EL ARCO DE ODISEO, Otra vez en Japón XVIII, por Marcos Muelas




Los días volaban con una rapidez que mareaba sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Las increíbles experiencias, que rozaban lo imposible, caían dentro del baúl que llamo mente a tal velocidad que casi no podía apreciarla. Y es ahora, un año después, cuando recopilo estos momentos para tratar de no olvidarlos. Y no es que sean fáciles de olvidar, pero la abrumadora sobrecarga de experiencias, la falta de sueño y la tensión física que sufríamos cada día, impedían que pudiera valorar lo vivido. 

    Pues bien, ahora tocaba el momento de ver la Estatua de la Libertad. Sí, ha leído usted bien. No es que fuéramos a cambiar de continente y ni mucho menos llegar hasta Liberty Island. Aquel día íbamos a ver la otra Estatua de la Libertad.

    Acababa de presenciar un increíble espectáculo de Sumo, y sin tiempo para asimilarlo, ya estábamos a la carrera para la siguiente actividad.  El último trecho lo realizamos en el monorraíl sobre el Rainbow Bridge, rumbo a la isla de Odaiba. 

Esta isla artificial fue desarrollada en el siglo XIX con intención de proteger el puerto de Tokio de posibles ataques. A finales de los años noventa fue transformada en un ambicioso plan dedicado al ocio. Aquel lugar estaba destinado a llamar la atención y vaya si cumplía las expectativas. 

    Mi buena Penélope y yo íbamos en la parte delantera del monorraíl, admirando las vistas. Al no necesitar de maquinista podíamos estar en su lugar, sintiéndonos en la proa de aquel vehículo que navegaba varios metros sobre el mar. Allí nos reencontramos con la Estatua de la Libertad, bueno, una réplica que si bien no era tan titánica, no dejaba de ser llamativa. Como era la hora de comer, volvimos a la franquicia Kua ina, la que dicen es la preferida del expresidente Obama. Aquella hamburguesería, decorada con motivos hawaianos, volvió a deleitar nuestros paladares. 

    Al igual que en nuestra última visita, fueron obligatorias las vistas al puerto y a la réplica de la estatua. Pero, el tiempo apremiaba, y mientras aún masticábamos el último trozo de hamburguesa ya estábamos en marcha. 

    En la isla podemos encontrar diversos centros comerciales, cada cual de ellos más exótico. Habíamos comido en Aqua City y nos desplazamos a Diver City, otro centro comercial cuya entrada está presidida por Gundam, un robot gigante de veinte metros de altura. Y no es un robot cualquiera, es el protagonista de un famoso anime japonés.  El robot no es solo una estatua, este se mueve y realiza espectáculos de luces, humo y sonido. Un espectáculo para sorprender a todas las edades.

 Pero, pronto descubrí que no habíamos vuelto a aquella isla solo por los centros comerciales, las hamburguesas deliciosas o el Gundam. Volvimos al Aqua City porque en su interior nos esperaba una atracción increíble, Animal Touch. Por un módico precio nos adentramos en aquel lugar. Lo primero que vi fue un tucán y sin tiempo a echarle una foto giré mi cabeza para encontrarme un perezoso. Nos pidieron que nos desinfectáramos las manos y un empleado me trajo un periquito y lo posó en mi mano. De repente me quitaron cuarenta años de encima. Volvía a ser un niño en un pequeño paraíso, donde cientos de animales se movían a mi alrededor. Conejos, roedores, pájaros... no daba abasto con tantos. 

    Pero, lo bueno estaba por venir. En el siguiente recinto se encontraban las estrellas del lugar. Sobre nuestras cabezas correteaban criaturas por estructuras dispuestas para ellas. Pero toda mi atención estaba sobre las cuatro bañeras de estilo colonial. ¿Qué haría eso ahí? Para acercarme a ellas tuve que dejar paso a una tortuga de más de medio metro de diámetro. Estaba tan sorprendido que hasta me pareció normal la presencia de aquel viejo reptil. En el interior de aquellas bañeras descansaban cuatro enormes bestias, híbridos entre cerdos, conejos de indias y erizos. Los reconocí al instante, ya había visto una en el año noventa y dos, en Argentina, Cuando mi querida madre quiso mostrarme sus raíces. Yo los conocía como carpinchos, pero ahora se conocen en todo el mundo como capibaras.

 Estos roedores gigantes flotaban panza arriba en las bañeras esperando que los acariciáramos. Les rascábamos la barriga con ansiedad mientras flotaban con aquellas caras tranquilas tan características. 






    Mientras Penélope estaba bañando a la suya, un animal cayó del techo sobre su espalda y nos sobresaltó. No dábamos crédito, se trataba de un lémur, un pequeño primate que se dedicaba a gastar bromas a los visitantes. Volviendo a los capibaras, comprobamos que su fama de tranquilos era cierta. Además, cuando salían de las bañeras mostraban camaradería y respeto con el resto de cohabitantes.

En aquel lugar disfruté como un crío y como el tiempo corría Penélope tuvo que sacarme a rastras de allí. Era la segunda gran experiencia de aquel día, donde celebrábamos mi santo. Y… lo mejor de todo, es que aún quedaba una última sorpresa.

    No podía ser de otra forma... estábamos en Japón, ya saben, el país de los monorraíles que funcionan solos, los centros comerciales y como no, los capibaras.


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