NOVEDADES DE DULCINEA: Semblanza de Jean Canavaggio, por Carmen Pujante.
Este verano, el 21 de agosto, fallecía Jean Canavaggio (1936-2023), catedrático emérito de la Université Paris X Nanterre. Dan testimonio de sus valiosas aportaciones al cervantismo y a la historia de la literatura española sus no pocos estudios y sus no pocos reconocimientos y premios, pero también aquellos que tuvimos la enorme fortuna de asistir a sus clases, unas clases magistrales en todos los sentidos. Como filóloga y como profesora hoy de la Universidad de Murcia, auguro que las investigaciones emprendidas por Canavaggio continuarán recibiendo la consideración merecida en los diferentes niveles académicos; como alumna Erasmus allá en París en el curso 2004-2005, albergo gratísimos recuerdos de las lecciones del profesor, en particular, sobre el teatro áureo español.
La lectura e interpretación de Fuenteovejuna y de El alcalde de Zalamea siempre me retrotraen y asocio a Canavaggio. Recuerdo sus clases con cariño y gratitud casi dos décadas después (después de que hayan variado –y más de una vez– los nombres de las universidades francesas, de los planes de estudio y de las asignaturas). Para el que sería el tercer año de Filología Hispánica, licenciatura que yo estudiaba en la UMU, hube de escoger asignaturas de la Licence d’espagnol, entre ellas, la de teatro de los Siglos de Oro. La materia equivalente en Murcia la impartía el profesor Francisco Florit, amigo y valedor del profesor Jean Canavaggio. De acuerdo con el sistema universitario francés (pero no con el plan de estudios de la filología de entonces en nuestra universidad), las asignaturas se componían de unas horas de clases magistrales ante cientos de asistentes y de otras tantas horas de clases “prácticas” con subgrupos de estudiantes y en torno a temas específicos. El catedrático Jean Canavaggio se encargaba de las clases magistrales sobre el teatro áureo, que eran impartidas en un enorme anfiteatro: de algún modo, en medio del escenario, sentado en una larga mesa, iluminado con luces de un tono amarillo (o así lo recuerdo al menos), él parecía representar a un sabio ante unos oidores u estudiantes que, mientras tomaban enjundiosos apuntes, ejercían como de espectadores ante tan excelente representación de lo que ha de ser una clase magistral, la de un maestro, la impartida con maestría, desde el magisterio. Aun sabiendo (entonces más de oídas que de veras) que el profesor era toda una eminencia, apreciábamos el punto justo dado en sus explicaciones, pues se adaptaba a las exigencias o conocimientos de unos estudiantes no iniciados sino iniciándose. Cuando había ocasión para una mayor cercanía, se mostraba siempre afable y gentil. Todavía me acuerdo de lo que me sorprendió saber cuál era su bureau en aquella universidad célebre por su papel en el Mayo del 68: se trataba de un austero despacho de escasos metros y de menos muebles compartido por varios profesores, un lugar para el trámite, pero no tanto para el estudio, que me imagino en una casa llena de libros.
A falta de encontrar aquellos apuntes tomados hace casi dos décadas por aquella alumna, los que nos dedicamos a la investigación podremos volver a Canavaggio a través de su historia de la literatura española (publicada en 1994 en francés y un año después en español) o de sus ediciones de obras como Los baños de Argel o los entremeses de Miguel de Cervantes, además de la propia biografía del autor alcalaíno (Beca Goncourt en 1986) o incluso el Diccionario Cervantes. Editó las obras completas de Cervantes para Gallimard y también un volumen colectivo sobre La invención de la novela. A título personal, me permitiré añadir lo iluminador de sus consideraciones sobre un género como el de la novela, que en sus orígenes en español no necesitaba de ese añadido de “corta” y que entroncaba con la “nouvelle”, como él bien considera. No existe tampoco orden de preeminencia entre sus méritos: ejerció de responsable de la Casa de Velázquez y de correspondiente de la Real Academia de la Lengua y recibió, entre otros reconocimientos, la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio.
Bien sabía Canavaggio lo que dejó escrito Cervantes en el inicio del último capítulo de Don Quijote: “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres”, siempre llega el acabamiento pero, ya se sabe, no el de las obras, que escritas permanecen, ni tampoco el de los recuerdos y la memoria, donde también descansan los enseñantes de quienes no se deja de aprender.
Jean Canavaggio, fotografiado para El País
Brava semblanza, comopleta y emotiva. Enhorabuena,
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