LOS SONIDOS Y EL TIEMPO, Un paseo por los Campos Elíseos, por Gabriel Lauret




El 3 de octubre de 1907 debía ser una fecha importante para Joaquín Turina, aunque él no podía imaginar hasta qué punto. Su Quinteto en sol menor, premiado en el concurso del Salón de Otoño de París y que él mismo había estrenado junto al Cuarteto Parent, iba a ser nuevamente interpretado en el Grand Palais por la misma agrupación. Lo que no sabía es que un señor gordo, de barba negra y sombrero de ala ancha, acompañado por otro, delgadito y con bigote, frente muy despejada y sombrero bombín, iba a entrar justo momentos antes de la actuación. El señor gordo, al poco de comenzar la interpretación, preguntó si el compositor era inglés, y mostró su sorpresa al saber que era sevillano. 


Efectivamente, Joaquín Turina había nacido en Sevilla en 1882 y su padre, pintor de ascendencia italiana, le animó a continuar la carrera de músico, a pesar de que había iniciado la de medicina. Considerado un prodigio desde niño, aprendió piano con Enrique Rodríguez, aunque fue Evaristo García Torres, sacerdote y músico, quien puso las bases de su técnica compositiva enseñándole armonía y contrapunto, y tuvo la visión de recomendarle que ampliara horizontes y conocimientos en Madrid. Había compuesto obras para piano, de cámara, y alguna de carácter sinfónico-coral pero de modestas dimensiones, que se estrenaron en los salones hispalenses. Con sólo quince años escribió una ópera, La sulamita, que no pudo estrenar.


Llegó a la capital de España en 1902 para estudiar piano con José Tragó, quien había aprendido la técnica de Chopin con uno de sus alumnos en París. Sin embargo, no encontró un profesor adecuado de composición. Consideraba a Felipe Pedrell, el candidato más interesante por aquel momento, más teórico que práctico, y además Turina detestaba su carácter. Lo que más le impresionó en Madrid fue la posibilidad de escuchar música sinfónica con una orquesta de calidad, la de la Sociedad de Conciertos. Hoy nos puede parecer difícil de entender, pero en Sevilla sólo había podido conocer la mayor parte de estas grandes composiciones en adaptaciones para grupos reducidos y de baja calidad, cuando no en versiones para piano.


Después de pasar tres años en Madrid, interrumpidos por la muerte de sus padres entre 1903 y 1904, en el transcurso de pocos meses, se trasladó a París. Las pérdidas familiares, unido a la distancia que le separaba de Obdulia Garzón, su novia sevillana de toda la vida, le produjeron melancolía y añoranza de su tierra. El compositor Joaquín Nin, le recomendó como profesor, para eso había viajado a la ciudad del Sena, a Moritz Moszkowski, que sólo le convenció para mejorar su técnica pianística. Nin esta vez le aconsejó que estudiara en la Schola Cantorum, fundada por Vincent D´Indy, seguidor de las enseñanzas de Cesar Franck. Antes de comenzar con D´Indy, Turina trabajó un primer año con Auguste Sérieyx y posiblemente bajo su supervisión habría terminado el quinteto.


Regresemos a la escena del comienzo. Es muy probable que el comentario del señor gordo tuviera un tono irónico, ya que su acompañante era Manuel de Falla, gran amigo de Turina desde que se conocieron en Madrid. Lo que ocurrió después del concierto ha pasado a los anales de la historia de la música. Este señor se presentó como Isaac Albéniz. Minutos después, tres de los mayores genios de la música española de todos los tiempos paseaban juntos por los Campos Elíseos y se sentaban en un local de la Rue Royale. Albéniz conminó a sus acompañantes, más jóvenes, a abandonar ese estilo internacional y fundamentar su música en el canto popular español. Le aseguró a Turina que ayudaría a que se editara su quinteto, pero que tenía que darle su palabra de no escribir más ese tipo de música. 




Joaquín Turina en 1914. 

Autor desconocido. Wikimedia commons.  




Un año después, Turina se casó con Obdulia, y en 1913 concluyó su formación en París y regresó a Madrid. A pesar de que era un compositor de éxito, su vida no fue sencilla. Tuvo que compaginar la creación con múltiples ocupaciones para sacar adelante a una familia que llegó a contar con cinco hijos. Daba recitales de piano, acompañaba a cantantes o, incluso, dirigió la gira de los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev, que recorrió dieciséis ciudades de toda España en 1918, incluyendo Cartagena, Murcia, Alicante y Alcoy. A comienzo de los años 20 fue repetidor del Teatro Real durante cuatro años, un trabajo extenuante que le quitaba el tiempo y la energía necesarios para componer. También fue crítico musical en revistas y periódicos, y realizó conferencias, incluso fuera de España. A finales de la década comenzó a mejorar su situación cuando firmó un contrato con la editorial Unión Musical Española para componer obras pianísticas y en 1931 ganó la plaza de Catedrático de Composición en el Conservatorio de Madrid. En 1935 fue nombrado Académico de Bellas Artes de San Fernando, aunque la Guerra Civil, durante la que recibió la protección del cónsul británico, volvió a dejarlo en una precaria situación económica. Al finalizar la guerra se le encomendó recomponer el conservatorio de Madrid y poner las bases para la Orquesta Nacional de España, como Comisario General de Música. Joaquín Turina falleció en enero de 1949 a causa de una bronconeumonía.


La profunda amistad con Falla se prolongó a lo largo de los años y a pesar de los múltiples acontecimientos que sacudieron sus vidas. No hace falta decir que Turina tomó muy buena nota de los consejos de Albéniz y creó un estilo propio en el que supo integrar las enseñanzas recibidas en la Schola Cantorum, como la forma cíclica tan característica, con las armonías, el ritmo y el color de la música española, especialmente de su tierra andaluza. Muchas de sus obras, más descriptivas que impresionistas, llevan nombre que alude a una temática española, como La procesión del rocío, la Sinfonía sevillana o La oración del torero. Aunque la mayor parte de su producción es pianística, posiblemente sus mejores obras estén en el campo de la música de cámara, como sus sonatas para violín y piano, sus extraordinarios tríos y su excepcional cuarteto con piano. 


Turina escribió, tiempo después, que su música era la expresión de un sevillano que no conoció a Sevilla hasta que se marchó de ella. Gracias sean dadas a Don Isaac.



 



Ilustraciones musicales:


Joaquín Turina (1919). Danzas Fantásticas. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Jesús López Cobos, director.


J. Turina (1933). Piano Trio nº.2 en si menor, Op.76. Dayoon You, violin. Andrei Ioniță, violonchelo. Catalin Serban, piano

Comentarios

Publicar un comentario