LA PRINCESA CARABOO, por Isabel María Abellán
El 3 de abril de 1817, un zapatero de Gloucestershire, en el sudoeste de Inglaterra, divisó a una joven muy bella vestida con un traje negro y un turbante del mismo color. Caminaba desorientada. Sus únicas pertenencias eran una pastilla de jabón y un puñado de monedas falsas. Pero lo más sorprendente era que hablaba en un idioma que nadie conocía.
La esposa del zapatero la llevó a la casa del magistrado del condado y de su esposa estadounidense. Ninguno de los dos pudo descifrar lo que decía. Sin embargo, de repente, la joven se detuvo delante de una pintura y exclamó: ¡Ananá! Se trataba de una piña que por aquel entonces era un manjar exótico. La muchacha procedía de algún lugar del Lejano Oriente.
Pero cuando a la hora de dormir insistió en hacerlo en el suelo, el magistrado se hartó de tanto exotismo y determinó que aquella mujer era una vagabunda y ordenó encarcelarla. Fue entonces cuando, sin saber muy de dónde, apareció un marino portugués, Manuel Eynesso, que pudo comunicarse con ella y traducir su historia.
La historia de Caraboo:
Ella era una princesa de la isla de Javasu situada en la inmensidad del Océano Índico. Había sido capturada por unos piratas. Después de un largo viaje, al divisar tierra, saltó por la borda y nadó hasta la costa.
Ante estas declaraciones el magistrado rectificó su veredicto y la llevó de nuevo a su casa donde permaneció diez semanas en los que ella, con sus excentricidades, embelesó a la aristocracia local que deseaba ardientemente conocerla.
Sus costumbres:
Practicaba tiro con un arco que ella misma había fabricado.
Dormía en el suelo como ya hemos adelantado.
Sólo comía vegetales.
Nadaba desnuda.
Paseaba por el tejado de la casa.
Rezaba a un dios extraño con los ojos tapados.
Escribía, de derecha a izquierda, unos extraños signos que nadie pudo descifrar.
La examinó un médico de reconocido prestigio que observó unas extrañas cicatrices en la parte posterior de su cabeza. El médico afirmó que aquellas heridas se las habían practicado cirujanos orientales. La princesa ya era tratada en todas partes como un jefe de Estado. En la ciudad de Bath se celebró un baile en su honor donde dejó a todos maravillados con un baile de lo más cautivador.
Pero su historia no duró mucho. Porque su retrato fue reproducido en los periódicos y la dueña de una pensión de Bristol la reconoció.
“La princesa” era Mary Willcocks, hija de un zapatero de Witheridge, en Devon.
Una vez desenmascarada lo contó todo en un perfecto inglés.
Había estado trabajando como criada en la casa de una familia judía de donde se inspiró para crear su extraño alfabeto. De unas gitanas con las que hizo amistad adquirió su lengua romaní para inventar su idioma. Aquellas extrañas cicatrices en su cabeza eran el resultado de una terrible terapia con ventosas que le practicaron cuando era niña en un hospital de pobres para aliviarle sus tremendos dolores de cabeza.
Pero, a pesar de todo, la princesa Caraboo no cayó en desgracia. Con su osadía había sabido generar una intensa expectación entre una aburrida aristocracia fascinada con Oriente. A nadie importó que todo fuera inventado. Se marchó a EEUU donde estuvo siete años actuando en teatros como la princesa Caraboo.
Cuando regresó a Inglaterra se casó con un comerciante, Robert Baker, y tuvieron una hija.
Ella es ahora parte de la historia de Bristol, y la ciudad, en 2006, le dedicó una placa en la calle donde vivió sus últimos años.
En el año 1994 su historia fue llevada al cine.
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