El reloj, por Gedi Máiquez


Cada vez que escuchaba un bolero su corazón la transportaba al lejano recuerdo de su padre y de cómo silbaba emocionado al escucharlo. Tarareaba canciones con una mezcla de entusiasmo e inseguridad a partes iguales que le dejaban un rastro de anhelo en su rostro. Ella lo miraba de reojo esperando que esa vez fuese la buena y acertase con la siguiente estrofa de la canción.

El paso del tiempo marca una especie de compás donde solo queda la nostalgia de ese recuerdo, eso suavizaba el dolor  al recordarlo y la llevaba a sentir  una ternura infinita, la que en ese momento era difícil de percibir.



Reloj, no marques la hora, porque voy a enloquecer…    Su hija pensaba en los tiempos en los que él nació. Vio la luz en  los años del miedo y su carácter dócil estaba hecho de muchos silencios, de observar entristecido el que su padre se apagara como una vela, consumido por la tuberculosis y a su madre resignarse al destino de una tristeza que iba  instalándose a diario, una inquilina silenciosa que formaba parte de la familia, a veces tan implacable que paralizaba los sentidos. La posguerra fue una mala aliada para conocerse a sí mismo, suficiente era llegar a la noche con todas las partes del cuerpo adolescente intactas. 


Ella se irá para siempre, cuando amanezca otra vez… Ella recordaba su infancia asida a la  mano de su padre, como si fuera consciente de lo rápida que iba pasando la niñez  y quisiera atraparla para siempre, solo para que él permaneciera un poco más. Una mano fuerte que sin embargo era capaz de tratar con mimo las flores que cultivaba y que traía a casa con una sonrisa de niño complaciente. Flores siempre dispuestas a suavizar de alguna manera el temperamento irascible de una esposa desbordada  muy lejos de ser entendida. Las huidas hacía adelante de su padre  le habían dado el respiro suficiente para seguir con el plan establecido por Dios, de eso su hija sabía bastante. Sus gestos amables y cariñosos hacia ella garantizaban   lo mucho que la quería, aunque se le hacía difícil recordar si alguna vez se lo dijo, probablemente no. La  memoria se hacía de emociones y ese se hubiera convertido en  un recuerdo muy feliz. 


No más nos queda esta noche, para vivir nuestro amor… Siempre sobrevolaba sobre él la ausencia, la desconexión del mundo en el que vivía, provocando un rechazo inconsciente a todo lo que le rodeaba y convirtiéndolo  en un ser silencioso de mirada a veces perdida en el deseo de algo dejado atrás. Ninguno de sus hijos logró  alcanzar a descifrar su mundo interior, entre ellos  su hija, que con el tiempo se volvió experta en leer miradas y adivinar pensamientos ajenos que la condujeron más adelante  a un ilusorio control de la vida.


Y tu tic tac me recuerda, mi irremediable dolor… La enfermedad del olvido entró muy pronto a sus  vidas. Lenta, serpeante y sibilina se introdujo en el día a día de juventud oscureciendo miles de sueños que quedaron truncados por la realidad. La enfermedad sabía que era cruel y así lo demostró, dándoles todo el tiempo y la memoria del mundo para secarse las lágrimas derramadas que rodaban por sus tersas mejillas cuando nadie los veía. Sus tres hijos se habían convertido en cierta manera en él mismo en su adolescencia, perdidos en un mundo que los desbordaba sin apenas entender nada y mucho menos poder  entenderse a sí mismos.


Reloj detén tu camino, porque mi vida se apaga… El olvido paseaba tranquilo por los pasillos, se colaba en cada escena del hogar reclamando su protagonismo como un niño mimado, ahora gritaba, ahora lloraba, las menos, sonreía. Se había integrado como el familiar incómodo que dice lo que nadie quiere escuchar sin que ellos tuvieran  derecho a réplica. La enfermedad exigía toda la atención, no podían descuidarse, intentaba escapar de donde estaba presa, contenida a duras penas volvía a reclamar su lugar privilegiado. En ese momento su padre se sumergía en una constante nebulosa de inciertos recuerdos, esos que se detectaban en el cada vez más ausente brillo de sus ojos.


Ella es la estrella que alumbra mi ser… la misma mujer irascible se había convertido en una mujer víctima de su género y de sí misma, que luchaba de manera denodada por conservar una dignidad pasada y negándose a aceptar que él ya no era él. La muerte se lo llevó un día sin previo aviso, aunque el Alzheimer catorce años antes les adelantó que la sentencia estaba firmada, dejando el peor legado que se puede  recibir, la herida abierta por donde se cuela la memoria de lo vivido.


Lo único cierto que supo su hija después de tanto sufrimiento, fue que la enfermedad no consiguió destruir ni arrebatarle lo más importante que puede dejar un ser humano más allá de la muerte. El eterno amor  a los suyos.                                                                       

Yo… su amor… soy nada

Detén …tiempo en … manos

Haz……….. perpetua 

………………….vaya de mi 

Para………………………

……………………………..


A mi padre.




Enlace musical: El Reloj






Comentarios

  1. Aquí me tienes leyéndote por segunda vez hoy. Este sentido  homenaje  al padre, a la memoria colectiva de nuestros referentes, la historia más íntima que nos conecta con lo cotidiano en nuestras vidas, me ha llenado de añoranza, de extrañeza por ser tan parecida a mi propia historia. Y qué bien trazas la historia desde lo más emocional con estos boleros que han estado presentes en cada hogar, en esta manera de vivir tan hacia dentro. Qué belleza de relato. Te superas, Gedi. Me ha encantado tu manera de acarcate y mostrar el alma de ese padre, el amor, la saudade, la frustración de una época que en verdad parece un bolero o todos los boleros.
    Muchísimas gracias. Lo guardo como un tesoro

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  2. Muchísimas gracias por tus palabras, me dan impulso para seguir escribiendo desde dentro. Qué regalo más bonito el que me has hecho.
    Un abrazo fuerte.

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  3. Hoy más que nunca son imprescindibles escritos como el tuyo, capaces de rescatar, al ritmo pausado de un bolero clásico, la memoria de tus seres queridos. Parece que España, inexorablemente, va a convertirse en la sociedad del olvido, pues nos dicen que la mitad de las personas mayores de ochenta años sufren hoy la enfermedad de Alzheimer, en mayor o menor grado. Quizá nada más grave para un ser humano que perder la noción del tiempo pasado, presente, y sin futuro, simbolizado por ese reloj, que impenitentemente marca nuestro transcurso vital.
    Nuestros mayores padecieron, además, la posguerra española. Víctimas de aquella sociedad oscurantista y represiva, sufrieron una merma casi irreversible de su identidad social y política, así como la práctica anulación de la mujer como persona. Por eso, resulta tan entrañable y conmovedor este retrato íntimo que nos has regalado. Lo he disfrutado muchísimo. Muchas gracias, Gedi.

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  6. Mi querida amiga, tu relato me ha llegado a lo más profundo del alma, uno que ya tiene una edad, añora los boleros cantados en tiempos pretéritos y esa enfermedad tan cruel que anda presente en nuestras vidas. Que maravilla de escrito, por favor no dejes de deleitarnos con ellos y con tu sincera amistad. Enhorabuena.

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