EL ARCO DE ODISEO, Otra vez en Japón XIV, por Marcos Muelas
Al entrar en aquel recinto noté que algo no cuadraba. Era una sensación extraña que hizo que se me erizara la piel. Pero, no hablo de una situación desagradable, sino más bien desconcertante. La cuarta pared había caído y tenía la impresión de que no deberíamos estar viendo aquella escena. Quizá fuera un descuido de los dioses, que habían olvidado cerrar aquella puerta vetada a los mortales. Aquella era una figura etérea, más diosa que humana. Un fantasma de máscara blanca que ocultaba cualquier expresión o sentimiento. Años de experiencia para una contención total de sentimientos, pensé. Ninguna arruga en aquel rostro de marfil que denotara si era propensa a sonreír o preocuparse. Sus movimientos eran precisos y mecánicos. No se movía ni un milímetro de más, ni uno de menos. Ni una arruga en la ropa, cada adorno de su cabeza perfectamente colocado. Era la perfección hecha carne. Y allí estaba, sentada ante nosotros para nuestro deleite. Aunque lo pareciera, no se trataba de un robot humanoide nacido en este país de la tecnología. Estábamos en Kioto, en el teatro Kaburenjo de Gion y no creo que exista algo más tradicional en todo Japón.
¡Un momento! Ya ha vuelto a ocurrir. Me he dejado llevar y adelantado acontecimientos. ¡Uf! Cuando usted vea que me desvío del rumbo, avíseme por favor. Que a estas alturas ya debería saber que soy de naturaleza despistada. ¿Acaso cree que habíamos llegado hasta allí con tan solo chasquear los dedos? ¿Unos simples gaijin en primera fila para el espectáculo de geishas más deseado de todo Japón? Créame, no es una misión fácil.
Está bien. Empecemos por el principio, en la madrugada previa al día de Reyes. Por una urgencia laboral llegué a casa poco antes de las 2 de la madrugada. Y ahí estaba Penélope, despierta y concentrada ante la pantalla del ordenador. Tras una lucha a brazo partido, como dicen, nuestra buena Penélope se hizo con el ansiado trofeo: las entradas de Miyako Odori, el festival de geishas más importante de todo Japón.
Ahora sí, regresemos a aquel inolvidable 21 de Abril de 2025. Aquella mañana volvimos a Arashiyama, donde paseamos por el célebre bosque de bambú. Dimos un paseo y visitamos el templo Tenryu-ji, que tan buenos recuerdos nos traía de anteriores visitas. Para almorzar volvimos de nuevo al mercado Nishiki, donde dimos cuenta de la gastronomía del lugar.
Caminamos por las calles de Gion, atestadas de curiosos y unos pocos afortunados, que como nosotros, tenían reserva para el evento. En el recinto, ante la entrada del teatro se percibía ya el ambiente festivo. Mostramos nuestras entradas y nos abrieron las puertas a aquel mundo mágico. Primero nos encontramos con una serie de maravillosos kimonos que se exhibían colgados. Nos hicimos con el libro conmemorativo y nos invitaron a sentarnos delante de las vistas del jardín interior. Ya empezábamos a ser conscientes de nuestro gran privilegio.
No tardaron mucho en hacernos pasar a la zona que les expliqué al principio de esta historia. ¡Aquel ángel oriental preparaba de forma ceremoniosa té matcha para nosotros! ¡Y como estaba aquel té! El color, el olor, el sabor... No había probado nada igual. Además, de acompañamiento nos sirvieron unos dulces increíbles en unos platos de cerámica tradicional. Allí estábamos, frente a frente, con aquella geisha majestuosa, seguramente la más destacada de aquel año, bendecida con la admiración de todos. Y en contraposición, apareció otro ser celestial. Se trataba de una joven maiko, una aprendiz de geisha que debutaba en su primer año de Miyako Odori. Su kimono era colorido y al caminar, con sus pequeños pasos medidos, parecía flotar sobre el suelo. No cabía duda que por su gracia seguramente seria la favorita de ese año. Cuál fue nuestra sorpresa que al terminar nuestro té nos dieron unas elegantes bolsas para que nos lleváramos los platos donde nos habían servido los dulces. Y aquellos platos de cerámica no eran vajilla cualquiera. La decoración que llevaban había sido pintada nada menos que por las geishas que iban a actuar aquel día.
