CUENTOS PARA LEER DOS VECES, El club de la amapola, por Pedro H. Martínez, primera parte.
Yo lo tengo claro, soy más una maniática. Lo reconozco. No soporto mi nariz, ni mis labios, ni mis brazos, ni mi mandíbula, ni mi pecho, ni mi abdomen… Podría seguir, pero, ¿para qué?, ¿para amargarme? No. Es con lo que me toca vivir, y por eso, me he operado.
Ya verás. Hoy, como siempre, habrá alguien que se meta conmigo. “Que guapa estás María, estás cada día más espectacular”, lo primero que me dirá el carnicero de la plaza. Dice que se enciende al verme, que soy su electricidad. Calambres es lo que debería darle al verme. Lo hace porque quiere que le compre la panceta, el lomo adobado, la morcilla, la chistorra y la pechuga de pollo. “Chistorra y pechuga”, en la misma frase, me gustan. Hay que saber comprar. Es muy importante.
La cabeza la tengo bien amueblada, y si la pierdo es porque quiero y dónde quiero. La comida es esencial para que una tenga esas fuerzas que necesita para sobrevivir en esta selva en la que se ha convertido la sociedad. No puedo con los supermercados, compras una carne y te pone en la etiqueta que el setenta y dos por ciento es carne, ¿qué es el resto? Por eso, compro en la plaza de abastos, a mi carnicero eléctrico, cuando me entrega la carne, su etiqueta solo pone ocho euros con sesenta céntimos, todo debe ser carne. Tiene buena carne, lo sé muy bien. No tengo nada más que decir. Es verdad.
Por ahí viene mi vecina Irene, una lagarta, está liada con un chico joven, los he pillado en el ascensor. Él vive en frente, sus balcones están enfrentados, los dos en la tercera planta. El marido de Irene trabaja de camionero, pero no es de los que se va al extranjero, pero si, a eso de las cuatro de la mañana, a Mercamadrid. Y claro, así la mañana cunde mucho. Hay siempre unos “quejíos” a esa hora en el tercero, que más que un domicilio familiar, parece un tablao flamenco. Y se le nota a ella en el cutis, lo tiene finísimo, dice que son las cremas, pero las cremas no te dejan fina la piel y te fijan la sonrisa.
- Hola, buenos días Marta -otra que no soporto: siempre está sonriendo, y no lo entiendo. Subiendo los precios de las cosas, tu marido matado, muerto, de tanto trabajar, ella que no encuentra trabajo, sin paro, ya me entienden, y tres chiquillos estudiando, y en la edad más tonta del mundo... ¿por qué sonríe?
- Buenos días vecina, que alegre te veo siempre -será cabrona, me ha contestado, casi nunca lo hace. No es de las mías. Debe tener un trastorno.
Yo no tomo pastillas, ninguna. Y he estado mala, y muchas veces, sé que tengo faltas, pero mi genética es buena. Mi médico siempre me ve bien, y me lo dice: “tienes una genética muy buena, María”. Es buen médico, pero sé que quiere que me muera, ha intentado envenenarme varias veces. “Tómate esta pastilla cada ocho horas, pero como te dará sueño, te tomas ésta otra que te despejará, no quiero que vayas sonámbula por la calle, y este protector de estómago que la pastilla anterior provoca ulceras gástricas, pero no abuses del protector y te tomas algún prebiótico”, ¡coño!, no tomo nada y seguiré viva. Lo ha intentado tres o cuatro veces. Lo sabe una doctora amiga mía, que podría ser mi doctora de cabecera, pero ya sabe de mí demasiado, y si me mandara pastillas no podría negarme. Ella es de las mías. Y no, prefiero marcar distancia. Porque cuando digo no, es no.
