Andrea Navaggiero, un cavaliere del seicento, por Santiago Delgado
Era humanista, era diplomático. Trabajó con el grande Aldo Manucio, a quien debemos las comas, puntos y coma, y tantos otros milagros que hacen, de la lengua escrita, una delicia que se pueda leer por primera vez sin estudiarla como si fuera una partitura musical. Venecia le encomendó ser su embajador ante Carlos V. Y, fue justo en Granada, cuando celebraba todo el Imperio las tornabodas del César, que conoció al barcelonés, y español, Joan Boscá; innecesariamente traducido por Juan Boscán. Llegó con la orden de conseguir del Gran Carlos, la liberación de Francisco I de Francia. No consiguió tener éxito en tal empresa, pero obtuvo uno más grande, y al que, de seguro, él no le dio mayor importancia: imponer en la rancia Castilla del Romancero y del dodecasílabo, la nueva poesía, ágil, petrarquesca y moderna del endecasílabo y del ideal de amor renacentista, basado en la amada ideal, y no en la cautiva princesa de las pétreas balconadas de los trovadores. Se había impuesto la letra de cambio en los negocios, nadie navegaba sin brújula, y todos usaban el pijama para dormir, dejando la ropa al pairo de la intemperie, donde morían las miasmas todas de la Santa Infección. Hora era de dejar el paso al ágil, musical, digno de violín más que de tambora: su Majestad el endecásilabo, Garcilaso de la Vega, presente también en el fiestorro de La Alhambra, fue infectado por su amigo barcelonés, luego de que éste lo hubiera sido por el Navaggiero. Y salieron las tres églogas de Garcilaso, los sonetos de Lope y de Góngora, y aún, con el tiempo los del amor oscuro de Lorca. Como ven fue una charla que bendijo la mesa de la Poesía Española, no ya castellana. De Pirineos arriba todos nos miraban ya como españoles, no como súbditos de los vetustos reinos de la Reconquista.
En mi curso de Filología, llamábamos, a modo de allegado compadre, como Andrés, el Navajero, al mentado. Y nos divertíamos mucho con la broma.
Il Signore Andrea no logró su pequeño, y aparentemente grande objetivo de liberar al capo de franchutes, pero le dio un soplo definitivo a la Poesía Española. Hoy, una lápida de manises recuerda en modesto recodo de La Alhambra el magno y fértil suceso de aquel año de gracia de 1526. Por cierto, al Cavaliere Veneciano lo pintó nada menos que Rafael Sanzio. No era un cualquiera. Murió en Blois, como Leonardo. Allá fuera para recibir nuevas órdenes en torno al magno gabacho entrullado.
Hale, recojan como puedan, y salgan con el bocadillo de mortadela al recreo, que el Signore Andrea los proteja.

Comentarios
Publicar un comentario