PUNTO DE FUGA. Gestos de amor, por Charo Guarino
En diciembre de 2024 el filósofo Francisco Jarauta pronunció una conferencia sobre La montaña mágica de Thomas Mann en la Fundación Pedro Cano, en Blanca, con motivo del centenario de su publicación. Para mí era una lectura pendiente desde octubre del 86, que he llevado a término cuarenta años después. El 6 de enero del 25 encargué a los Reyes Magos un ejemplar como regalo para un montañero mágico. A su autor le llevó doce años escribir una novela que transcurría en siete, los que se demoró Hans Castorp en el Berghof de Davos, después de que acudiera a visitar a su primo Joachim, aquejado de tuberculosis, con la intención de permanecer en el sanatorio durante tres semanas. A mí me ha llevado algo más de trece meses finalizar la lectura matinal en que nos hemos sumergido José Luis y yo prácticamente cada domingo durante un par de horas desde entonces hasta el pasado 15 de febrero. Las aproximadamente 300.000 palabras que conforman la traducción al castellano de la obra acabaron de forma abrupta con el protagonista convertido en un recluta anónimo en un campo de batalla, nada más estallar la Primera Guerra Mundial, tras la monotonía de la estancia en el sanatorio, en el que la vida discurría entre pantagruélicas y frecuentes comidas, alternadas con curas de reposo, exposiciones al sol envueltos en mantas de camello y conversaciones filosóficas sobre lo divino y lo humano. El final abierto nos enfrenta al interrogante de qué será del joven alemán estudiante de ingeniería con el que nos habíamos ido familiarizando poco a poco y al que habíamos cogido simpatía y afecto. Las últimas páginas me evocaron el poema del durmiente del valle de Rimbaud, y un llanto desconsolado interrumpió la lectura que como un ritual amoroso he ido haciendo en voz alta, en el que confluían las reflexiones sobre la vida y la muerte, el amor, las ideologías, el retrato de una época y de la idiosincrasia de los pueblos de Europa y mi propia experiencia vital: los encuentros y pérdidas, el aprendizaje no exento de dolor, lo absurdo y lo destructivo de los enfrentamientos bélicos, que continúan asolando el mundo y segando vidas sin piedad, mi nido a punto de quedarse vacío, los reveses de la vida, que ni siquiera el amor incondicional y el afecto de los amigos impiden que haya de transitarse en soledad, la impotencia por el hecho de que así sea, la imposibilidad de transferir la propia experiencia en provecho de aquellos a los que amas...
Trato de recomponerme, y pienso que, entre otras muchas cosas que van forjando la complicidad que emana de las vivencias compartidas, con las que se entrelazan las que no fueron comunes, siempre nos quedarán Davos, y el tilo de Schubert (y aquel hostal con encanto, An den Linden, y la madre putativa germano-catalana a cuyas cenizas sigo debiendo una visita), y Hans Castorp, y Claudia Chauchat, y la inefable belleza de los amores imposibles, y cada uno de los habitantes del Berghof, y su simbología, y la magia de una montaña en la que está representada la vida entera, con sus luces y sus sombras, con las contradicciones que definen toda existencia, con gestos de amor sin etiquetas ni calificativos. Y bendigo la existencia de la literatura y su capacidad de hacer universal lo individual y viceversa, y su poder catalizador y catártico.
No es fácil lidiar con el dolor de los demás. Ni encontrar palabras de consuelo o aliento. Conviene escuchar también los silencios, y acompañar y mostrar empatía, y aceptar, aunque no se pueda comprender, mientras escampa y vuelve a salir el sol. Y adentrarse en un libro del que sabemos que no habremos de salir ilesos.
Mi agradecimiento infinito a mi montañero mágico, repartidor de alegría, por su paciencia igualmente infinita.


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