EL HOMBRE SIN IDENTIDAD, por Isabel García Abellán
En el neblinoso firmamento de una pequeña localidad del sudeste de Inglaterra, en Sheerness, situada en la isla de Sheppey, muy cerca del estuario del Támesis, se vio una mañana del 7 de abril de 2005, a un hombre de unos veinte años, de pelo casi blanco, vagando sin rumbo junto al mar. Iba vestido como si fuera a dar un concierto de un momento a otro: traje de chaqueta negro, camisa blanca y corbata negra. Pero había un detalle, uno no, varios. Estaba totalmente empapado de agua y de su ropa habían desaparecido todas las etiquetas que pudieran identificar su procedencia. No llevaba documentación y no hablaba. Su mirada aterrada ante la gente que lo rodeaba despertó el instinto de protección más profundo entre los habitantes de Sheerness y rápidamente lo condujeron a un hospital donde fue objeto de todos los cuidados. Después lo trasladaron a un centro de salud mental del que escapó. Lo llevaron de nuevo al hospital y lo volvieron a examinar varios facultativos. Su comportamiento era inquietante:
Nunca caminaba en línea recta.
Cuando entraba en una habitación no la atravesaba, se pegaba a la pared y la iba recorriendo poco a poco.
Si entraba en la estancia alguien que era nuevo para él se ponía a gritar y a llorar “como llora un bebé”.
A partir de ese momento se le asignó un trabajador social que nunca se separaba de él.
Pero ¿Qué le podía haber sucedido a este hombre para encontrarse en ese estado?, ¿acaso había nacido autista?
Fue entonces cuando alguien tuvo una idea; le dio una hoja en blanco y un lápiz. Esta fue la primera vez que se comunicó, lo hizo dibujando con todo detalle un piano de cola. Lo condujeron inmediatamente a la capilla del hospital y le señalaron un piano. El hombre sin voz se sentó y empezó a tocar una conocida pieza de Tchaikovsky.
Surgió la leyenda.
La Oficina de Personas Desaparecidas de Gran Bretaña se puso en contacto con la Interpol y se informó a la prensa para que difundiera el caso.
La noticia del hombre misterioso del piano dio la vuelta al mundo y desde lugares como Japón, Australia, Canadá, Suecia, Noruega o EEUU cientos de personas se pusieron en contacto con la Oficina para Personas Desaparecidas.
Pero este misterio que ocupó la prensa durante semanas dejó de ser noticia y el mundo se olvidó de él.
Y fue entonces cuando Piano Man, como era denominado en medio mundo, se debió cansar de sí mismo y, casi cinco meses después, decidió empezar a hablar. Contó entonces que era un muchacho gay que había perdido su trabajo en París y que había llegado a Inglaterra en un tren Eurostar.
El Daily Mirror publicó que este joven de Baviera, que ahora ya tenía nombre y apellido, Andreas Grassl, planeaba suicidarse cuando lo encontraron en la playa de Sheerness. Pero según este mismo medio, una fuente anónima les informó que Andreas Grassl trabajaba con enfermos mentales y que era capaz de imitar su comportamiento.
La embajada alemana en Londres confirmó su identidad y lo ayudó a regresar.
El hospital que lo acogió y lo cuidó durante casi cinco meses emitió un comunicado en el que afirmaba que este hombre ya no estaba bajo su cuidado y que su relación con él no se reanudaría en ningún momento.
En una publicación del periódico ABC del 23 de agosto de 2005 se afirma que el hospital donde fue tratado estaba estudiando la posibilidad de demandarlo por los miles de libras que costó tratarlo por “males inexistentes”.
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