CUENTOS PARA LEER DOS VECES, ¡QUE BUENAS ESTÁN LAS LENTEJAS!, por Pedro H. Martínez
Me hubiera gustado no mentirle, decirle la verdad. Si, lo deseaba. Verle la cara desencajarse mientras le decía la evidencia, lo certero que desconocía, ver cómo su sonrisa burlona se desvanecería, sonrisa escondida tras el bigote negro, como una rata alargada posada sobre su cara, ver como se le caía, se le desplomaba mientras escuchaba la verdad del barquero, y hacerlo con sinceridad y exactitud inglesa, sin artificios ni ornamentos barrocos, a la cara. Quería verlo desencajarse, ver cómo se le abrían las carnes de rabia, la misma rabia que expresaba con indecentes palabras e insultantes hacia mi comida mientras engullía sin disfrutar, como un perro al que le pones de comer y come, solo come. No hay cosa que más coraje me dé que tras dos horas en la cocina ni te digan un “qué bueno”, un “gracias” o simplemente un “hum”… no hace falta que me haga la ola, ni se levante a aplaudirme, pero… Jamás hizo un gesto, al menos los perros mueven la cola de felicidad, él ni eso.
Las cosas iban a cambiar, era el momento, tenía en mi mano la posibilidad de hacer que todo diera un giro, que al odioso animal que me prometió ante las arras matrimoniales cuidarme en lo bueno y en lo malo, le diera la vuelta como si de un pulpo se tratase, que tomara de su propia medicina de indecencia e indignidad. El nivel de hartazgo había superado cualquier umbral de deshumanización a la que estaba sometido. A lo largo de mi vida, jamás encontré una oportunidad, como aquella, para empezar de cero, cero que era mucho más que el menos tres al que estaba sometida. Podía poner las cosas en su sitio, que el karma se lo llevara por delante, como un tsunami de emociones brotando desde las profundidades de mi cocina al comedor, levantando butacas, mesas y el sofá donde se sentaba como un sultán, gordo y seboso, feo y mandón.
Él no fue siempre así, de joven era retraído, entrometido y hurón, si, hurón si era, si alguien le hablaba se ponía detrás de mí esperando que yo respondiera. Pero todo fue ponerse el anillo, y cambió. Vaya que si cambio, se convirtió en lo que es hoy.
Mi relación con él no era idílica, acostarse junto a semejante pedazo de carne con ojos ponzoñosos, como cantaba Paquita La Del Barrio, era tratar de dormir en mitad de una manada de bisontes. Y la intimidad, la intimidad marital hacía años que no existía, hasta en eso era malo.
Por eso, no podía desperdiciar ese momento, esperé a que tuviera las lentejas en la mesa, yo estaba al otro lado de la mesa, empezó a comer, sorbiendo como si de sopa se tratase, y estuviera comiendo, sin manos, en mitad de un abrevadero para caballos. ¿Hacía ruido?, no, lo siguiente. No me miraba, pero yo necesitaba que lo hiciera. Necesitaba verle la cara mientras le decía la verdad, le contaba lo que quería contarle. Necesitaba ver como la sangre de ira se le acumulaba en los ojos hasta verle estallar, y él no levantaba la cabeza del plato. Así que golpeé con fuerza la mesa con la cuchara. Levantó la cabeza y… en eses preciso instante, mientras se escuchaban los acordes de la guitarra eléctrica, desgarradora y pura, de Jeff Buckley interpretando el “Hallelujah” de Leonard Cohen, le vi la creación: la cornamenta, iluminada, con estrellas amarillas y aristas incandescentes alrededor de su cabeza, una cornamenta de cornudo merecido, brillante, grandiosa y digna de emperadores, tan preciosa que pensé que si le decía la verdad jamás volvería a deleitarme ante magnífica obra del adulterio y la concupiscencia. Y si yo la veía cada día, cada día también la verían los demás, y sabrían que es cosa mía, que por fin había creado el animal perfecto.
Entonces me di cuenta que la verdad solo haría desaparecer de mí la satisfacción de devolverle los años de sometimiento, mientras mis líos, mis infidelidades, mis concubinatos, el abarraganamiento lascivo y consentido, deseado y placentero con otros hombres mantendría aquella hermosa cornamenta imperial en la cabeza del que prometió estar conmigo en lo bueno y en lo malo, y… supe cual era la causa a la que santificaría el resto de mi vida, a darle vida y esplendor a su cornamenta.
Así que cuando me miró no pude decirle la verdad, aunque esa era mi propósito, y soltando una carcajada fuerte y estruendosa, como una loca que acaba de descubrir el Santo Grial, grité:
-- ¡Que buenas están las lentejas!

Comentarios
Publicar un comentario