EL ARCO DE ODISEO. Otra vez Japón XII, por Marcos Muelas




En 1998 se estrenó la icónica película El show de Truman. El film, protagonizado por Jim Carrey, cuando todavía hacía un mínimo de gracia, presentaba a un hombre simplón que vivía en un pequeño pueblo insular. Sin saberlo, desde niño era protagonista de un show bautizado con su propio nombre donde todo el país seguía su día a día a través de la televisión.  Las cámaras estaban ocultas y todos y cada uno de los habitantes de la isla eran actores contratados. Así, directivos sin escrúpulos, dirigían en directo la vida de Truman para entretenimiento de la nación. Una película que marcó una generación y creó una sensación de duda en cada uno de nosotros. ¿Quién no ha sentido en alguna ocasión la sensación de ser el mismo Truman? Ese momento en el que te pasan cosas muy raras y sientes como si alguien estuviera de alguna manera dirigiendo tu destino. 






Pues así es como nos hemos sentido en cada uno de nuestros viajes a Japón. Situaciones tan imposibles que no tenían explicación y gente que aparecía de la nada para regalarnos momentos increíbles. 

Hubo un día en particular en el que tuve muchas sospechas. Ese día nos habíamos trasladado desde Kioto a la ciudad de Himeji para pasar el día.  El plan comenzó redondo, encontrando nuestra cadena favorita de mini croissants rellenos de chocolate, Choco Cro. Eso nos obligó a desayunar por tercera vez. Con el poder del azúcar empujando nuestros cuerpos nos dirigimos al castillo de la ciudad. Atravesamos la avenida principal con el castillo que íbamos a visitar de fondo. Esta joya, del siglo XVI, sobrevivió a los bombardeos de los B29 durante la segunda guerra mundial. La fortaleza fue pintada de negro durante el conflicto para tratar de ocultarla de la vista de los pilotos americanos. Pero, tras la guerra, regresó a su color blanco habitual, tal y como lo encontramos aquel día. 

Tras la visita al castillo regresamos por una de esas calles comerciales techadas tan típicas de Japón. Disfrutamos de aquel paseo, sin turistas a la vista. A ambos lados teníamos multitud de aquellas tiendas encantadoras que tanto nos gustan. Y como siempre, la variedad gastronómica nos llamaba desde todas partes. Nos decidimos por una pequeña izakaya en una de las calles paralelas. El local no tenía carteles llamativos, ni la típica decoración destinada a atraer clientela extranjera. No, aquel lugar tenía la sobriedad y discreción de un bar que se mantenía a base de la clientela local. En su interior solo se encontraba el dueño, un hombre serio cuyos hombros soportaban todo el peso del negocio. La carta no era muy extensa, pero cada uno de sus productos era atractivo. Hay un detalle, que no se si les he contado ya, los japoneses son únicos con la cerveza. Allí no se andan con tonterías de quintos o tercios, no. Allí los botellines son de medio litro y nada de cañas de barril, sirven jarras de calibre alemán. Y ya sea verano o invierno la cerveza siempre está congelada, del primer al último trago. Resumiendo les diré que la comida fue muy satisfactoria y el momento entrañable. 

Salimos de comer y allí fue cuando comenzó el verdadero Show de Truman. Me puse a ojear el mapa del lugar. Sí, soy un antiguo y me gusta llevar mapas físicos encima. Otra costumbre japonesa es que, si ven a alguien con un mapa en las manos, se acercan a ofrecerle su ayuda. Una señora entrañable se acercó interesada y nos preguntó donde íbamos. Aquello derivó en una conversación muy agradable que se extendió durante media hora. Tras despedirnos con cortesía volvimos a la calle comercial. Y justo en ese momento comenzó la acción: el desfile. Los ciudadanos iban vestidos con disfraces variados, principalmente de series de anime. Sin saber cómo, nos vimos metidos en pleno festival. ¿Quién iba a pensar que, justo ese día, se celebraba la Himeji Con? Era solo una avanzadilla para atraer a la gente a la plaza que estaba en la puerta de la estación donde acababan de instalar carpas y música en directo. Personas de todas las edades llevaban elaborados atuendos para homenajear a sus ídolos de los animes y videojuegos, llamados cosplayer ¡Hasta los perros habían sido disfrazados por sus familiares humanos! Y allí estábamos con ellos, haciéndonos sentir como uno más. Nos hicimos fotos con ellos y agradecieron nuestra atención. Allí descubrimos que en un pabellón cercano se estaba celebrando el grueso del festival. Apuntamos la dirección en el GPS y salimos decididos para allá. En ese trayecto nos encontramos con la señora con la que habíamos hablado minutos antes. Nos estaba buscando porque nos había comprado chocolate para obsequiarnos. Les recuerdo que los japoneses son muy reacios a mostrar sus emociones y ver a aquella entrañable señora, con su carro de la compra y aquel obsequio en las manos, fue enternecedor. Nos deshicimos en elogios y gratitud hacia ella e inmortalizamos aquel momento. 

Volviendo a la Himeji Con, nuestros GPS se volvieron locos y cada vez nos enviaban en diferentes direcciones. Al igual que Jim Carrey, una fuerza superior nos impedía salir de aquel lugar para llegar a nuestro destino. Quién sabe si los productores se habían quedado sin presupuesto para mostrar una convención en aquel episodio. ¿Estaría aquella agradable señora compinchada para entretenernos? Fuera como fuera, aquel día, como todos los de aquel viaje, fue inolvidable. Y por si se lo preguntan, el chocolate que nos regaló me lo traje a España. Ricas chocolatinas amargas que voy racionándome para estirarlas al máximo.

¿Y de qué otra forma iba a ser? Estábamos en Japón. Ya saben, el país de los castillos, la gente entrañable y, como no, los cosplayers.


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