CRONOPIOS, El colgante V. Khalid, por Rafael Hortal
Khalid, el guía, era un hombre serio, de aspecto mayor debido a su tez oscurecida por el sol. Descansaba junto a sus cuatro camellos tras la cansada jornada recorriendo la zona de las montañas de Sudán del Sur. Bea y Alain, en el interior de la tienda de campaña tenían la mala conciencia de haber dejado a Alizée sola en la tribu de los Nuba de Kau.
—No tenemos que preocuparnos -dijo Bea no muy convencida-. Alizée sabe cuidarse, además creo que quería separase de nosotros. Recuerda su frase: “Las mujeres libres no son para hombres débiles”.
—Ha tomado una decisión equivocada, allí no hay cobertura, estamos incomunicados, ¿crees que deberíamos volver?
—Después de un día sobre el maldito camello, lo que menos me apetece es deshacer el camino. Pronto estaremos con la tribu de los Faraones Negros. Relájate, es la primera noche que pasamos a solas. Vamos a pasear.
Bea se desnudó y desnudó a Alain. Lo sacó de la tienda y agarrados de la mano caminaron en la dirección contraria donde estaba el guía y los camellos, el sol se ponía por el horizonte entre la maleza de la sabana. Bea también quería tener la experiencia de Alizée con su nuba, sintiendo la naturaleza y admirando el cielo limpio y estrellado. Una breve felación bastó para sentir toda la erección de Alain, que aprovechando que ella estaba de rodillas, se acopló para experimentar una cubana entre los exuberantes pechos de Bea. Escucharon un disparo que les paralizó el corazón, sintieron miedo.
—Estamos en África, no podéis andar libremente -dijo el guía mientras se acercaba a ellos. Señaló el león que había matado antes de que los atacara.
—¡Joder! Ni en mi peor pesadilla había tenido una interrupción así -dijo Alain aún aturdido.
—No debéis alejaros nunca de la tienda, aunque yo siempre cuido a mis clientes. No sólo hay que temer a las fieras, también a los terroristas y a los mercenarios de Wagner, que andan locos desde que han asesinado a su jefe.
—Cuidas o espías -dijo Bea exhibiendo su cuerpo frente a él.
—No señorita, tengo tres mujeres y no necesito verla como practica el sexo. Lo que quiero es que lleguen vivos para poder cobrar.
Al amanecer partieron hacia el lago Nasser en El Nilo. Bea sabía perfectamente la historia escrita y fotografiada por su paisano, el fotoperiodista español Enrique Meneses, que publicó “Nasser, el último faraón”, pero quería estudiar el origen de los faraones, concretamente la XXV dinastía Kushita, c. 747 a 664 a. C.
—Bea, ¿por qué tienes tanto interés en conocer a los faraones negros?
—Hasta hace muy poco, la historia occidental negó que los africanos negros pudieran crear una arquitectura como la de las pirámides o la invención de la escritura, la medicina, la geometría y tantas otras ciencias y artes. Pero concretamente quiero investigar los secretos de la caja la sacerdotisa Shepenupet II, hija del primer faraón kushita Pianjy.
—¿Dónde está?
—Alain, la tienes en tu querido Museo del Louvre, es de bronce con incrustaciones de oro y plata. Ya sabes que, en los años 70, cuando hicieron la presa de Asuán, trasladaron muchos restos arqueológicos antes que el agua los cubriese. Cuando vengas conmigo a Madrid te enseñaré el templo de Debod, donado por el gobierno egipcio.
Al atardecer acamparon en un lugar seguro junto a la orilla del Nilo, pero decidieron no alejarse del campamento. Después de refrescarse en el río, Bea estaba dispuesta a follar allí mismo, delante de Khalid.
—Fóllame, Alain… No te cortes por Khalid, ya nos ha dicho que “va sobrao”.
—Te conozco, tú lo que quieres es provocarlo.
—Ya nos vio anoche escondido en los arbustos, ahora actuaremos para él, me estoy poniendo muy cachonda.
—Eres una tetona exhibicionista. Me encantas.
—Ese término no me gusta mucho, en la adolescencia tenía complejo, todo el mundo me miraba, intentaba esconderlas, pero aprendí a lucirlas con altanería.
—Haces muy bien.
—Khalid, no nos pierdas de vista, acércate más.
En su larga vida como guía había visto de todo: turistas excéntricos, caprichosos, necios, con malos modales… pero nunca tan liberados sexualmente como la española y el francés. Se sentó a escasos metros de ellos, no tenía otra cosa que hacer. Bea tumbó a Alain sobre un manto y lo besó con pasión, después retomó la cubana interrumpida de la noche anterior hasta conseguir la eyaculación. Khalid comenzó a acariciarse bajo el pantalón. Bea, pendiente de todo, le sonrió dando su aprobación: podía masturbarse excitado por ellos; es más, a ella le hubiera gustado ver su pene, pensaba.
—Khalid, disfruta ahora. Mañana nos despediremos y quién sabe qué rumbo tomaran nuestras vidas.
—Señorita, es verdad que tengo tres mujeres esperándome, pero aún tardaré unos días en regresar a casa, y estoy caliente.
—No te cortes Khalid -apostilló Alain.
Bea se situó de rodillas y se inclinó a cuatro patas, Alain la penetró. Los grandes pechos de Bea se balanceaban al compás de los envites. Eso es lo que más excitó a Khalid, que se quitó la ropa para masturbarse cómodamente. A Bea le encantó ver su gran miembro oscuro erecto; a punto estuvo de decirle de probarlo, pero se reprimió. Cuando Alain comenzó el coito anal, las campanas siguieron volteando al ritmo de los gemidos. Las miradas de Khalid y Bea se cruzaron y entendieron sus deseos. Bea se relamió y lo miró con lascivia. Él se acercó y se situó de rodillas frente a ella, alargó sus brazos lentamente hasta alcanzar los pechos en movimiento y sopesarlos, le encantaban las grandes aureolas y sus duros pezones. Ella jugó a besarle el pene cada vez que se acercaba al ritmo marcado por Alain. Al cabo de unos segundos lo engulló entero procurando no atragantarse, lo sacó y comenzó la felación. Esa noche los tres durmieron relajados.
Continuará...
Caja la sacerdotisa Shepenupet II.
Muy interesante, la aventura y la Historia. Meneses fue el mejor fotoperiodista, todo un maestro.
ResponderEliminarMe gusta leer cada sábado como continúa la historia.
ResponderEliminar