LOS SONIDOS Y EL TIEMPO, Fandango, por Gabriel Lauret
LAS MEMORIAS DE DULCINEA
SECCIÓN: LOS SONIDOS Y EL TIEMPO
GABRIEL LAURET
FANDANGO
Escuchar música era algo habitual en casa desde mi infancia. Ninguna música me gustaba extraordinariamente ni tampoco me disgustaba en exceso, menos una muy peculiar, diferente a las demás, que me producía un enorme desasosiego. El motivo de mi nerviosismo venía de una melodía enrevesada que, además, parecía no tener fin, porque volvía a comenzar una y otra vez. Esta pieza no creaba la misma sensación en el resto de los oyentes, ya que era, y sigue siendo, una de las composiciones de música clásica más interpretada.
En 1927 Maurice Ravel contaba 52 años. Era el compositor francés más respetado y uno de los más importantes del mundo. Autor de una obra relativamente escasa en número, estaba más preocupado por la calidad, por la perfección, que por la cantidad. Genial orquestador, había demostrado su virtuosismo en gran número de transcripciones, de obras propias o ajenas, de las que la más célebre, sin duda alguna, sigue siendo su majestuosa adaptación de los Cuadros de una exposición de Modest Mussorgsky.
Ida Rubinstein le propuso que pusiera música a un nuevo ballet. Tanto Ravel como Rubinstein tenían un pasado en común con los célebres Ballets Rusos de Serge Diaghilev, en los que ella había sido primera bailarina y para los que el compositor francés había compuesto Daphnis y Chloé y La Valse. Rubinstein, heredera de una gran fortuna, se había independizado de Diaghilev y había creado su propia compañía. Desde finales del siglo anterior lo español estaba de moda en París y en Europa, y lo español debía ser el tema de inspiración para este nuevo ballet. Se iba a titular Fandango, para el que Ravel debía orquestar seis piezas para piano de la Suite Iberia de Isaac Albéniz. Ravel no sabía que los derechos de esta obra eran propiedad exclusiva de Enrique Fernández Arbós, antiguo alumno de Albéniz y director de la Orquesta Sinfónica de Madrid. Arbós se enteró de la situación y se ofreció a cedérselos, pero Ravel, muy afectado por la situación, decidió modificar el plan acordado.
Llevó a la práctica una idea que tenía en mente desde hacía años: una composición sobre un único tema que se repetiría continuamente y en el que cada instrumento o sección orquestal que se fuera añadiendo aportaría un nuevo color, dentro de un larguísimo “crescendo” sustentado de principio a fin por un repetitivo, percusivo y obsesivo ritmo de caja. Una composición así era una novedad absoluta en la historia de la música. Concibió el tema, de inspiración hispano-árabe, durante unas vacaciones que pasó en Ciboure, su ciudad natal, en el País Vasco francés, muy cerquita de la frontera de Irún, durante el verano de 1928. Tras regresar a su residencia habitual en Montfort-l’Amaury, a treinta kilómetros de París, terminó la pieza en pocos meses.
Retrato de Maurice Ravel publicado en 1925.
Autor desconocido. Biblioteca Nacional de Francia.
Ravel se dio cuenta de que el fandango era una danza demasiado rápida para el ritmo de su obra, por lo que eligió otra danza española que se ajustaba mucho mejor a sus intenciones. Fue consciente de que la obra funcionaba mejor más despacio, incluso de lo que había indicado inicialmente, porque acentuaba el efecto hipnótico en el público.
El compositor no pudo asistir al estreno en la Ópera de París en noviembre de 1928 porque se encontraba de gira por España. En la producción participaron Bronislava Nijinska (coreografía), Alexandre Benois (vestuario) y Oreste Allegri (escenografía), todos viejos colaboradores de Diaghilev. A pesar de que Ravel imaginó la escena en una fábrica, finalmente la localización elegida fue una taberna. Ida Rubinstein interpretó una danza de alto voltaje sexual sobre una enorme mesa redonda, a la que 20 bailarines se iban acercando, atraídos por el encantamiento de la música y del baile de la protagonista. La Ópera estaba abarrotada y entre el público se encontraban Stravinsky, la Princesa de Polignac y Diaghilev, que no dudo en criticar con dureza el espectáculo, a pesar del enorme éxito que obtuvo, que se repetiría posteriormente en Bruselas, Montecarlo, Viena o Londres.
