CUENTOS PARA LEER DOS VECES. Se ha caído hasta el jarrón, por Pedro H. Martínez.
Me pongo de tu lado, lo sabes, y siempre ha sido así. No recuerdo ni una sola vez que fuera distinto. Seguro que recuerdas cuando te vi la primera vez desnudo, seguro… te dije que no estabas nada mal. Es verdad, no te dije que estabas buenísimo, ni que me ponías a cien por hora… ya sabes que soy más de… ¿encendido lento? ¿Era así como lo decías? Encendido lento. Me gusta más ir poco a poco, encontrarme atraída por ti, no soy un cohete de mecha corta. Claro que tú… No me daba tiempo a sujetar el palito del cohete cuando ya estabas en el aire, con los ojos a la “virulé” como astronauta que acaba de dar mil vueltas sobre sí mismo mientras la nave… la nave, siempre he querido subirme a tu nave.
Ya ves, tú en el espacio sideral, y yo llamando a La Tierra. Tú eres demasiado “pimpampum toma Lacasitos”. No te rías, no quiero hacer un chiste. Antes hacíamos por llegar los dos a la meta a la vez, era divertido, yo te veía pensando en toda la plantilla del Glorioso, mientras yo me concentraba en mí, en mí, en mí… evitando distraerme con cambiar cortinas nuevas o pintar el piso en blanco roto. No era fácil, pero lo conseguíamos.
Sudábamos, ¿recuerdas Samuel?, sudar era maravilloso, sudar sobre sudado, recuerdo el viaje de vacaciones a Murcia, a ver a tu familia, que calor, era agosto, entonces no había aire acondicionado ni un mal ventilador, pero si nos gustaba tocar las estrellas subidos en tu nave. Creí que me daba un “nosequé”, y tú te quedaste blanco, con un sudor frio que creí te había dado un infarto. Ese verano, en Murcia, me dijiste que “no me postulo más, Karina, con este calor”. Si, mi nombre es Carmen, pero a ti te gustaba llamarme Karina, como la cantante. Éramos jóvenes y atrevidos.
No teníamos miedo a nada, madre mía, cuantas locuras hicimos. ¿Te acuerdas cuando fuimos, en Gijón, al cine de verano? Si, ya estábamos casados. Fuimos a ver “Por un puñado de dólares”, a ti los tiros te encendían, y a mí ver al implacable Clint Eastwood, que ese si estaba “buenísimo”, también. Era el verano de 1966, y me pediste quitarme, ya sabes… y lo hice, no nos dio tiempo a nada, nos cayó una lluvia tremenda, no recuerdo el día, sé que fue en mitad de la fiestas en honor a la Virgen de Begoña. Yo corría con la falda por la rodilla y sin bragas, y tú me dejabas ir delante para ver cómo se me levantaba la falda y asomaban mis nalgas. Creo que esa noche encargamos a nuestra primera hija, Begoña; algún día le contaré por qué se llama así.
Yo lo he pasado muy bien contigo, muy bien. Hemos hecho todo lo que hemos querido y sin arrepentirnos. En la peluquería se habla de todo, ya sabes cómo somos las mujeres, gallinas deseando cacarear sobre nuestro gallo, y no siempre se cacarea bien, más bien se aprovecha para hacerlo mal. Hoy las chicas jóvenes hablan con una libertad sobre sus relaciones maritales que yo tendría que ir a confesar. Y mira que no soy de misas, pero las licencias son demasiado explícitas. “Que no me dura nada mi marido”, “Me quedo con ganas de más”, “Voy a tener que comprarme algo”, y claro, a mi esas formas tan poco femeninas no me llaman la atención, pero… si lo han hecho una cosa que dicen mucho, cuentan que se han comprado cosas… aparatos… y claro, empecé a preguntarle a tus hijas, y ellas se miran y se ríen. Lo peor es que se lo contaron a tu nieta, la mayor, y el otro día se me acerca y me preguntó si quería que me comprara un juguetito. No entendía nada, te lo aseguro Samuel, me dio hasta un subidón de sangre que me ha salido un herpes labial.
Ya sé que soy mayor, que he pasado mucho, y que, por ello, debo tener la mente más abierta, pero hay límites que no se si podré superar. ¿Tú qué harías?, ¿le digo a Isabelita que me compre un juguetito o no? Dime algo. Estás tan callado. Ya sé que estas muerto y enterrado, por eso estoy aquí, he venido a traerte flores. Pero podrías darme una señal, no sé, que callera una flor del jarrón.
Pues si no dices nada, será que no, que para eso fuiste funcionario del Estado. Pues le diré a Isabelita que lo devuelva, me lo dio el otro día, quería enseñártelo. Ya, ya, ya, antes te dije que te pedía permiso para que me lo comprara, pero sabes que siempre pido permiso cuando ya he hecho las cosas, más vale pedir perdón que permiso, perdona que me ría. Quería abrirlo contigo, lo llevo en el bolso. Mira, pone “satisfayer”. Entonces, ¿me lo quedo? Gracias a Dios que te lo tomas a bien, y te ríes de mí, se ha caído hasta el jarrón.

me ha encantado, muy divertido
ResponderEliminar¡Me encanta este escritor,tiene mucho arte y mucha gracia!:)
ResponderEliminarMe ha gustado muchísimo, un gran descubrimiento para mí este escritor
ResponderEliminarmuy bueno, me ha gustado mucho y me he divertido bastante
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