Breve historia de una triple identidad, por Isabel María Abellán





Voy a empezar con Petronilla. Porque de las tres, fue ella la primera que conocí. Al terminar la Primera Guerra Mundial, Italia, al igual que los demás países que participaron en esta absurda contienda, quedó destrozada. Vinieron años de cartillas de racionamiento, de autarquía, de desnutrición. Más tarde, con la Segunda Guerra Mundial, a todo lo anterior se sumaron los bombardeos, la ausencia de alimentos y el hambre.

Y fue durante estos años de plomo, desde 1926 hasta 1946, cuando una descocida empezó a escribir una columna en un suplemento ilustrado del Corriere della Sera. El suplemento se llamaba “La Domenica del Corriere” y la columna de Petronilla: “Tra i fornelli”, “En la cocina”. Más adelante, y viendo los editores cómo crecían el número de lectores, tanto femeninos como masculinos, le ofrecieron una segunda columna: “La massaia scrupolosa”, “El ama de casa escrupulosa”.

Pero hasta aquí nada de lo que estoy contando parece demasiado diferente a otras historias. Quizá lo original de Petronilla era que su interés se centraba en la desnutrición y en la ausencia de materias primas. En años de escasez y hambre enseñó a los italianos a hacer “un flan sin huevos ni leche, una mayonesa sin aceite, una polenta sin polenta, y una tarta Margarita sin harina...”

Pero Petronilla no sólo fue la maga de una cocina sana y nutritiva cambiando los ingredientes. Ella también, desde su columna, se dirigía a los hombres del campo y les daba sabios consejos sobre el cultivo adecuado de las plantas, sobre cómo combatir las plagas, o los sabañones.

Porque desde otra columna titulada “Il parere del médico” y también publicada en El Corriere della Sera, pero ahora bajo otro seudónimo, el de Dottor Amal, daba consejos sobre la importancia de las hierbas para tratar ciertas enfermedades como la tuberculosis, la importancia de la higiene alimentaria, la limpieza corporal. Daba consejos para controlar la hipertensión, curar el tétanos etc

Petronilla utilizó un nombre masculino para esta segunda columna porque de lo contario sus escritos, hoy superventas, no habrían llegado a tantos lectores.

“Tuve que fingir ser hombre para ser creíble”.


Pero lo más interesante de esta historia es que Petronilla, la mujer tranquila que acompañó a los italianos en sus años más terribles, no sabía cocinar y ni siquiera era ama de casa. Porque Petronilla, en realidad, era la doctora Amalia Moretti. Una mujer emancipada, moderna, intelectual, que en su tiempo libre se dedicó a viajar con su marido y a obsequiar a sus amigos con sabrosas cenas que preparaba su ama de llaves que era una apasionada de la cocina.

Amalia fue la tercera mujer en graduarse en medicina por la universidad de Bolonia en 1893, y la primera en tener una especialidad, pediatría. Porque la gran preocupación de Amalia eran los niños, por eso era tan importante para ella ayudar a las madres, para que en tiempos de escasez extrema pudieran alimentar a sus hijos con alimentos sencillos y humildes, pero nutritivos. Amalia tenía además una voz amable y amiga. Cada domingo, las amas de casa italianas, recortaban su columna y la pegaban en su cuaderno de recetas.

Amalia sabía, por propia experiencia, que en lo sencillo estaba la clave. Le debía a su padre haber sobrevivido, con apenas un año, a una tremenda enteritis. Ya a punto de morir, su padre, farmacéutico y químico, preparó una última poción y la salvó.

“La naturaleza es amiga y nos salva si intentamos conocer sus secretos”.



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