Ida Rubinstein tenía los derechos de representación de la obra en salas de teatro durante tres años y también, pero solo durante un año, en salas de concierto. Por tanto, desde octubre de 1929 se pudo liberar de las limitaciones escénicas. La obra entró a formar parte del repertorio de los mejores directores de orquesta de la época como Furtwängler, Koussevitzky o Stokowski, que la interpretaron por todo el mundo, despertando el entusiasmo del público. Pocos meses después comenzaron las grabaciones, una de las primeras a cargo del autor, y su difusión por radio, lo que aumento la popularidad universal de la obra. A pesar de los triunfos obtenidos, Ravel no estaba de acuerdo con algunas de las versiones. Tuvo una fuerte discusión con el director italiano Arturo Toscanini, que tomó un “tempo” mucho más rápido de lo indicado en la partitura y se permitió decirle al compositor que no comprendía su propia música.
La obra siguió ligada al mundo de la danza con coreografías excepcionales de Ruth Page, Michel Fokine, Serge Lifar o Maurice Béjart, que realizó una reinterpretación y también una resignificación de la obra cuando en 1981 sustituyó la protagonista femenina por un hombre. El excepcional bailarín argentino Jorge Donn fue el primero en adoptar este papel para cerrar la película Les Uns et les Autres de Claude Lelouch.
También fue una de las últimas obras de Ravel, ya que muy pocos años después comenzó a padecer las efectos de una enfermedad neurológica. Aunque dentro de su cabeza la música seguía fluyendo, Ravel era incapaz de traspasarla a la partitura, por lo que dejó de componer en 1932. El avance imparable de la enfermedad también le ocasionó multitud de problemas en su vida cotidiana, para hablar, para vestirse o para usar ciertos objetos habituales. En diciembre de 1937 se sometió a una operación que no tuvo éxito y murió pocos días después a los 62 años.
Desde que se pagan derechos de autor, el éxito de un compositor no se mide sólo por la popularidad alcanzada, sino también por el dinero recaudado. Ravel no es, como en otros casos, compositor de una única obra. Quiero decir que, ademas de ésta y de las otras composiciones citadas anteriormente, muchas otras también son habituales en las salas de concierto. Se calcula que la obra de Ravel ha recaudado el equivalente a dos millones de euros durante cada uno de los ochenta años que los derechos estuvieron en vigor.
Ravel murió sin descendencia (nunca se le conoció pareja, ni femenina ni masculina), por lo que toda su herencia, incluyendo los derechos de autor, pasaron a su hermano Édouard, que tampoco tuvo sucesores, y los legó a la enfermera que lo cuidaba, siguieron a su marido, a su hija, e incluso a un ejecutivo de la SACEM, el equivalente a nuestra Sociedad General de Autores y Editores, que inteligentemente dejó su cargo para asesorar a los herederos y creó una sociedad en un paraíso fiscal para gestionarlos.
Se habrán dado cuenta de que en este articulo les he hablado casi más de derechos de autor que de la propia música. En otras épocas los compositores podían vender sus creaciones, pero no recibían nada cuando se interpretaba o se volvía a editar, motivo por el que muchos ellos murieron en la pobreza.
Que no se me olvide, esta obra extraordinaria, que de pequeño tanto me intranquilizaba, es el extraordinario y vibrante Bolero de Ravel.
Ilustraciones musicales:
Maurice Ravel. Bolero. Orquesta Nacional de Francia. Director: Leonard Berstein
Maurice Ravel. Bolero. Orquesta Filarmónica de Munich. Director: Sergiu Celibidache
Bolero. Música de Maurice Ravel. Coreografía de Maurice Bejart. Ballet de Maurice Bejart. Solista: Jorge Donn


Excelente, me alegro de la vuelta de estos artículos tan amenos y al mismo tiempo interesantes.
ResponderEliminar