PUNTO DE FUGA, Encrucijadas, por Charo Guarino




Hay momentos en la vida en que uno cree tener en sus manos la decisión que, con el grado de incertidumbre que —seamos conscientes o no— generalmente acompaña a nuestros actos, cree que la orientará de alguna forma en un sentido, si no definitivo, sí definitorio. Y muchos otros en los que experimenta la existencia de imponderables que la decantan hacia un camino que no hubiéramos imaginado. 







Los veinticinco es una edad crucial. A esa edad dejé la casa de mis padres para tratar de crear mi propio hogar junto al que había sido mi novio desde los dieciocho. Resultó muy diferente de lo que había soñado, pero ese paso efectivamente fue el primero para crear un hogar en el que fuimos tres un breve instante y hemos sido dos, mi hija y yo, durante aproximadamente un cuarto de siglo. Ahora, a la misma edad, le ha llegado también a Irene el momento de volar. Pienso en Khalil Gibran, el poeta libanés autor de El jardín del profeta: "Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma..." y pienso en mi madre, hoy ausente, y sin embargo tan viva, y en las lágrimas de mi padre cuando en aquel remoto 93, pocos meses después de que se casara mi hermana Ana hiciera yo lo mismo y dejáramos en el nido únicamente a la pequeña, Manoli, que les acompañó otros siete años. Porque aunque nunca nos vamos del todo, e incorporamos a otros al primitivo núcleo familiar, que va engrosando su árbol genealógico con la savia del amor, es cierto que una vez ponemos el pie fuera de casa, la vida cambia para todos los componentes de la familia, y así ha de ser.


Hoy, día de la madre, recuerdo a la mía antes de que el mundo comenzara a serle ajeno. Cómplice de mi padre. Hacendosa. Cuidando de los suyos. Y recuerdo el momento doloroso e irreversible de la despedida definitiva, a pocos días de cumplir los 76. Hoy, que otra persona imprescindible en mi vida, José Luis Montero, cumple años también, con los dígitos en orden inverso. 


En este nuevo día de la madre sin la mía en la tierra, siento que, como siempre, me acompaña, y que estará también mañana, cuando Irene dé un paso decisivo: el de elegir la especialidad médica en la que, en principio, habrá de encarrilar sus próximos cuatro o cinco años, y el que la llevará a un lugar en el mapa que por fin mañana se concretará. Y no puedo sino confiar en que su decisión sea la mejor, y en que contribuya a su felicidad, que será también la mía. Tal vez en un día no muy lejano Irene me tenga como ejemplo de amor incondicional y transmita a sus hijos que un día existió una mujer, Rosario Ortega Salmerón, su abuela, una rama más del árbol que seguirá cobijando nidos de pajarillos que un día habrán de volar mientras sus raíces continúan garantizando la solidez de su base.





"Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti, y aunque estén contigo, no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues, ellos tienen sus propios pensamientos. Puedes abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, porque ellas viven en la casa de mañana, que no puedes visitar, ni siquiera en sueños. Puedes esforzarte en ser como ellos, pero no procures hacerlos semejantes a ti porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer. Tú eres el arco del cual tus hijos, como flechas vivas son lanzados. Deja que la inclinación, en tu mano de arquero sea para la felicidad."


(Khalil Gibrán, "De los hijos", de El jardín del profeta)

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