EL ARCO DE ODISEO, por Marcos Muelas. Otra vez en Japón XVI





“Y la ventana abrí: revoloteando vi entonces un gran cuervo venerando como ave de otra edad. Sin mayor ceremonia entró en mis salas con gesto señorial y negras alas y sobre un busto, en el dintel, de Palas posóse y nada más. Miro al pájaro negro, sonriente ante su grave y serio continente y le principio a hablar, no sin un dejo de intención irónica: «Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica, ¿cuál es tu nombre en la región plutónica?». Dijo el cuervo: «Jamás».” 


Edgar Allan Poe utilizó al mítico cuervo como elemento de terror en su obra más conocida. “¡Qué tontería!” Pensé en su día cuando leí aquel relato hace tantos años. Pero, por favor, no me juzguen a la ligera. Aquel “yo” era un adolescente ignorante curtido por las criaturas creadas por John Carpenter en La cosa y James Cameron en Alíen. ¿Cómo aquél simple cuervo podía dar más miedo que un Xenomorfo? Para empezar los cuervos que yo creía conocer hasta entonces no eran más que mirlos, jamás había visto a un cuervo de verdad hasta que uno casi me arranca un dedo en la Torre de Londres décadas atrás. Pero eso es otra historia.





 Vayamos al día en concreto. Era el veinticuatro de abril del 2025, créanme que no olvidaré esa fecha. Estábamos en nuestro tercer tour por el país del sol naciente. Habíamos atravesado el ecuador de aquel viaje y estábamos en Asakusa, mi distrito preferido de Tokio. Atrás quedaban las calles de Kioto. Por experiencias anteriores, le pedí a mi buena Penélope que nos alojásemos en este distrito, que si bien está alejado del Tokio más moderno, a mí me produce gran paz. Y es que, Asakusa, es como un pequeño trozo de Kioto en Tokio, más tradicional y con los más bellos templos, a mi parecer, de esta megalópolis. Para mi sorpresa, la habitación del hotel era mucho más grande de lo que estaba acostumbrado en Japón. No sólo era el doble de grande que la que tuvimos en Kioto, sino que además, para mi deleite, tenía una terraza. Y sepan, mis buenos lectores, que este escritor tiene un desagradable vicio llamado tabaco. Sí, un vicio feo, poco recomendable si visitas Japón, pues no está permitido fumar en ninguna parte, prácticamente. En toda la ciudad sólo encontré cinco puntos habilitados para fumar. Tener un balcón era una ventana para dar rienda suelta a mis vicios.  Mi cabeza sabía al 99% que fumar en el balcón de aquella habitación estaba prohibido, pero como no vi ningún cartel que dijera lo contrario, me hice un poco el tonto. No me malinterpreten, este bárbaro gaijin aprendió la lección de pasadas experiencias y desde entonces siempre viajo con un cenicero portátil. Ya fuera por mi tabaquismo o aquel desprecio que le hice tres décadas atrás a Allan Poe, aquel 24 de abril fui castigado.

Era temprano, seguramente las 6 de la mañana. Salí a aquel pequeño balcón dispuesto a satisfacer mis necesidades de nicotina. Mi vestimenta, poco menos que lamentable, consistía en una mezcla de pijama y chándal. Para coronar mi atuendo llevaba mi cabello rebelde recogido en un improvisado moño sujeto con un coletero rojo. Encendí aquel primer cigarrillo, que como todos los fumadores sabemos, es el mejor del día. De improvisto sentí un golpe de aire y un tirón de pelo. Desorientado retrocedí contra los ventanales cerrados. Traté de comprender qué había sucedido cuando en mi campo visual apareció aquel monstruo como si se hubiera materializado de la nada.

Ojos negros como pozos de alquitrán, plumas tan negras como los últimos pensamientos del propio Poe antes de abandonar este mundo. Allí, sujeto por afiladas garras, me observaba con perversa curiosidad. Su tamaño, ya de por sí aberrante, creció alimentado por mi miedo. Miedo a lo irracional, a lo desconocido… ¿De verdad me había atacado? Instintivamente me examiné el cuero cabelludo y descubrí que mi moño estaba parcialmente desecho. Fue cuando comprendí que aquel ladrón había confundido mi coletero rojo con algún tesoro. Fuera como fuera no parecía tener intención de marcharse. Giraba la cabeza en ambas direcciones para poder mirarme con ambos ojos.

Yo, petrificado, intentaba decidir qué hacer.  Pensé en pedir ayuda a Penélope, pero recordé que estaba en la ducha. Si trataba de entrar en la habitación quizá se colaría dentro al abrir la puerta. Me di cuenta de que estaba a su merced y que cualquier cosa que pasara en aquel instante sería fruto de su decisión. Busqué cualquier arma con la que defenderme, pues tenía el presentimiento de que aquel bicho podría sacarme los ojos (cría cuervos...), no encontré nada a mi alcance para hacerle frente. Solo tenía un cigarrillo y el móvil en la mano. ¿Qué pasaría si aquel cuervo me atacaba y yo caía desde el noveno piso en que me encontraba? Me enfadaba mucho pensar que encontrarían la ruina de mi cuerpo en el asfalto sin que nadie supiera qué había ocurrido. Decidí, que si aquel era mi final, grabaría mis últimos instantes. Con mano temblorosa empecé a grabar a aquel bicho, tratando de no provocarle. A través de la pantalla de mi teléfono el animal ya no me pareció tan malvado. Descubrí la majestuosidad del ave y la perfección de sus plumas.

Pasaron unos minutos que me parecieron eternos. Lentamente me dispuse a moverme para abrir el ventanal y volver adentro. Pero aquel intruso no había terminado conmigo. Aleteó y grazno, como protestando por mi acción. Me detuve en mi intento de escapar y sin defensa opté por enfrentarme a él armado solamente con una falsa determinación. Durante unos instantes nos estudiamos en silencio. Finalmente se aburrió de mí, emitió unos sonidos más parecidos a una carcajada que a un graznido y se marchó pasando rasante sobre mi cabeza para demostrarme quién mandaba.

Allí me quedé, solo, con un cigarro consumido entre mis dedos. Con la sensación de que aquel cuervo quiso ponerme a prueba y no la superé. Rápidamente miré mi móvil, para asegurarme de que lo había inmortalizado. Sentí alivio de ver sus imágenes grabadas, pues de lo contrario, a día de hoy, dudaría si nuestro encuentro fue real o no. ¿Volveríamos a vernos en el futuro?

Justo un año después volví a aquel hotel. Por capricho del destino a la misma habitación. Cuando regresé a aquel balcón me asomé ansioso, con una cierta desconfianza, pero de algún modo, esperaba un reencuentro con aquel ser misterioso.

Y no podía ser de otra forma. Estábamos en Japón, ya saben, el país de las sorpresas, el infierno del fumador y como no, los cuervos.

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