Penélope, por Gedi Máiquez


Odiaba con toda su alma las clases de pretecnología que dos veces por semana tenía que realizar en el colegio. Esa mañana, aunque apenas se le notaba, aguardaba intranquila sentada en el pupitre la entrada de la profesora. El uniforme impecable y la camisa perfecta acompañaban a su pelo castaño, lacio y especialmente brillante que la noche anterior su abuela ya se había encargado de cepillar.

La madre Carmen entró esa mañana con el gesto adusto habitual, haciendo juego con su rígido hábito gris de falda acampanada por debajo de la rodilla y cabeza coronada  por  una  cofia blanca  que enmarcaba  el  afilado y ajado rostro. La niña pensaba que Dios no andaba muy contento últimamente, el semblante de la monja no dejaba la menor duda.

-Señoritas, hoy tienen que entregar la tarea- Dijo autoritaria la madre Carmen. Todas las compañeras empezaron a sacar de sus mochilas, solícitas y disciplinadas los primorosos trabajos, orgullosas de sus impecables y correctos bordados realizados como si de una producción en serie se tratara. Un cojín de saco de arpillera bordado en punto de cruz de chillones colores ochenteros, tenía la culpa de sus desvelos.

Doce, eran doce cruces por cada lado de los cuadrados bordados. ¿En qué momento había hecho uno de trece? pensaba la niña. La madre Carmen iba a volver a poner el grito en el cielo con ella. -No vas a ser nunca una mujer hacendosa, no vas a servir para nada, no hay forma de hacerte una mujer de provecho- y así toda una letanía que le recordaría continuamente cuál iba a ser su lugar en el mundo de fuera.

Aunque pensándolo bien, en realidad, a ella le importaba una mierda lo que esa bruja dijese, lo que quería era que terminara pronto la esperada bronca para escaparse a la biblioteca del colegio, deslizar su mano infantil por cada uno de los libros y así disfrutar de ellos viéndolos en sus estanterías y poder elegir al compañero que estaría con ella  debajo de la mesa hasta que volvieran a encontrarla.. Era su huida más ansiada para dejar atrás a una monja resignada a la idea de verse  incapaz de inculcar a la niña los verdaderos valores  que aún perduraban de la extinguida Sección Femenina. -Definitivamente criatura, no vas a llegar a ningún lado bueno por ese camino. Le  había dicho más de una vez la monja. 

 -¡Penélope! gritó enfurecida la madre sacándola de su ensoñación -¡Te has vuelto a equivocar! tendrás que deshacerlo y volverlo a hacer si quieres aprobar, sentenció la monja. Penélope enrojeció hasta las orejas y en un susurro dijo, -no, no pienso hacerlo de nuevo. El suspenso caería como una bomba de tinta roja en el boletín trimestral. Y girando sobre sí misma se dirigió a su pupitre con lágrimas de rabia en sus ojos claros. Le daba lo mismo que su cojín no fuera perfecto, de hecho estaba orgullosa de él, de su imperfección, él sí podía permitirse el lujo de ser imperfecto, nadie le increparía, como mucho terminaría en el baúl de los recuerdos como testigo mudo del mundo de Penélope.


El enésimo libro que leía ese verano reposaba en su regazo. En su ensimismamiento pensaba que  había cambiado mucho desde su etapa infantil, o tal vez no tanto. La chica formal que todos esperaban que hiciera lo que se esperaba de ella quedaba muy lejana aunque de vez en cuando asomase un fugaz destello que le recordaba quién era. La realidad se había impuesto a base de golpes dejando a día de hoy una mujer fuerte y solitaria que le hablaba con cariño a su niña interior, la que  seguía buscando en la lectura el refugio de antaño para  resguardarse de los vientos del norte que soplaban amenazantes en su espíritu melancólico. Odiseicas. Las mujeres en la Odisea, ese era el título del libro que la había devuelto a su infancia colándose por los recovecos de la memoria. Siempre le había pesado su nombre, ese que su madre le puso tan orgullosa pensando en la canción de Serrat, bien podría haber mirado al Mediterráneo en el momento de elegirlo, su madre  le  habría evitado muchas etiquetas innecesarias, entre otras cosas.

Pensó que el momento de reconciliarse con su nombre y por extensión con ella misma había llegado. Una nueva visión de Penélope se abría ante sus ojos. El arquetipo de mujer fiel a un esposo ausente, pasiva y complaciente como referente de mujer ideal  había prevalecido en la memoria colectiva durante siglos, pero esto empezaba  a diluirse para dar paso a la revisión de los personajes femeninos de la Odisea encabezados por la figura de Penélope, ahora sí,  ya era posible echarse a la mar.


  "A pesar de las dificultades de estar en el interior, porque no tenían otra opción, consiguieron influir y transformar el medio que las rodeaba, oponiéndose a la insolencia y la bravuconería de los varones con la astucia y la inteligencia, en las que eran capaces de medir sus fuerzas en igualdad de condiciones." (Estrada, Carmen.(2021). Odiseicas. Las mujeres en la Odisea. Seix Barral. Barcelona.)

Comentarios

  1. Hay que ver lo que se parece este personaje a una amiga , luchadora como la que más, cuyos principios defiende hasta la extenuación. Enhorabuena por tan gran relato.

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  2. Cada historia siempre lleva algo nuestro ¡gracias amigo por leerme!

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