CUENTOS PARA LEER DOS VECES, Como los pechos de las bailarinas del Moulin Rouge, por PEDRO H. MARTÍNEZ









  • ¿Qué esperabas?
  • No sé, quizás algo de comprensión.
  • Yo no digo nada, pero ese baile no me gustó nada.
  • No era para ti…
  • Ya, pero mucha gente opina lo mismo.
  • A mí lo que opine la gente me da igual.
  • Entonces, ¿para quién bailaste?
  • Para mí.
  • Para eso tienes un espejo en la habitación.
  • ¿Y tú?
  • Yo, ¿qué? 
  • ¿Para quién escribes?
  • No me gusta hacia donde quieres ir, no estoy hablando de mí.
  • Yo tampoco quiero hablar de mí, pero tú me provocas.
  • Solo te he preguntado…
  • Y has afirmado que no te gustó mi baile.
  • Ni a mí, ni a nadie.


Ambos se miraron, se hizo el silencio, ella tenía entre las manos unos viejos cascos para oír música, él miraba por la ventana. Se respetaban. Era la primera vez que se pronunciaban sobre lo que hacían. Ella bailaba en el Ballet de la Ópera de París, él era escritor de novelas con mala crítica y artículos de prensa que nadie leía. Se amaban.


  • ¿Hay otra persona?
  • ¿Qué dices?
  • No bailaste para nadie, tampoco para mí, mirabas al anfiteatro… ¿estaba allí? -se hizo de nuevo el silencio.


Jean Fontaine, era hijo del ministro más joven del segundo mandato de Charles De Gaulle, probablemente por sus antecedentes familiares entró en Le Monde como articulista primero político, luego cultural, y ahora estaba relegado a artículos sin más interés que entretener y polemizar, era autor de obras como “La inconfesable señora Fabre” y “Hoy es cuando aún no es mañana”, novelas consideradas por la prensa como grotescas, irreverentes, indignas de la literatura francesa… pero que el público agotaba edición tras edición, probablemente por el efecto contrario que producía una crítica tan feroz. Su mirada era seria, pero no desafiante. Ella, Louise Faure, fue la bailarina más joven en llegar al Ballet de la Ópera de Paris, su exotismo, belleza y elegancia mostraba el origen de su familia en el sureste francés, donde su pelo, su piel y su mirada lucían la multiculturalidad del Mediterráneo. 


  • Estoy harta, llevas un tiempo siendo demasiado distante conmigo, incluso cuando hacemos el amor miras a otra parte.
  • Estoy pasando una mala racha, pero no miro al anfiteatro. ¿Quién es?
  • Deja de inventar, no estás en el periódico, ni soy un personaje de tus novelas. No te has parado a pensar que mi mirada al anfiteatro quizás sea buscar a la nada, en busca de la comprensión.
  • ¿Qué necesitas que comprenda?
  • Déjalo.
  • ¿Ahora? -cerró las cortinas y se volvió hacia su Louise.
  • Necesito que entiendas que tengo treinta y dos años, y que me estoy haciendo mayor para seguir bailando, que hay gente muy joven en el ballet que aprieta mucho, que mis tobillos están cada día peor, que me han dado de lado las escuelas de baile porque dicen que sigo aplicando criterios antiguos e histéricos, y quise… -calló, se puso los cascos, como maniobra de evasión perfecta, pero se olvidó que no estaban enchufados.
  • Querías demostrar que eres única, la diva que sorprendió con su precocidad, que sigues viva.
  • No, no sé lo que quería -Louise tenía había dejado los auriculares sobre el sofá, sus manos tapaban su cara ocultando sus primeras lágrimas.
  • Ya, y por eso bailaste semidesnuda sobre la tarima, con unos movimientos que parecían más provocación que admiración.
  • Tú también lo haces.
  • Yo no bailo.
  • Escribes
  • No es lo mismo.
  • Lo que escribes no lo entiende nadie, te gusta provocar, escandalizar y no te importa que digan de ti que eres un pésima escritor, lo que te interesa es estar en toda la salsa cultural como el antisistema, el reaccionario, el que rompe moldes, diciendo lo que nadie se atreve a decir aunque no sepas hacia dónde vas.
  • ¿Ahora eres crítica literaria? -Jean se sorprendió de lo que oía, jamás ella le había dicho todo aquello, creía que lo apoyaba.
  • Soy tu pareja, hemos acudido a fiestas siendo los más admirados, nos hemos disfrazado y disfrutado provocando, pero… el otro día hoy una frase en mi camerino. Varias bailarinas jóvenes estaban viendo un video en una red social, estábamos tú y yo, y venía escrita una frase que me cambió la percepción de todo… -ella lo miró fijamente e hizo un silencio. Jean sabía que no era bueno lo que oiría, pero necesitaba oírlo.
  • ¿Qué decía?
  • “Los caducos y revolucionarios, hijos de la Francia rica, otra vez de fiesta”. 

Ambos hicieron un nuevo silencio. Esta vez fue más largo, pero menos tenso. Alivia soltar lo que se piensa, sobre todo porque se sabe que lo que se piensa también lo piensa tu pareja. Jean, era un tipo al que le podías poner todos los apelativos, meterte con él, insultarle, maldecirle, pero había algo que no le gustaba, que lo hicieran con su pareja.


  • Y… ¿qué hacemos? -preguntó él mientras se agachaba para estar a su altura.
  • No lo sé, tu eres el creativo, el hombre de los dramas, el teatro …
  • No te rías de mí -dijo sonriendo, ella lo miraba intensamente. ¿Quieres tener un hijo?
  • Estoy embarazada, vas a ser papá.


Jean se abalanzó sobre ella y la besó por la cara, el cuello, sus manos, sus hombros, su boca. Su cara cambió absolutamente por completo.


  • Engordaré, se me hincharán las piernas, se me hinchará la cara, no podré bailar…
  • ¿Qué importa?
  • Tendré cambios de humor, haré cosas extrañas como el baile último…
  • Yo estaré siempre bajo tu manta.
  • Igual no podemos ir a fiestas, ni conciertos, ni…
  • Empezaré a escribir otra novela.
  • No sabes escribir, y lo sabes -dijo Louise con media sonrisa.
  • Y tú tienes los ojos más bonitos que jamás he visto.
  • Pero no sabes escribir.
  • Mis libros pagan este piso, los viajes, tus tratamientos…
  • Me gusta la forma que tienes de comprenderme. Yo también trabajo, te lo recuerdo.
  • Jamás podré bailar como tú.
  • ¿Gorda?
  • La bailarina gorda más bonita del mundo.
  • A mí, jamás, no se me ocurriría escribir como lo haces tú.
  • Escribo fatal, lo sé -dijo Jean mientras sujetaba con sus brazos a Louise-, pero algo se he aprendido.
  • ¿El qué?
  • Me encanta ser papá contigo.
  • Pero eres mal escritor.
  • Y a tí se te pondrán los pechos como los tienen las bailarina del Moulin Rouge.
  • Eres un pervertido.
  • También lo sé.


Ambos rieron y se abrazaron.


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