EL ARCO DE ODISEO Otra vez en Japón XVII, por Marcos Muelas.
¿Cuál diría que fue el mejor día de su vida? Yo me podría romper la cabeza, darle vueltas, y al final no elegiría un día sino un momento. Algo tendría claro, que los mejores momentos de mi vida suceden en Japón. Les advierto que debido a mis experiencias, es difícil sorprenderme. Y no es que no sepa apreciar las cosas buenas que me pasan, ni mucho menos. Solo que lo ya vivido es difícil de superar.
Les hablaré de un día concreto, el 25 de abril de 2025. Y no es casualidad que coincidiera con el día de mi onomástica. Aquel día, mi buena Penélope, me tenía preparadas varias sorpresas.
Con los años me he vuelto más metódico a la hora de preparar viajes. Confieso que suelo crear un cuaderno en el que programo cada día. Pero, ese día, por petición de Penélope, lo tenía en blanco. Así que, envuelto en aquella bruma misteriosa me arrastró a un barrio de Tokio de cuyo nombre, no me acuerdo. Al llegar, no encontré pista alguna de cuál sería mi destino. Penélope se mostraba nerviosa, peleando con el GPS, pero al final pareció dar con la tecla. Y allí estábamos, ante una mujer que parecía esperarnos. En mitad de una calle anodina sin nada reseñable, alejada de cualquier cosa que pudiera ser divertida o al menos curiosa. Nos pidió paciencia mientras esperamos al resto del grupo. "Ah," pensé, " una visita guiada". Llegaron los demás, otra mezcla de turistas de todo el mundo. La guía dirigió la marcha, un trayecto de diez minutos por calles de casas bajas. En un momento dado la guía se paró ante una de aquellas casas. La puerta se abrió mostrando una diminuta entrada donde debíamos descalzarnos. El olor vino de golpe. Una mezcla de lavanda y algo más que me era familiar. La lavanda era tan potente que abrumaba mis sentidos. Pero existía otra sensación en el ambiente: humedad. Nos hicieron pasar por un pasillo hasta llegar a una sala más grande y nos apremiaron para que nos sentáramos sobre cojines. Ignoré a mis meniscos llorones y adopté la postura del Loto. Ya no tenía duda de dónde estábamos: un Establo.
No me malinterprete. No se trataba de una granja, sino de un establo de luchadores de Sumo. Ante nosotros estaba el círculo de arena que ocuparon los luchadores. Para aquel que piense que los asiáticos son bajitos, déjeme decirle que está muy equivocado. Es como pensar que en España el ciudadano medio actual se asemeja a Alfredo Landa.
Y si su altura no te impresionaba, el volumen de su anatomía te dejaba la boca abierta. Imagínense a una docena de luchadores de Sumo metidos en una sala cerrada de unos treinta metros cuadrados. Sudaban copiosamente y la arena del suelo no tardó en empaparse hasta parecer arena de playa. Deduje que el ambientador de Lavanda servía para enmascarar cualquier tufo a sudor. Aún había una esencia secundaria que mi olfato casi podía reconocer. Aparqué esos detalles cuando aquellas fuerzas de la naturaleza comenzaron a entrenar. El tamaño de sus cuerpos era incompatible con la agilidad y fuerza que mostraban. Una muestra de no juzgar a nadie por su apariencia. Cual modernos gladiadores comenzaron a luchar realizando un entrenamiento sobrehumano. El más pequeño de ellos arrastraba al más grande sobre la arena y el sudor fluía a chorros. Al reducido público se nos había prohibido hablar, hacer fotos o cualquier otra cosa que causara distracción. Déjenme decirles que aquello no era un show, sino un acto brutal donde los titanes eran ajenos a nuestra presencia. Pero hubo una presencia que sí notaron. Llegó otro individuo corpulento con una camisa hortera y se sentó al borde del establo. Estudió el entrenamiento con desdén mientras resoplaba sonoramente para demostrar su desaprobación. En un momento dado detuvo el entrenamiento e hizo llamar a uno de los luchadores, un joven grande como una montaña. El joven, con una perfecta coleta, acudió con rapidez ante el hombre y este le habló con enfado. No cabía duda de que se trataba del maestro, por la sumisión que el luchador mostró. No necesitábamos saber japonés para deducir que le soltó una buena bronca. El luchador asentía y agachada la cabeza con máxima humildad. Tras una lluvia de gritos volvió abochornado al entrenamiento. El joven fue obligado a luchar con todos y cada uno de sus compañeros. Si estos sintieron alguna compasión por él, no la mostraron. Cada uno de los rivales se esforzó al máximo en el combate singular, sin dar tregua o descanso. Y no es que fueran malos compañeros, si le hubieran concedido alguna ventaja seguramente hubiera significado una humillación contra su persona.
¿Recuerdan que les dije que bajo el fuerte olor a lavanda notaba otro familiar? Lo descubrí en cuanto llegaron las primeras brechas y cortes. El olor a sangre se hizo patente en todo el establo, mientras el joven jadeaba como un buey.
El maestro volvió a llamarlo y se repitieron los gritos y humillaciones. Lo que aquí consideraríamos maltrato, para ellos era una estricta disciplina. Aquella mañana cambió cualquier idea que tuviera hacia el Sumo. Estos deportistas de élite se sometían a estrictos y peligrosos entrenamientos entre cabezazos, golpes y forcejeos. En alguna ocasión estuvieron muy cerca de caer sobre nosotros, pero todo quedó en un susto.
Al terminar pudimos hacernos fotos con ellos. Incluso algún luchador se atrevió a gastar bromas, eso sí, tras la marcha del sensei de camisa hortera.Debo reconocer que al salir de aquel lugar mi umbral de sorpresa había sido superado. No me dio tiempo para agradecer a Penélope aquel regalo, pues ya me estaba arrastrando a la siguiente sorpresa que me tenía preparada. ¿Conseguiría superar lo que habíamos vivido aquella mañana? Créanme que sí. Y es que estábamos en Japón, ya saben, el país de las experiencias, las sorpresas y, como no, el Sumo.

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