EL ARCO DE ODISEO. Shiro, por Marcos Muelas.



 10 de octubre de 1959 

“Hoy he recibido la noticia de su muerte. Siempre pensé que cuando este día llegara, sentiría algún tipo de alegría, o al menos la sensación de que se había hecho justicia. Pero no ha sido así. No es que el pasar de los años haya adormecido mis sentimientos, no, ni mucho menos.

Después de tantos años esperaba sentir algún tipo de alivio o pensar que las almas de mis familiares por fin descansaban en paz.

Pero al igual que en nuestro particular holocausto, no hemos hallado ninguna justicia. Sus muertes no han sido vengadas. El verdugo y torturador de decenas de miles de ciudadanos ha fallecido en libertad sin sufrir ningún castigo.

Solo espero que el cáncer de garganta que acabó con él haya sido doloroso. Espero que su salud se quebrara y que cada vez que respirara o tragase alimento sintiera su particular infierno.

 Hoy nos hemos reunido algunos de los supervivientes de la guerra para hablar de este tema. Después de tantos años ninguno es capaz de entender como el doctor pudo escapar a la justicia con impunidad.

Tanto los americanos como los rusos se esforzaron en castigar a los nazis. Se ufanaron, triunfantes al mostrar al mundo las monstruosidades desarrolladas en Europa y se sintieron justos y purificadores al aplicar las condenas. Pero, ¿por qué nadie habla de lo que nos pasó a nosotros? Nadie habla de los campos de concentración chinos, donde los japoneses invasores cometieron sus crueldades contra nuestro pueblo sometido.

Todos conocen Auschwitz y al doctor Mengele. ¿Por qué nadie recuerda a Shirō Ishii? Fue él quien dirigió el maldito comando 731, el causante de cientos de miles de muertes. Entre ellos los habitantes de mi pueblo natal, ahora extinto.

Tras ganar la guerra, los americanos lo capturaron. Al principio pensamos que sería juzgado y castigado, al igual que sus homólogos alemanes.  Pero lejos de ello, negociaron su libertad a cambio de los informes de sus investigaciones. 

No es ningún secreto que después de la guerra volvió a su país, donde tuvo la hipocresía de crear un hospital benéfico.

 Seguramente, muchos de sus conciudadanos lloraran su muerte: Shirō Ishii, el héroe de guerra, médico y filántropo. 

Espero que el infierno lo engulla y que de alguna forma pague sus pecados.

Muy pocos sabrán de sus crímenes, aparte de sus miles de víctimas, claro. Pero esos ya no pueden acusarle, están muertos. No se hablará de lo que hacía en sus laboratorios donde creaba y reproducía virus y epidemias que luego soltaba sobre nuestros pueblos y aldeas.

Eso sin hablar de sus experimentos. Muy pocos sobrevivimos. Los que se atrevieron a contar las aberraciones que presenciaron en sus instalaciones no quisieron ser escuchados por el resto del mundo. 

Hablamos de vivisecciones sin anestesia, inoculación de enfermedades e innecesarias amputaciones. Sin mencionar cómo Shirō y sus hombres pasaban días observando como morían sus víctimas.  ¿Cómo podían soportar las súplicas de aquellos inocentes a los que dejaban morir de hambre y sed mientras ellos tomaban notas? Me pregunto si sus corazones de piedra se ablandarán con los años y se arrepentirán de sus actos.

 Mujeres, niños y ancianos, no hubo distinción en sus víctimas. Las mujeres embarazadas, lejos de exonerarse, fueron atractivos objetivos para la experimentación.

 Según alegaron, estos actos eran en beneficio de la ciencia y sus avances médicos. Puras falacias, solo querían acabar con nosotros de la manera más cruel posible.

A las cobayas nos llamaban maruta, que significa troncos. Quizá porque una de las instalaciones estaba camuflada como un aserradero. Una broma cruel para hacer patente que nos consideraban seres inertes, carentes de cualquier sentimiento o emoción.

Los crímenes quedaron impunes.

Los chinos no tenemos a nadie como Simon Wiesenthal, que persigue nazis para vengar a sus camaradas judíos.

No, no habrá justicia para nosotros.”


Shirō Ishii formó y dirigió el Escuadrón 731 encargado de desarrollar armas biológicas. En los campos de exterminio practicaron todo tipo de macabros experimentos. Al verse derrotados, deliberadamente dejaron en libertad pulgas y ratas infectadas con enfermedades mortales en suelo chino. Este hecho causó cientos de miles de muertes en las décadas posteriores.

 Al terminar la guerra, Shirō Ishii negoció con MacArthur poniendo a disposición de Washington su investigación. El general americano accedió concediendo una inmunidad al doctor que este conservó hasta su muerte. Es imposible calcular el alcance de las víctimas, pero algunos expertos hablan de hasta medio millón.

Shirō Ishii murió en 1959 y fue enterrado con honores sin pagar ninguno de sus crímenes.



Teniente General Sihro Ishii, microbiólogo


Comentarios

  1. Difundo. Yo también ignoraba esya iniquidad.

    ResponderEliminar
  2. Episodio que merece ser incluido en la Historia Universal de la Infamia

    ResponderEliminar
  3. Qué maravilloso artículo. Cómo haces para ponernos en la piel de esa gente que padeció aberraciones a manos de monstruos son encontrar, finalmente, reconocimiento a su dolor.
    Artículos como éste nos hacen abrir los ojos a la tremenda y durísima realidad.
    Bravo

    ResponderEliminar

Publicar un comentario