Como cuando tuve el novio de Parla, venía todas las tardes a verme. Yo le dije “no quiero que vengas a verme, que no te quiero”, pero él se empeñó, me sonreía mientras su barbilla afirmaba dando golpes contra su pecho y me susurraba flojito “tú, aprenderás a quererme”. Todas las tardes me esperaba en el parque, y… hay un ratito de coche. No tenía carnet de conducir, así que no se compró coche, se lo dejaba un amigo, que digo yo, la amistad debe estar para algo. Antoñín, así se llamaba -madre mía lo acabo de matar, Dios bendito-, todos los días venía a verme, hasta que tuvo un golpe. Se lo dieron a él, dice. Su amigo no se enfadó, porque el golpe fue mientras iba andando por mi calle, ya había aparcado el coche. Lo golpearon en la cabeza y le robaron la paga del mes. A partir del golpe, dejó de venir. Prometo que no tuve que decirle nada, lo hacía por amor, cada mes me traía su paga, integra, le dije que debía ser como cuando nos casáramos. La vida en común hay que construirla desde la confianza, con buenos cimientos. Me sonreía, mientras su barbilla afirmaba dando golpes contra su pecho y me susurraba flojito … Perdón me he repetido. Estuvo seis meses trayéndome la paga, su sueldo que no era pequeño, estaba bien mirado en la fábrica de textil en la que trabajaba, hasta que le metió fuego. Su madre dice que la culpa es mía, que tras romper conmigo, se trastorno. Y no, no se le fue la cabeza porque me dejara, de hecho, nunca rompimos. Se trastornó por el golpe en la cabeza que le dio un coche y porque su madre empezó a decirle que yo me estaba aprovechando de él. Y no, señora no, por no aprovecharme, no le di ni un beso, así que no me aproveché, no soy de esas que buscan lo carnal, por quién me había tomado. Y dejó de venir, menos mal que lo hizo. A mis oídos, llegaron comentarios que no me gustaban, la madre Antoñín decía que con el dinero de su hijo me había operado del pecho. Y eso no es cierto. El dinero lo tenía en mi cuenta, junto al mío. Cuando me operé pagué con tarjeta, mi tarjeta. Me estaba acostumbrando a él. Comía pipas super rápido, masticaba chicle con la boca abierta y lo peor, cada tres palabras cuatro eran tacos, pero estaba empezando a encariñarme. No había tarde que no bajara al parque, estaba aprendiendo a quererle.
Con Antoñín aprendí que no es bueno coger rutinas que no quieras desde un principio, luego vienen los chascos. Hace unos seis años, me lo crucé por la carretera, había cambiado mucho, conducía un cambión de bomberos, me costó reconocerlo porque de ser un flacucho, ahora está más fuerte que un kilo de caramelos de menta. Se sacó el carnet de conducir mientras estuvo en la cárcel por meterle fuego a la fábrica, ahora es bombero.
Mis costumbres no son malas, y me gustan, aunque he intentado cambiarlas, pero, no. Si tienes una hora de levantarte, aunque no tengas nada que hacer, te levantas a esa hora. Yo antes de las diez de la mañana, no puedo, tengo la hora cogida, y no hay manera de cambiarla. Me dicen que tengo horario de reina, yo les contesto que soy esclava de las costumbres. Como la de casarse. Yo lo hice por costumbre. Era joven. Luego vinieron los hijos, también los tuve por costumbre, había que tener dos o tres, y por costumbre, ley de vida, se fueron. El amante, bueno ése no, ése no vino por costumbre, ése vino porque estaba hasta el moño de que mi marido me pusiera los cuernos con sus empleadas. Por despecho, vaya que sí, que las mujeres somos más listas que los hombres, lo tenemos claro, ¿no? Una mujer sabe cuándo su marido está con otra, por costumbre nos callamos, pero lo sabemos, por despecho nos sacudimos el peso de la cabeza. Y te libera, vaya que te libera. Al principio, piensas en lo mala mujer que eres, luego te das cuenta que te encanta tener amante. Eso sí, lo que no me gusta es que mi amante me ponga los cuernos, eso no lo tolero, que le den. Nadie le obliga a estar conmigo, si lo hace, yo debo ser su centro del universo.
Y es que en el universo… el universo es muy grande, hay sitio para todos. Incluso le hice un hueco en mi cuenta bancaria a la paga del mes del Antoñín. Con los años me he vuelto más metafísica, sonrío más, como mi vecina. Empecé yendo a yoga, de ahí pasé a practicar reiki, luego me apunté a pilates, ahora fumo… hierba. No lo sabe nadie. Me la dan en el herbolario que hay a la espalda del mesón de mi exmarido. El herbolario lo lleva mi amiga Chaima, una joven muy amable, empezamos con hierbas para la sanación del espíritu y hemos terminados con hierbas de la risa. Cuando voy, procuro ir a medio día. Me lleva a la trastienda, donde tiene unas alfombras y dos sofás, muy bajos, pero super cómodos, y allí nos tomamos unos chupitos, y nos fumamos unos… Y empezamos a charlar, de todo, lo mismo arreglamos el país, que montamos una guerra, hasta hemos aprendido a hacer suavizante, para ahorrar, o cocido sin tanta grasa. Hay día que nos juntamos ocho o nueve mujeres del barrio. Hasta la mujer del alcalde ha venido.
Ya le hemos dicho a la joven del herbolario, que no meta más gente, pero es tan buena gente que no quiere que ninguna mujer necesitada del barrio se quede sin su hierba sanadora. Hace unos días le regalamos, entre todas, una flor para ponérsela como collar, es una amapola. Nos gustó tanto, que nos hemos comprado todas uno. El de chaima es en color oro, para identificarla como la sanadora, los nuestros son en color plata. La dependienta de la tienda que nos los vendió los collares, una chica colombiana de tez morena y pelo rizado, muy guapa, por cierto, nos preguntó para qué eran.
No se nos ocurrió otra cosa que contestarle que estábamos formado un club, EL CLUB DE LA AMAPOLA.
(continuará)

Chaima,bonito nombre,jme suena
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