LOS SONIDOS Y EL TIEMPO. El violín rojo, por Gabriel Lauret
Llevo desde hace años El violín rojo en el disco duro de mi ordenador. La película me gusta, aunque es un poco fantástica de más, porque está bien documentada, ambientada históricamente y tiene una banda sonora espectacular. Cuenta la vida de un violín en un retrato musical que abarca más de tres siglos. Hace unos días pasé en tren por Brescia, una de las cunas de la lutería, y como tenía tiempo suficiente aproveché para volver a verla.
El director de cine canadiense François Girard tomó como punto de partida, sólo como punto de partida, una historia real. Lilli von Mendelssohn, pariente lejana de Felix y Fanny, de la rama familiar que se había mantenido fiel a la banca, tocaba el violín al igual que su padre, un importante coleccionista de instrumentos. Cuando Lilli falleció en 1928 en accidente de tráfico junto a su marido, el compositor Emil Bohnke, dejó tres hijos y dos violines Stradivarius. Uno de ellos, de un llamativo color rojo, conocido como Red Mendelssohn, había sido construido por el luthier cremonés en 1720, y desde esta fecha no se tuvieron noticias hasta finales del siglo XIX. Girard y el guionista y actor Don McKellar reescribieron la historia perdida para lo que crearon un luthier ficticio, Nicolò Bussotti, que permitiese ciertas licencias y concebir un relato trágico y fantástico. La trama hace continuos saltos en el tiempo, con una escena recurrente, una subasta, que transcurre en Canadá. Sin que pierdan interés al ver la película, porque la van a ver, les puedo adelantar que el instrumento viaja desde Cremona hasta un monasterio de los Alpes, pasa por Viena, músicos zíngaros lo llevan a Inglaterra y en una etapa final llega a China. Les puede resultar interesante conocer el proceso de identificación de estos violines e incluso verán que es real la posibilidad de que uno de gran calidad no sea reconocido por importantes músicos o expertos.
En el reparto sobresale poderosamente Samuel L. Jackson, en un papel más pacífico de lo que es habitual en él, como experto en violines. Otros protagonistas son Carlo Cecchi, Greta Scacchi, Jason Flemyng o Sylvia Chang, en una cinta muy peculiar es que está rodada en cinco idiomas, según los países que recorre el instrumento.
John Corigliano, un compositor “sinfónico”, no cinematográfico, fue el elegido para poner la música, que le valió el Oscar de 1999. El proceso fue inusual, ya que parte de la banda sonora fue escrita antes del rodaje para poder sincronizar las escenas en las que los actores tocan el violín. Utilizó la chacona, una danza del Barroco basada en un ritmo de tres tiempos y un bajo armónico que se repite sobre el que descansan los temas de la película. Corigliano adaptó magistralmente estos temas a cada época y lugar donde transcurre el relato, por lo que van mutando hasta nuestros días. Para la interpretación contaron con músicos excepcionales: el violinista Joshua Bell, que aconsejó a Corigliano sobre sus intervenciones, la orquesta Philarmonia y el director Essa Pekka Salonen. Esta banda sonora dio el salto a las salas de concierto. Todavía no había terminado el rodaje cuando Corigliano estrenó en 1997 El violín rojo: Chacona para violín y orquesta, un concierto breve, de poco más de quince minutos. Dos años después compuso una suite y, finalmente, en 2003, añadió otros tres movimientos al de 1997 para completar un concierto. En todas las ocasiones fue Bell el encargado del estreno.
Por entonces Joshua Bell ya poseía un extraordinario violín Stradivarius de 1713, también de color rojo, que había pertenecido a Bronislaw Huberman y que tenía una historia muy particular. Fue robado en 1936 de su camerino de Carnegie Hall de Nueva York durante una actuación, mientras este violinista polaco tocaba con otro instrumento. No se supo más de él, por lo que el violinista recibió una altísima indemnización del seguro. Cincuenta años más tarde, Julian Altman, un músico que tocaba en fiestas y restaurantes, le confesó a su mujer antes de morir que su violín era el instrumento de Huberman. Su ya viuda lo devolvió a la aseguradora Lloyd´s, que la compensó generosamente. Altman le había dado al instrumento una capa de betún para dificultar su identificación, que requirió nueve meses de trabajo para recuperar el precioso color original. Fue comprado por Norbert Brainin, del Cuarteto Amadeus, que le dijo a Bell, bromeando, que podía ser suyo por cuatro millones de dólares. Cuando Bell descubrió que estaba a punto de ser comprado por un industrial alemán, en una operación relámpago vendió el Stradivarius que poseía para poder adquirir el antiguo violín de Huberman. Si no se produce ningún accidente desgraciado, Joshua Bell será sólo el receptor provisional de este instrumento hasta que fallezca o decida venderlo, y su andadura no terminará con él. También el Red Mendelssohn, después de pasar por varios propietarios, acabó momentáneamente en buenas manos, como en el film. Fue subastado en 1990 y comprado de forma anónima por un rico industrial americano para su nieta, Elizabeth Pitcairn, que tenía entonces dieciséis años. Sólo una vez que estuvo preparada para comenzar una brillante carrera como solista anunció que era la propietaria de este excepcional violín.
Lo que ocurrió con el segundo Stradivarius Mendelssohn podría ser el argumento de una película de detectives.
Violín de Antonio Stradivarius de 1720, Red Mendelssohn.
© Elizabeth Pitcairn.
A pesar de que los miembros de la familia Mendelssohn eran luteranos desde hacía más de un siglo, eran considerados judíos por el régimen nazi, por lo que fueron obligados a vender sus propiedades y el Banco Mendelssohn pasó al Deutsche Bank en 1938. El Stradivarius de 1709 fue trasladado a una caja fuerte, que fue saqueada, durante la guerra o tras la liberación de Berlín por las tropas soviéticas en 1945. Los descendientes de la familia intentaron encontrar el instrumento infructuosamente.
Cuatro décadas después, en 1995, un Stradivarius de 1707 de procedencia desconocida apareció en París. Un violinista ruso, que lo habría comprado a un comerciante alemán en Moscú, lo llevó al taller de un luthier para venderlo, afirmando que su historia se remontaba a la época de la Revolución Francesa. El afamado experto Charles Beare lo atribuyó a Omobono, hijo de Antonio Stradivarius. En 2005 este instrumento estaba en posesión de un violinista japonés.
En 2024 surgió la sorpresa. Una organización cuyo objetivo era recuperar piezas expoliadas por los nazis descubrió su paradero. Por medio de fotos de la familia se desveló que el violín que se encontraba en Japón era realmente el instrumento perdido. Las décadas pasadas desde el robo, la fecha equivocada, un nombre alternativo y la historia falsa habían dificultado su detección. La desaparición está resuelta pero no los problemas legales. El violín sigue en posesión de su propietario mientras que los descendientes de Lilli von Mendelssohn mantienen su reclamación del instrumento, ahora sí, perfectamente localizado.
Como ven, es cierto que en ocasiones la realidad supera a la ficción. Muchos instrumentos han tenido un historia de película sin necesidad de inventar ningún guión.
Ilustraciones musicales:
J. Corigliano. Caprichos del Violín rojo. Augustín Hadelich, violín.
J. Corigliano. El violín rojo: Chacona para violín y orquesta. Elizabeth Pitcairn, violín. Orquesta Académica de Slobozhansky. Director: Daniel Austrich
F. Girard. El violín rojo (1997). (Introducción).


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