Crónicas de la disidencia V. Los versos más tristes, por Vicente Llamas






La ira de las brujas… Un venenoso rumor se extiende por la comunidad: alucinaciones, señales flotantes, resentimientos, celos desafiando los valores puritanos. La histeria colectiva arrastra a Sarah Good a la celda de Ipswich. Allí alumbraría a una niña que murió de desnutrición antes de que la madre fuera ahorcada. Sucios reverendos desfigurando la verdad a los que un dios deforme daba sangre para beber, médicos ineptos encubriendo su incompetencia bajo la aflicción sobrenatural de una “mano malvada”. El fanatismo religioso sacudió la bahía de Massachusetts en el período colonial, hendido por la paranoia.

Esos dos cadáveres, madre e hija, pesan tanto como la turba de restos óseos entremezclados en los densos estratos de la arqueología contemporánea: la sombra de la intolerancia y la represión étnica, vidas rotas, desplazadas, hogares arrasados, trincheras, ropas vacías de padres o de hijos en armarios convertidos en criptas, fosas comunes y crematorios.

El hechizo es siempre el mismo, el “pastel de brujas” no consiste en centeno mezclado con orina humana, sino en simple alienación, y el perro al que alimenta tiene el rostro desdibujado de la multitud. La jauría humana, ved: una masa sonámbula, un haz de voluntades quebradas o empañadas, abducidas por huecas letanías con el poder hipnótico de los sonajeros sobre la infancia.

La hipocresía de una pequeña comunidad rural, la rabia incubada baja la represión sostenida, se propaga sordamente, sus cauces subterráneos alcanzan a cualquier tipo de sociedad, y una de las formas más agudas de alienación tiene la morfología de Oceanía en 1984. 

En el subsuelo del estado de bienestar late furtivamente la distopía, quizá por la nostalgia de una borrosa quimera ausente. La ubicua “policía del pensamiento”, vigía de la neolengua que ha transformado el léxico con fines represivos, condenando el “double-think”, manchado por su connotación subversiva, la vigilancia masiva, son intemporales. La insomne amenaza de la habitación 101, destinada a la depuración de sediciosos sentimientos individuales, obstructivos del pleno amor al Gran Hermano (basta con extraer los miedos más íntimos: dos ratas hambrientas a punto de devorar el rostro del hereje).

Una criatura bifacial surgió de la fractura del 34. La Comuna Asturiana, el comunismo libertario o el anarcosindicalismo en frustrada insurrección, el mito de la última revolución social gravitando en el “corto verano de la anarquía”. La criatura bifronte mostró su peor rostro. No bastó un bienio social, el despotismo jacobino identificaba el alma de la república con un programa reformista que relegaba a la penumbra a las fuerzas discrepantes, y los muros del Nalón cayeron, iglesias incendiadas, expolios, detenciones arbitrarias, ejecuciones, hasta el colapso del embrión de democracia obrera, su destino natural: consumirse a sí misma, perecer implosivamente bajo la acción de su propia gravedad descompensada, asfixiada por el velo de odio que extendiera sobre el mundo, ese mundo sobre el que se arrogara completa legitimidad moral. 

Antes de esa capa de miseria, el frío sedimento del cinismo, el hedor de seductores discursos que subrepticiamente amparan tráfico de influencias y lucro personal, la ciega ambición de poder.

Una criatura bifacial surgió del 34, sí: la inmunda facción cainita de Largo Caballero, la del muro y la Claridad, la del dogma mesiánico, la de la farsa bolchevique, una nueva teología, la del horror y el boicot violento al propio hermano (Écija fue testigo un 31 de mayo), la de la checa y el desgarro, la senda tenebrosa y brutal de la Cárcel Modelo que arrebataba toda legitimidad moral y presagiaba la derrota.

Frente a ella, eterno jardín de senderos que se bifurcan, la senda serena de Indalecio Prieto, la de la conciliación, la de la crítica interna y la total renovación. La mía. A veces, un paso atrás es necesario, un paso desnudo, sin pretextos. En él reside la redención.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche, pero será éste el último verso que escriba a la rosa enferma, y éste, éste será el último dolor que ella me cause.


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