Agua, cristales rotos y un muerto, por Concha Lavella Clemares

 




Un golpe de viento abrió el portón de madera, entraron recuerdos y hojas secas. Era la tarde en la que el tío Venancio Martínez se cayó de la silla al estornudar y, como estaba tan gordito, rodó hasta tres habitaciones más allá. Al estar el suelo inclinado y las puertas de toda la casa abiertas, vino a dar con la cabeza en una de las esquinas de la cama donde se encontraba su mujer. A ella le entró tanta risa que casi se ahoga y llamaron de urgencia tanto por el chichón de Venancio como por el ahogo de su señora esposa. Atónita, comencé a contar las tacitas del estante y a rezar sin darme cuenta. Y es que ese día con mis tíos era como para no salir a pie de calle, pero tampoco para estar dentro. 


 Su casa era agradable pero muy vieja. Acostumbraba a jugar con las grietas y desconchados de la pared, imaginaba historias y mapas hasta que me entraba sueño y mi tío, con su pipa de tabaco inglés en la boca, me contaba cuentos al compás del viento, meciéndome al calor de la chimenea. En el pueblo había muy pocas casas y cuando oscurecía no se veía ni un alma por las calles. Entonces imaginaba a las ánimas benditas empujando los portones que sonaban muy lejos y también cerca, lobos que aullaban y la nieve que se convertía en el misterioso mundo del más allá. Era un pueblecito de La Mancha llamado Cañicas del Sol. 


 Venancio enviudó al poco y a mí me enviaron a vivir a casa de una tía de mi padre que no tenía hijos y era soltera. Vivía más arriba de La Mancha. El camino era largo al tener que ir en una galera: pedruscos y barro, un dolor en los huesos del traqueteo y mi tía toda vestida de negro y con un pañuelo en la cabeza, solo se le veían las lentes y la barbilla con un solo pelo. Yo contaba ya once años (el tiempo en casa de mi tío Venancio Martínez y el viento, siempre el viento y sus cuentos). 

 Llegamos a Ávila. Mi tía era agradable y nada más comenzar septiembre me envió al colegio de las monjas de Santa Teresa. Las monjitas eran todas alegres, siempre cantando. La madre Terelu me hacía vestiditos muy bonitos y me peinaba las trenzas. El agua corría en la fuente. Cipreses, rosales... Los chopos tan bellos me recordaban el sonido del mar, aunque eso lo sentí después porque nunca había ido. 

 Tropiezo siempre en ese escalón y llevo las rodillas con cicatrices. Y muchas piedras, siempre muchas piedras. ¡Por Dios! La hermana me cura con esmero. La música de órgano de la iglesia y el aroma a esas tortas... ¡Mmm, qué rico olor! De Ávila. 

 

Un día me llevaron a vivir con mi madre y mis hermanos, que vivían en Almería. El cambio fue radical. Mi madre tenía muchos hijos en edad de criar, no tenían agua ni aseo. Lo bueno de todo esto eran los juegos con mis hermanos. Me pasaba el día ayudando a mi madre y jugando también con mis amigas, en la calle. Cantar, jugar a todas horas. Al cruzar la calle, el cine y la casa de mis abuelos. Era otra vida: llantos, empujones, risas y una bruja que nos sonreía sin dientes unas veces y otras gritaba y sentíamos miedo detrás de los butacones. Y ahora, qué iba a hacer con mis deberes del colegio. Recordaba a mi tía de Ávila y a las monjitas rechonchas, el silencio y la tranquilidad. 


 Pasaron algunos años, pasó también la guerra.  Un hermano de mi abuela murió en la batalla del Ebro. Mi madre se marchó a Madrid, al barrio de Vallecas, y nosotros con ella. Mi padre emigró y venía en vacaciones, dos veces al año. Todo eran cartas y giros. La vida discurría entre el colegio, la casa de mis abuelos y la de unas tías que vivían en Gran Vía. Mi madre iba a la iglesia con algunas mujeres y se volvieron muy activas con ese cura que las tenía embobadas a todas, menos a mí. Aunque he de reconocer que esas mujeres cambiaron el curso de la historia junto a hombres, niñas como yo y sus niños. Movimiento convulso y policías de gris. Movimiento de barrio. Muchas reuniones. Amasijo de crianzas y pancartas. Guardia civil y furgones. 


 Mis hermanos varones iban a otro colegio. A mí me enviaron a un instituto que se encontraba lejos de Vallecas. Un viento me acompañaba, me acompaña siempre. Sigue ese viento de Cañicas del Sol en mi mente. Tío Venancio, mi otra tía y ese viento. El viento y la noche donde las ánimas, empujando portones, y la nieve, vuelven y los lobos aúllan lejos. Ese viento que dejó en mí el tema de la sinfonía de mi vida.


  Cerré el portón de madera. El sol, inclinado sobre los árboles, daba su adiós. Me recliné en la mecedora con la sensación de haber realizado un largo viaje. Las últimas escenas del día se alargaban por la sala de forma suave y tenue. Las imágenes de esas mujeres abanicándose, todas a un tiempo, al son de habladurías, calor en sus manos y frío en el corazón, me avisan de la soledad del campo en primavera. Otro día volveré con más ganas a contar las alabanzas y vituperios de ese Vallecas feliz y a la vez mugriento. ¡Me encanta Madrid!



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