El arco de Odiseo. Otra vez en Japón XXI, por Marcos Muelas



    Era nuestra ultima noche en Japón. Hicimos todo lo posible por mantener alejados a los negros pájaros que traían la nostalgia. Estábamos en Asakusa y, créame, en aquel momento no se me ocurría un lugar mejor que aquel para compartir con mi Penélope. Dimos un ultimo paseo nocturno por aquellas calles que ya nos eran tan familiares. Con cada paso, tratábamos de grabar cada sonido, olor y rincón en nuestros recuerdos. 


    Pronto regresamos a un lugar que, aunque caótico, me parece mágico; Don Quijote. Sí, para quedarse muerto. Una cadena de tiendas que se apropió del nombre del célebre protagonista de Cervantes. Esta sede en concreto, con varias plantas, permanece abierta las veinticuatro horas del día. ¡Una locura! Aquel lugar, con su música machacona, acogía a altas horas de la madrugada a turistas con alguna copa de más. Y entre sus pasillos, abarrotados con todo tipo de productos, encontramos disfraces, comida, souvenirs y cualquier cosa que se nos pudiera ocurrir. Aquel lugar tenía más ambiente de after que de tienda. Una vez más, salimos cargados de bolsas, cruzando los dedos para que todo aquello cupiera en nuestras maletas. 


    Volvimos caminando al hotel y decidimos subir a la azotea. Aquel hotel me encantaba, por su balcón con terraza y el amplio tamaño de la habitación. Pero, la azotea era lo mejor. Cargamos con unas copas de vino, no era ningún Rioja ni Jumilla, pero sí el mejor que pudimos encontrar durante el viaje. Al llegar, nos acomodamos en aquellas tumbonas, ignorando el frio o la humedad de la reciente lluvia. Aquel vino de tercera fila con toque avinagrado se convirtió en un deleite. Solo había que mirar al frente para perderse en las aguas del infinito río Sumida, y, eclipsando a la mismísima Señora Luna, la luz de una vista privilegiada: el Skytree. El famoso rascacielos nos brindaba un irisado espectáculo de luces mientras escondía su cima entre la niebla. El famoso edificio de la cerveza Asahi o la idílica isla de Odaiba parecían a nuestro alcance con tan solo alargar la mano. Exprimimos ante aquella estampa cada segundo de nuestra escasa energía hasta que el agotamiento se hizo dueño de nuestros cuerpos.


    Al despertar, a pocas horas de que nuestro taxi nos recogiera, decidimos dar un último paseo. Lo que esperamos fuera a ser tranquilo se convirtió en una nueva aventura de compras. Y entre aquella nostalgia premonitoria nos encontramos con otro entrañable mercadillo con figuras de nuevo surrealistas. Llegamos al hotel y el taxi ya esperaba. Metimos a presión en nuestras maletas nuestros últimos recuerdos. 





Don Quijote de Asakusa, autoría propia


    El avión despegó de nuevo dejando atrás aquel fascinante mundo. No había pena por la despedida, no, al contario. Nos encontrábamos saciados por todo lo vivido, satisfechos por haber exprimido cada momento durante nuestra estancia. Atrás quedaban más de veinte kilómetros de caminata diarios, noches de cinco horas de sueño a lo sumo. Rara era la noche que no me despertara una dolorosa subida de Gemelo. Y sin embargo, mientras aquel avión tomaba altura, miré a Penélope a los ojos y ambos sonreímos. Y fue en aquel momento cuando nos prometimos que al siguiente año volveríamos. No tenga duda de que lo hicimos. Un año después regresaríamos para volver a Sakura, a Miyako Odori, a conocer a gente que cambiaria nuestras vidas y de paso, a vivir experiencias aún más cautivadoras. Si creen que este tercer viaje, del que les he hablado hasta ahora, fue increíble, el próximo lo fue por duplicado. Pero esa es otra historia que estoy deseando contarles, aunque tendrá que ser en otra ocasión.

Ahora íbamos en aquel vuelo, camino a España. A mi lado estaba mi Penélope, pero no se confunda, no volvíamos a casa, sino que nos alejábamos de ella. Aquel viaje de regreso duraría un año. Atravesaríamos el Hades, mares interminables y montañas cuyas cumbres tenebrosas estaban ocultas entre las nubes antes de volver a casa. Pues mi nombre es Odiseo y nuestro hogar está en Japón. 


¿Y como podía ser de otra forma? Aquel lugar se llamaba Japón, el país del encanto, el caos organizado y, como no, la patria de nuestros corazones.  

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