CUENTOS PARA LEER DOS VECES, Yo era el elegida, por Pedro H. Martínez








Y allí estaba, a la hora que ella me dijo, justo a la hora, no me gusta llegar antes ni tarde, puedo aparentar que quiero pillar desprevenida a mi cita o que no le muestre interés, por eso soy británicamente puntual. Al llegar, me recibió con una sonrisa, un vestido ceñido, largo, y escotado, muy excitante. Sus ojos, mezcla de color miel y oliva, resaltaban sobre su piel blanca, nacarada, solo rota por sus labios color “russian red”. 

Me dio dos besos, delicados, sutiles, sensuales. Pude mirar su estilizado cuello y su precioso pecho, de él emanaban los más bellos aromas que uno puede encontrar en el paraíso. Debo decir que me embrujó.

Yo la miraba fascinado mientras ella hablaba sobre la cena, cogió un delantal de color negro que protegió el maravilloso vestido de flores de colores rojos y negros. Su pelo era de color castaño miel con un punto rojizo, si no supiera nada de ella y me pidieran que dijera su nacionalidad, habría dicho que era irlandesa.

Ella hablaba, si tuviera que contar lo que me decía, pues… solo puedo decir que todo el tiempo que ella hablaba y hablaba, me servía una copa de vino blanco, y sonreía, yo asentía con la cabeza, ¿qué me había llevado a estar aquella noche allí?, ¿dónde la conocí?, ¿quién era aquella mujer suntuosa, maravillosa, bella, sensual…?, ¿era yo el hombre que esperaba?... Mi cabeza estaba a punto de estallar, pero no podía responder a ninguna de aquellas preguntas.

Miré a mi alrededor, había un portarretratos con una niña joven y un señor de mediana edad, ella se dio cuenta y me pareció escuchar: “era mi padre”. Entendí que la joven debía ser ella.

Nos sentamos en unos taburetes altos, y ella se enganchó el vestido al sentarse, se le abrió la raja que llevaba el espectacular vestido. Me pidió disculpas y se marchó a cambiarse. Cuando bajó, lo hizo con un vestido ancho, de color azul turquesa, de esos que se utilizan para ir por casa cuando te levantas de dormir y estas a tus anchas, ya saben. 


- Perdona, soy un desastre, si tengo que volver a romper un vestido que sea este trapillo -dijo refiriéndose al amplio vestido, mientras se daba la vuelta para coger su copa de vino, mostrándome que no llevaba ropa interior, la espalda la llevaba completamente al aire, y algo más que no era la espalda, el vestido llegaba a mostrar el principio de sus nalgas.

- No me parece un trapillo, si acaso, este me gusta más que el anterior.

- Lo dices porque estaba muy encorsetada, ¿verdad?

- Si, y …

- ¿Me has visto mi espalda? -ella sabía jugar sus cartas-, ¿hasta donde viste? -sonrió mientras yo no sabía que contestar, abrí los ojos y volvió a besar la mejilla-, eres un diablillo, y lo sabes.


Sé que sonreí, y debía hacerlo estúpidamente, porque ella puso su mano en mi barbilla obligándome a cerrar la boca, sentí vergüenza.

Me tomó de la mano y me llevó hasta la mesa donde cenamos. Durante toda la cena, sus pies descalzos los apoyaba contra mis zapatos, y los subía por la pata de mis pantalones. notaba el calor de sus piernas contra las mías, y ella hablaba y hablaba, sigo sin recordar sobre qué hablaba, pero una cosa si recuerdo, no podía dejar de mirar sus labios, estaba absorto en ellos.

En un momento de la cena, abrí los ojos y estaba besándola, ferozmente, como queriendo devorar el filete de ternera que me había puesto sobre la mesa, traté de cogerla, de abrazarla, de acariciarla … y no pude, mis manos estaban sujetas a la silla donde estaba sentado, ella estaba subida sobre mis muslos. No me pregunten cómo llegué a este momento, igual me sedujo con su perfume o con alguna bebida o no lo sé, pero esta sobre mí, besándome, mordiéndome por el cuello, clavándome las uñas en mi espalda a través de los huecos que dejaban la mampostería de la silla…

Se puso en pié, se arrancó a girones el trapillo que decía ella, y se quedó completamente desnuda delante de mí. Todo era tan rápido que no podía pensar, si tengo la sensación de que era un sueño, y me estaba sucediendo a mí, una mujer hermosa me había seducido, era yo el elegido, me daba igual que fuera con droga o con palabras, era yo a quien se ofrecía aquella diosa del sexo, una diva salvaje, y yo era el benefactor de la obra que estaba por venir. Me miró fijamente y…

-¿Te gusta mi cuerpo? -y volvió a gritarlo-, ¡¿te gusta mi cuerpo?!, ¡¿quieres poseerme?! -yo miraba a su alrededor, intentando indicarle que no gritase-, ¡Dímelo!

- Si, si …

- Si, ¿qué?

- Que me pones, que me gustas mucho, que tu cuerpo es la gloria, que … -pude observar que estaba desnudo, completamente, ¿quién me había desnudado?, no recordaba nada, y esto era importante.

- ¿Cuánto te pongo?

- Mucho -y miré el grado de excitación de mi cuerpo, debo de decir que bastante anormal, porque jamás había visto una reacción en mí de aquella manera, una bestia, está feo que lo diga, ahí me di cuenta que me había drogado con algo, maca, pastillas azules, negras o de colores… y añadí-, mira cómo me tienes -refiriéndome al grado de exaltación.

- Todos me queréis para lo mismo, solo queréis aprovecharos de mi cuerpo, abusar de mi inocencia -y cogió un cuchillo enorme, el que se utiliza para trinchar el pavo el día de Acción de Gracias y me señaló, y a renglón seguido me señaló una vitrina en la que había una colección de penes-, todos ellos han querido abusar de mí, y el tuyo tendrá el honor de estar también allí.


No me pregunten lo que ocurrió a continuación y cómo lo hice, salté de la silla atado como estaba, con tan mala fortuna que caí de espaldas a ella, golpeándola fortuitamente con las patas de la silla, lo que provocó que cayera hacía atrás y se golpeó la cabeza con el mueble del televisor, y allí se quedó.

Señores agentes, háganme los análisis que quieran, comprueben si la víctima soy yo, comprueben de quién son los penes de la vitrina, y por favor, desátenme.  


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