EL ARCO DE ODISEO. Otra vez en Japón XV, por Marcos Muelas






No existe nada más doloroso que una despedida. Claro que hay despedidas y despedidas. En esta ocasión les hablo de una despedida que conlleva alejarte de un lugar tan querido como es tu patria. Sí, ya sé que no nací en Kioto, ni siquiera cerca de Japón, pero de alguna manera cada vez lo siento más mi hogar y me cuesta más irme. 


Pero no todo estaba perdido, aún nos quedaba Tokio y les aseguro que lo mejor del viaje estaba por llegar.


Era un 22 de abril, una fecha doblemente señalada y especial. Por un lado era el cumpleaños de mi amada Penélope y por otro, el día del Bando de la Huerta. Nos encontrábamos a miles de kilómetros de Murcia, pero no por ello íbamos a perdernos nuestra fiesta tradicional. En nuestras maletas habían viajado nuestros trajes regionales y antes de que ningún murciano hubiera visto el sol, nosotros ya estábamos vestidos. Fajín, corpiño, esparteñas, zagalejo, zaragüelles... Habíamos traído un pedacito de Murcia al continente asiático. Incluso habíamos encontrado claveles en un mercado.




Foto del autor y Penélope con una geisha en el Bando del año 25


Como cualquier día en Japón, éramos los primeros en pisar la calle. Nos dirigimos al templo Yasaka para despedirnos de aquel lugar que siempre nos brinda tan buenos momentos. Imaginen la fusión de culturas: nuestros trajes regionales en la entrada de aquel templo donde las geishas hacen sus ofrendas. Parecía irreal, una imagen extraída de un montaje o inteligencia artificial. Cómo no sería de llamativa la escena que pronto aparecieron dos mujeres para interesarse. Ellas, vestidas con los kimonos tradicionales de Japón, pidieron hacerse fotos con Penélope. ¡Y menudas fotos!

Nos despedimos de Gión, de Pontocho y del resto de barrios de geishas con la promesa de un pronto regreso.


El taxi se detuvo en la estación de Kioto para que dos huertanos incongruentes se bajaran cargados de maletas. Viajamos hasta Kanazawa, donde una casa tradicional

nos aguardaba. Y no era una casa cualquiera, siglos atrás había pertenecido a un samurái, nada menos. Apenas tuvimos tiempo de explorar nuestro refugio, pues las calles de Kanazawa nos esperaban.


Explicarles la magia y tradición de esos callejones es tarea imposible para las pocas líneas de las que dispongo. Nos dirigimos al mercado de Omicho donde degustamos las joyas culinarias autóctonas. Y para el postre tenía preparada una sorpresa para mi Penélope. Siendo el día que era y vestidos de huertanos como íbamos, no podía ser otro que unos paparajotes y un café asiático. No fue tarea fácil, pero mereció la pena. 

Con las pilas a tope seguimos nuestro camino disfrutando de aquel ambiente antiguo. Desde la puerta de una casa tradicional una elegante señora con kimono nos observaba intrigada. Debió de costarle mucho preguntarnos, pues los japoneses son demasiado educados para ello. Se interesó por nuestro atuendo y le explicamos que se trataba del traje tradicional de nuestra región. Le causó sorpresa y admiración, pues apreció mucho nuestro gesto de respeto por la tradición. Tras una educada y amena charla nos despedimos y ella volvió al interior de su casa. Fue en ese momento cuando descubrimos las tablillas sobre el marco de la puerta: se trataba de una okiya, una casa de geishas. Sin pretenderlo, habíamos tenido la enorme suerte de hablar con la okasan, directora y madre de aquella casa.


Ahora llegaba el momento cumbre de aquel día. Asistimos a un encuentro con una geisha. Allí estábamos, dos huertanos y una geisha. El resto de asistentes, una mezcla de ciudadanos del mundo, nos miraban casi con la misma curiosidad que a la geisha. El traje de Penélope causó auténtico furor. Comenzó la función y la geisha dejó impresionados a todos los presentes con su danza con música en directo. Después pidieron voluntarios para participar en sus juegos y sacaron al estrado a mi Penélope. Aproveché para anunciar en inglés a todos los presentes que hoy era su cumpleaños.  La gente aplaudió y la felicitó. Un americano negro muy alto le gritó " ¡Feliz Navidad!" en un imperfecto castellano. Seguramente quiso felicitarla en nuestro idioma pero le falló el conocimiento de español. Igualmente se lo agradecimos mientras la chica que lo acompañaba le clavaba un codazo en las costillas, avergonzada (ya saben, esos episodios surrealistas que nos ocurren en Japón). 

Y allí estaban, una huertana y una geisha tocando juntas el tambor tradicional. Una imagen tan única como improbable.

Me quedo sin espacio para detallar mejor el evento, pero les resumo que fue increíble.

Pero, para increíble de verdad (y volvemos a lo surrealista de nuestros viajes) al terminar la función, se nos acercó una chica y nos preguntó textualmente:


<< ¿Qué hacen aquí dos españoles "disfrazados " de murcianos?>>. Cuando me recuperé de mi sorpresa le respondí con otra pregunta:


<< ¿Y tú cómo sabes que somos murcianos?>> a lo que ella me respondió con toda la naturalidad del mundo: <<Pues porque yo soy de Madrid y mi marido de Canadá >>. ¡Como si aquello lo explicara todo! Aún sigo en shock con aquella conversación, sin entender nada.


Aquella noche dormíamos en la antigua casa del samurái. Después de varios viajes a Japón nos estrenábamos a dormir de la forma tradicional, en un futón. Para mí sorpresa no recuerdo haber dormido mejor en años. Eso sí, antes de quedarme durmiendo le di muchas vueltas a mi conversación con la mujer de Madrid, cuya lógica que aún sigo sin comprender, me perseguirá hasta el último de mis días.

¿Y cómo no iba a ser así? Estábamos en Japón, ya saben, el país de los pueblos encantadores, las situaciones desconcertantes y por supuesto, los futones.

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