PUNTO DE FUGA. Mai diguis mai més, por Charo Guarino
Cuando uno tiene una herida, pareciera que todos los golpes van a parar al mismo sitio, como si el lugar en cuestión tuviese una fuerza magnética para atraer el daño y aumentar el dolor, retrasando o hasta impidiendo la curación.
Por otra parte, en muchas ocasiones vivimos situaciones sin reparar en que tal vez sea la última vez (el último abrazo, la última clase, la última vez que veremos a una persona o hablaremos con ella...), o, por el contrario, apuramos los instantes que darán paso a un estado distinto, absolutamente conscientes de que el cambio que ha de llegar se aproxima a pasos agigantados y habrá de darnos el zarpazo, no por esperado menos temido, de un momento a otro, independientemente de que ese cambio sea o no bueno, o, en su caso, del grado de bondad que pueda tener.
Resistirse no hace sino aumentar la inquietud y la zozobra, impidiéndonos fluir, "ser agua", como aconsejaba Bruce Lee con esa sabiduría ancestral que también habita en las artes marciales y que está presente en las distintas civilizaciones que nos han precedido, entre ellas la griega; de la antigua Grecia nos siguen llegando lecciones de filosofía con ejemplos vitales que abordan las grandes cuestiones que interesan y preocupan a los seres humanos. Por supuesto, también al pensamiento árabe o al oriental se atribuyen no pocas máximas anónimas que en realidad comparten en su esencia: el consejo de ser flexible, adaptarse a las circunstancias y aceptarlas cuando no pueden cambiarse, ser resiliente...
El sentido común dicta todas estas recomendaciones y advertencias, y lo más sensato es aceptar como algo inexorable la llamada "ley de vida", lo que no quita para que perciba esta noche, previa al que seguramente va a ser el cambio más importante en mi vida al menos en la última década, con la conciencia de estar atravesando un umbral que tendrá siempre su puerta abierta, y que por eso mismo no le cuadra el adjetivo de "última".
La permanencia es un espejismo. Todo pasa. Y, en medio de esta realidad ¿incuestionable? El recuerdo nos permite convocar los más diversos instantes de una existencia en permanente cambio, en los que sentimos que nada podría alterar lo que experimentábamos, que nunca nadie antes ni después sería capaz de individualizarlo en idéntico grado.
Así las cosas, ¿en qué quedamos? Bajo mi punto de vista, afortunadamente existe un grado suficiente de indeterminación, incluso de ambigüedad, para que se cuele entre los intersticios de nuestras convicciones más profundas la paradoja, que, sin afirmar ni negar rotundamente, proporciona el beneficio de la duda, flexibiliza y da esperanza de que todo sea posible, de que 'encara hi siguem a temps' hasta de parar las guerras.
En esta noche concreta tal vez esté cobrando pleno sentido un plan vital que sigo considerando un milagro, del que no he sido la artífice sino uno más de los elementos necesarios para que se materializara: la maternidad. Y tal vez, de entre las cosas que, pese a todo, no cambian, la primera sea esta: dejar marchar no implica dejar de ser madre, ni aún tras el último latido. Por si acaso, he ido dejando caer piedrecitas blancas para mostrar el sentido del camino de retorno.


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