Loa del Maestro Ciruela, por Santiago Delgado
Yo, en algún tiempo pretérito e ideal, fui, sin duda, alumno del Maestro Ciruela; claro que sí. Y más aún. alumno dilecto: discípulo. Sí, no sabía leer, y puso Escuela, ¿qué hay con eso? Tantos que habría en el aldea, que sabían leer y guardaban como privilegio, para sí mismos, ese saber leer que el destino, más que su mérito, les otorgara.
Sí, el Maestro Ciruela, puso Escuela. Fue un valiente. Pidió permiso para entrar en aquel casucho abandonado casi en las afueras del pueblo, y puso pizarrón de laja, yeso seco por tiza, y mobiliario sobrante, del que quemaban en San Juan. Y el pueblo supo que había una cosa llamada Escuela, y que podía ser para todos. Los hidalgos del pueblo (lugar o aldea) lo miraron mal. Un laico plebeyo dando lección. No sabía más que escribir su nombre, y eso lo aprendió sirviendo al rey, por esos campos de batalla del belicoso coronado. Y tuvo que pedir ayuda al juglar último que pasara por allí, para saber escribir las letras que le faltaban, desde Ciruela a Escuela. Y con leños ardientes de los braseros que los vecinos sacaban a la tarde para sofocar la llama, y que sólo quedase el tizón para calentar la noche, arreó con uno y escribió en mayúsculas, cojas y descentradas: ESCUELA. Y a ella vinimos la zagalería toda, entre la sembradura y la recolección, cuando no nos necesitaba en sus campos el señorito.
Cuando acabó el letrero, se bajó del perigallo más triunfante y arbulloso que Alfonso Onceno cuando declaró inaugurada la Universidad de Salamanca. El Maestro Ciruela, ahí es nada. ¿Por qué creéis que mis aes mayúsculas son las mejores del mundo? Nadie como él enseñaba a delinearlas con primor tanto y donosura. ¡Joderos, si vosotros no!
Y, sí, su Escuela fue lo primero que los ojos de la chiquillería del lugar vimos algo distinto a casa e Iglesia. No había ni castillo en aquel rincón ibérico. Luego, cuando los padres vieron los progresos de la zagalería, le llevaron huevos y cecina. Y que él no lo hacía por aquel breve e inesperado pago, sino por el sano orgullo de poner escuela. Con el libro de texto, no editado, del Maestro Pero Grullo, enseñó lo que hay que enseñar al pueblo nuestro aquel mesetario, con duro clima y apartamiento extremo de las cosas del mundo y de sus pecadoras urbes.
Los dómines Cabra y otros dieron, luego, en acuñar la infame rima del refrán, rezumante de envidia y rencor. ¡Loa por siempre al Maestro Ciruela, que, donde no había, puso Escuela!
Venga, ¡lárguense al recreo!

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