Crónicas de la disidencia IV. La fosa de Calipso, por Vicente Llamas
Apenas una última convulsión empuja al fluido segregado por las glándulas de muda hacia el viejo tegumento que acaba por desgarrarse en la zona dorsal al aumentar la presión interna. La grieta permite al organismo, blando y vulnerable al principio, salir del esqueleto exterior como si rasgase un sudario del que finalmente se desprende, deshechas en él las huellas de todas las estructuras de origen cuticular, incluyendo las que tapizan los extremos del aparato digestivo y las que forman las tráqueas respiratorias.
Si fuese dócil criatura, si se dejase atrapar, no se hallarían en la cutícula vestigios de rasgos primitivos, anteriores a la oscuridad y a la condena, nada que recuerde vagamente lo que fue antes de la ecdisis, mucho antes de ser obscena y dejar de alimentarse en fase de reposo. Los líquidos exuviales permanecen inactivos hasta que la capa externa de impúdica piel se ha completado, luego borran lo anterior: células columnares muertas, la cubierta de los ojos iniciales, que ya no sirven para la luz.
Los monstruosos imagos danzan, atroces, en torno a la vasta fosa de Calipso. Y vuelta a empezar hasta que una nueva metamorfosis se haya cumplido: orgía de ninfas hacinadas sobre infinidad de cuerpos caídos, absorbiendo su sed, devorando sus sueños, bebiendo su sangre a través de heridas algo menores que las de una sanguijuela como voraces larvas de libélula quebrando la blanda voluntad de un pequeño anfibio, mientras el jugo corrosivo contribuye a la armonía de sus cantos.
Las aguas abisales desembocan en la gran fosa común, el futuro en el que se hundirán sus pasos desnudos. Monstruosas polillas conjuradas sobre cuerpos abatidos, susurrándoles lascivamente, voces venenosas que les arrastrarán a la yerma profundidad de las aguas, excitando vacuas ambiciones, sembrando anhelos frustrados de devoción.
Huecas cátedras que durarán lo que el soplo árido del viento del oeste tarde en arrojar a la gran fosa, el Leteo, las aguas del olvido, a las voces famélicas que inflamaron esos odres, miembros del coro codiciando un protagonismo que no les ha sido concedido, la inmortalidad de Medea. Apenas se sostendrán languidecientes unos años finales, aferradas a la débil condición emérita para sobrevivir un poco más, para dilatar angustiosamente su reinado unos años prestados. Después, la mísera pervivencia parásita de un desvaído eco en otras voces cóncavas que ampararon bajo su descuidada desnudez, hasta el penoso destierro a notas a pie de página, endebles epitafios últimos, el destino de los forenses, apócrifos analistas de tejido muerto anhelantes del hallazgo microscópico, un feliz relieve insospechado que obedezca a alguna novedosa tinción en el mejor de los casos. Meros ejercicios de penumbra delatores de rumiantes, bolo procesado y regurgitado progresando de omaso a abomaso, ya sin virtud vital, y vuelta a empezar, la eterna estrofa de pie quebrado, subterránea antífona del Ubi sunt que no advierten en las seductoras promesas de sus cantos: “las cosas tras que andamos… De ellas deshace la edad, de ellas casos desastrados que acaecen…”
Ropas huecas esparcidas sobre galerías desiertas, rincones en los que se secaron los sueños de posteridad de tantos mediocres. Henchidos egos sin raíz deslumbrados por el neón de su presente, apenas sedimentos fríos del naufragio en la inmanencia, estancados en opacos pasadizos de una geografía muerta, adheridos a sus escaparates como manchas de impuros frutos marchitos. Mudos escenarios de provincia, altares vacíos golpeados por el frío del invierno sobre los que se apaga la mímica forzada de un poeta sin rastro.
Dejad las aguas quietas, los ahogados les pertenecen, no los toquéis, no los saquéis de ellas, sus ropas se secarán, vacías, en la orilla, exuvias de una desnudez cumplida. El futuro es así, como la rosa, un haz de susurros de inmortalidad que convergen en la lúgubre fosa de Calipso, el cementerio marino: nítidos insectos de “quién sabe qué esencia rigurosa” saciándose de muertos que jamás hallarán la tierra cuyo misterio “seque y abrigue”.
La voz de Circe, velo fúnebre extendido sobre la era Warhol. Todos esos anónimos cadáveres son vuestros hijos. Debisteis escucharla, debisteis procurarles un mástil.

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