Un viaje en el tiempo, eso es lo que era. Flotábamos entre los fantasmas del pasado y la tradición, viviendo aquel festival que existía desde hacía tantos años. Geishas, maravillas vivientes que habían sobrevivido a la devastación de la guerra y a la occidentalización forzada de los vencedores.
Penélope y yo accedimos al teatro. El suelo me parecía extrañamente blando, y tardé en descubrir que era cosa de mis pies. Mi calzado ni siquiera rozaba aquella moqueta roja. Estaba flotando sobre ella ¿Qué demonios llevaba aquel té? Pero tampoco era el té, ni siquiera los exquisitos dulces. Flotábamos en aquel mundo etéreo y les juro que aún no estoy seguro de si estuve allí de verdad o solo lo soñé.
Llegamos hasta nuestros asientos en primera fila, imposible que fueran más céntricos y privilegiados. Las luces se atenuaron y se levantó el telón. Pero no el que teníamos delante, sino los que flanqueaban las butacas. Aparecieron las primeras geishas, geikos veteranas sentadas al modo tradicional. Cada una de ellas portaba un instrumento musical y comenzaron a tocar aquella inconfundible melodía que daba inicio al Miyako Odori.
Mis vértebras protestaron cuando giré mi cuello cual búho ratonero para encontrar que por las pasarelas laterales aparecían las primeras bailarinas. Para muchas de aquellas geishas aquello era el culmen de su carrera. El momento que soñaban desde niñas hecho realidad. Algunas de ellas eran muy jóvenes e imagino lo nerviosas que debían sentirse. Estas chicas lo abandonan todo para convertirse en geishas. Dejan atrás sus vidas, sus familias y sus amigos para ser algo más grande que ellas mismas. Se convierten en tradición, perfección y orgullo de una nación. Y el peso de aquella responsabilidad, por imposible que pareciera, no consiguió que cedieran ni a los nervios ni a un tropiezo ocasional.
Imagen propia, festival Miyako Odori.
Perfección, sincronía, unísono... Hasta aquel día solo eran términos huecos para mí. ¿Cuánto esfuerzo, tiempo y voluntad hacían falta para aquella composición?
Por descontado, grabar aquel espectáculo estaba prohibido. Ni siquiera vi una cámara oficial grabando el evento. Sentí un profundo desasosiego al pensar que aquel momento quedaría olvidado en un futuro. Pero, aquel sentimiento de fugacidad lo hacía aún más hermoso y valioso si cabía. Aquella tarde vimos bailar a geishas. Les vimos tocar instrumentos e incluso las oímos cantar.
Como les dije al principio, presenciamos algo irreal, un fallo en Matrix que por unos instantes nos permitió echar un vistazo por detrás del telón de la misma creación. Temí que moriríamos como Ícaro, que nos perderíamos, como los arquitectos de Babel. Todo el rato que duró estuve esperando que viniera el acomodador, algún personaje del mundo de los tengu que nos echara de allí por ser indignos de aquel privilegio.
Pero, no apareció ningún tengu. Nadie interrumpió aquel momento. Y salimos encantados, felices y agradecidos por aquel espectáculo.
Aquella experiencia no fue gratuita para mí. Tras la euforia del principio me sentí pequeño ante aquel mundo que cuánto más conocía, más esquivo se me hacía. Había visto bailar si no a diosas, a criaturas celestiales, y ya pocas cosas en mi vida volverían a ser iguales.
¿Cómo podría volver a mi vida normal? Una vida de gaijin, obligado a vivir tan, tan lejos de aquel mundo... En fin, habrá que volver otra vez, ¿no?
Y no podía ser menos. Estábamos en Japón, ya saben, el país de lo etéreo, las diosas de rostro de marfil y como no, del Miyako Odori.


Increíble!!!👏👏👏
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