SECCIÓN: LOS SONIDOS Y EL TIEMPO. El violinista del diablo, por Gabriel Lauret
Las primeras grabaciones fonográficas acabaron con el mito, aunque más adecuado sería hablar de leyenda, que había rodeado a los intérpretes del pasado. Edison eliminó ese halo de misterio, casi sobrenatural, que poseían cantantes como Farinelli o María Malibrán, pianistas como Chopin y Liszt, o el violinista más famoso de todos los tiempos: Niccolò Paganini.
Paganini debía producir una impresión bastante siniestra ya que era alto, delgado, con rostro cadavérico, y cabello largo, liso y negro, a juego con la vestimenta que siempre usaba. Su aspecto físico fue en parte provocado por sus diferentes dolencias. Con catorce años regresó de entre los muertos al superar una catalepsia provocada por el sarampión. El tratamiento con mercurio para la sífilis le provocó graves secuelas y contribuyó a acelerar su declive físico. La tuberculosis laríngea que acabó con su vida le hizo perder totalmente el habla durante sus últimos años. Posiblemente incluso su superpoder, su capacidad para extender la mano fuera de lo normal, también vino favorecido por la enfermedad, que la medicina moderna atribuye tanto al síndrome de Marfan como al de Ehlers-Danlos.
Otro elemento que alimenta la leyenda es la enorme dificultad de sus obras, que incluían efectos y técnicas que, aunque existían previamente, él desarrolló hasta el extremo. Solía utilizar un tema, prestado de alguna ópera de éxito, sobre el que hacía variaciones en las que explotaba técnicas inusuales y llamativas como dobles armónicos o combinaciones de melodías y arpegios que acompañaba simultáneamente con pizzicati de su mano izquierda. Sus Caprichos para violín solo, publicados en 1820, fueron considerados como intocables durante muchos años. Pronto se extendió el rumor de que había hecho un pacto con el diablo para tocar con ese virtuosismo, rumor que Paganini, consciente del atractivo para el público, no hizo nada por desmentir.
Niccolò Paganini había nacido en Génova en 1782, donde empuñó el violín por primera vez con siete años. Ninguno de sus profesores, incluyendo al célebre Alessandro Rolla, concertino del teatro ducal de Parma, rara vez le enseñaban nada nuevo. Además de su superpoder, Paganini dedicaba entre 10 y 12 horas diarias al estudio del violín, que también ayuda a tocar bien. Antes de comenzar con las giras de conciertos, residió durante una década en Lucca. Esta ciudad y república fue anexionada por Napoleón en 1805, quien la cedió a su hermana Elisa, con la que Paganini, muy probablemente, mantuvo una relación. Un concierto en Milán en 1813 fue el detonante de que se le considerada como el mejor violinista del mundo, con una interpretación virtuosa aunque muy libre y poco ortodoxa, a la "manera italiana”, en la que introducía efectos curiosos como la imitación de animales para llamar la atención del público.
La fama de Paganini como violinista solo era comparable a su reputación de jugador y mujeriego. Tuvo numerosas relaciones sentimentales, alguna de las cuales le ocasionaron problemas legales, aunque ninguna terminó de fructificar. La más duradera la mantuvo con Antonia Bianchi, una cantante que se convirtió en su amante durante cuatro años, fruto de la cual nació en 1825 su único hijo, Achille. Paganini tuvo que pagar una fuerte suma a Bianchi y sobornar a varios funcionarios para conseguir la custodia y poder reconocerlo oficialmente.
A pesar de su prestigio universal, la carrera internacional de Paganini fue corta, ya que comenzó a tocar fuera de Italia muy tarde, en 1828, y sólo seis años después abandonó los escenarios. Dio conciertos en Viena y diversas ciudades de Alemania y Polonia durante dos años hasta que en 1831 debutó en París. La sala estaba abarrotada a pesar de que el empresario había duplicado el precio habitual de las entradas, ya que su fama le precedía, como ocurrió también en Inglaterra, Escocia e Irlanda. Paganini ofreció cientos de conciertos cada año en numerosas ciudades. Se inmensamente rico, pero afectó a su ya precaria salud.
Jean A.D. Ingres (1819). El violinista Paganini.
Lápiz sobre papel. Museo del Louvre.
Paganini no era un virtuoso sólo del violín. También tocaba la guitarra, que reservaba para auditorios mas íntimos y reducidos, al igual que el compositor francés Hector Berlioz. Durante sus años en París, Paganini adquirió una de las escasísimas violas de Stradivarius y le pidió a Berlioz que escribiera un concierto para ese instrumento. No le agradaron los esbozos, por lo que rechazó lo que se convirtió en la sinfonía Harold en Italia. Cuando asistió al estreno se dio cuenta de su inmenso error y subió al escenario para mostrar, casi incapaz de hablar y por medio de su hijo, su admiración por el autor, a quien consideraba el sucesor de Beethoven. Paganini estuvo ligado casi toda su vida a un violín legendario, “Il Cannone” (el cañón) construido en 1743 por Giuseppe Guarneri, conocido en el mundo del violín como “del Gesú”. Es probable que lo adquiriera hacia 1800 para suplir otro del mismo autor, regalo de un admirador, que habría perdido en el juego.
Eugène Delacroix (1832). Retrato de Paganini.
Óleo sobre cartón. Colección Phillips. Whasington (D.C.)
El deterioro físico puso fin a la carrera de concertista de Paganini en 1834, que se trasladó a una espléndida residencia cercana a Parma. Dos años después regresó a París como accionista del Casino Paganini, en el que debía dar dos conciertos por semana. Su salud se lo impidió, la empresa fracasó, tuvo una demanda judicial y fue condenado a pagar una elevada suma. Estableció su residencia en Niza, donde la sentencia no podía ser ejecutada, y se dedicó al comercio de instrumentos musicales hasta que su estado empeoró. La polémica rodeó también su muerte. Dado el agravamiento de su estado, su hijo hizo llamar a un sacerdote en mayo de 1840, pero Paganini, pensando que todavía no era su último momento, se negó a recibir el sacramento. Cuando siete días más tarde falleció de forma repentina, el obispo de Niza, conocedor de la historia que el violinista nunca negó sobre un pacto diabólico, prohibió que tuviera un funeral y fuera enterrado en tierra sagrada.
Este fue el motivo de una larguísima peregrinación post-mortem acompañado por su hijo Achille, que sólo contaba quince años cuando murió su padre. El cadáver embalsamado permaneció dos meses en el lecho de muerte y un año en el sótano de la casa. Pasó por cuatro emplazamientos más hasta que en 1844 pudo ser llevado al jardín de su villa en Parma y no fue hasta 1876, 36 años después de su fallecimiento, cuando Niccolò Paganini pudo descansar definitivamente en el cementerio de esta ciudad.
Hoy nadie discute que Paganini fue el mejor violinista de todos los tiempos, quizás porque nunca pasó la prueba del fonógrafo. Basta con su leyenda, sustentada en vida por sus hazañas musicales y adornada por la imaginación popular. Fue una estrella fugaz y efímera que ha dejado una estela imborrable en el firmamento violinístico.
Ilustraciones musicales:
N. Paganini. 24 caprichos para violín solo. Alexander Markov
N. Paganini. Nel cor più non mi sento. Leonid Kogan, violín



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