bellos cuadros de Rosario de Velasco es un sentir a nuestra mirada refrescarse con la contemplación de su pintura. Una pintura que –más allá de lo naif y su encanto discreto de la pintura–, con su silencio sentimental, nos lleva a un mundo ideal, pero fuertemente anclado a lo real cotidiano. Y por eso es una pintura platónica, idealizada, sí; pero a la misma vez, aristotélica, porque parte de la realidad. Es como si algunos de aquellos humanos de la caverna del primero de los mentados, gustara volver de vez en cuando a la vieja gruta, a gustar de aquellas sombras, que, por lo menos, un valor estético, tenían. 

Lo que, en nuestra opinión, engloba la pintura de RdeV, es la radical feminidad, en fondo y en forma, de sus personajes, de todos sus personajes, aun de los masculinos. Lo femenino es silencio de encanto, es silencio de discreción, es silencio de plenitud de las cosas pequeñas, cotidianas. Unas cosas, objetos, actitudes, que conforman, sin vergonzantismo alguno, su mundo secreto de finura, sensibilidad y seguridad personal en una manera de ser, alegre, secreta y vivaz. En esto, que no en su obesa perspectiva, es un claro antecedente del colombiano Fernando Botero. 

Observemos el cuadro que quizá pasa por su obra maestra: Adán y Eva. Sobre el césped de un campo feliz, una pareja, hombre y mujer, se solazan, más que de otra cosa, de la mutua compañía. La modesta coquetería de ella endulza el cuadro en sus justos términos. La cenital, o casi cenital, perspectiva dota a la imagen de toda la orla de mérito y de maestría. En el cuadro de esta pareja enamorada sobre la hierba, observamos cómo ella mira en silencio a su amado. Hable o no hable, el amado del cuadro no gasta silencio. Oír hablar al otro, en este caso el amado, es un silencio especial, exquisito. Hay amor en ese silencio. Esa pierna flexionada, hacia arriba, indica que la amada está analizando lo expresado por el amado. El silencio femenino es misteriosamente elocuente. Pero el muchacho, narciso en el fondo, emite y emite palabras de amor, palabras. O eso cree él. Quizá pudiera hablarse de cierta inexpresividad de los rostros. Pero se trata, en el fondo de la mirada olímpica, de la mirada de los que nada tienen que temer pues suya es la victoria sobre los crónidas; en este caso los que están fuera del secreto entre los enamorados. 

Rosario de Velasco se inscribe en la escuela neofigurativista del mundo de entreguerras europeo. Una estética nueva que resucitó la reproducción de los modelos, bien que, desde perspectivas ampliamente distintas, y que aireó y oreó, la angustiada pintura del expresionismo, la militancia política y la abstracción arbitraria de aquel tiempo convulso. En sus ilustraciones se muestra seguidora del mundo modernista, con una solvencia y creatividad, dignas de los mejores maestros del género. Lo mismo en sus trabajos de apoyo al mundo del cuento infantil. 

Rosario de Velasco se nos fue en 1991, luego de penosa dolencia. Nos dejó un legado que habla de la mujer verdadera y eterna, de la alegría serena de vivir, y de la pintura como goce de la mente, del corazón y del ser humano al completo. Todo ello con el silencio de su pintura, que elevó lo femenino a categoría estética.







Adán y Eva. Rosario de Velasco




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