LOS SONIDOS Y EL TIEMPO. Diaghilev y las zapatillas rojas, por Gabriel Lauretl









Las zapatillas rojas es una gran película británica de 1948 que retrata el mundo de la danza. Cuenta la historia de una bailarina, joven y desconocida, que ingresa en una prestigiosa compañía, cuyo director la convierte por sorpresa en protagonista de un nuevo ballet. Basado en el cuento de Andersen que da título a la película, su música ha sido compuesta por un compositor, también joven y desconocido, que inicia una relación con la bailarina, lo que provoca la reacción incontrolada del director, que la obliga a elegir entre la danza y el amor, y desencadenará el trágico desenlace. Este director es un empresario ruso, refinado y con un olfato innato para los negocios, que persigue incansable la perfección de sus producciones, pero que es posesivo, cruel y vengativo hasta el extremo con quien no se pliega a sus designios. Cualquier buen aficionado a la danza probablemente habrá pensado en un personaje histórico: Serge Diaghilev, el creador de los mundialmente famosos Ballets Rusos.


Nacido en 1872, estudió derecho en la universidad de San Petersburgo, así como música y canto en el conservatorio de la misma ciudad. Rimsky-Korsakov, que le dio clases de composición, le disuadió de que continuara por ese camino. Entró en contacto con un grupo de aficionados al arte, en el que se encontraban su primo, Dmitry Filosofov, con quien mantuvo una larga relación sentimental, y los artistas Alexandre Benois y Léon Bakst, que se convertirían en sus colaboradores más estrechos. Aunque Diaghilev carecía de fortuna propia, su poder de persuasión y su atractivo personal le permitieron obtener el apoyo de la nobleza e, incluso, del zar Nicolás II. Desde 1897 Diaghilev fue comisario de exposiciones y editor de publicaciones, para las que creó un estilo nuevo y personal. Convirtió el Anuario de los Teatros Imperiales en una revista de lujo con ensayos críticos, programas de mano, artículos e ilustraciones, y demostró su capacidad para encontrar patrocinadores, anunciantes y canales de distribución. Su última exposición, una innovadora propuesta sobre arte ruso que ocupó 12 salas del Grand Palais de París, desató la moda por este país, lo que le animó a acercar también su música con un ciclo de conciertos. El siguiente paso fue una producción de Boris Godunov de Mussorgsky en la Ópera de París, protagonizada por el mítico bajo Feodor Chaliapin, que tuvo un éxito abrumador.




Por fin, en 1909 Diaghilev representó su primer ballet en el Teatro de Châtelet, marcando el comienzo de los 20 años de existencia de los famosos Ballets Rusos. El éxito de Diaghilev se basó en una síntesis entre danza, música, escenografía y vestuario, de alguna forma análoga a la Gesamtkunstwerk (obra de arte total) de Wagner, para la que contó con lo mejor de lo mejor en cada uno de estos campos. Entre los bailarines mencionaré a Karsavina, Pavlova, Lifar, Massine y Nijinsky, que fue también amante de Diaghilev. Contó con los mejores coreógrafos: Fokine, Nijinsky, Massine, Bronislava Nijinska, hermana del anterior y, en la etapa final, Balanchine. Los ballets siguieron diversas tendencias artísticas, desde el orientalismo inicial, pasando por el primitivismo, fauvismo, dadaísmo y la estética cubista, antecediendo incluso al surrealismo. Inicialmente los vestuarios y la escenografía eran obra de Bakst y Benois, pero más adelante colaboraron otros artistas como Picasso, Braque, De Chirico, Max Ernst, Juan Gris o Matisse.
Diaghilev no dudó en encargar música para nuevos ballets. Igor Stravinsky, que había hecho adaptaciones de otros autores, estrenó El pájaro de fuego, al que seguirían Petrushka y La consagración de la primavera. Es archiconocido el escándalo de su estreno en el Teatro de los Campos Elisios de París en 1913, provocado, según dicen, por alborotadores pagados por Diaghilev. La música de Stravinsky tuvo una influencia enorme en la evolución de la coreografía. Nijinsky necesitó ayuda para que los bailarines entendieran sus ritmos cortantes e irregulares. La colaboración continuaría con Pulcinella, Las bodas y Apolo Musageta. La lista de compositores contratados por Diaghilev es apabullante: Ravel, Debussy, Satie, Poulenc o Prokofiev. Gran parte de estos ballets ha dado el salto a las salas de concierto formando parte habitual y fundamental del repertorio sinfónico.



Gaston Longchamp (1911).
Retrato de Serge Diaghilev en la primera representación de Petroushka.






A lo largo de los años la compañía tuvo momentos de bonanza y otros de dificultad. Pasó en España parte de la Gran Guerra, donde Diáguilev se empapó de nuestra cultura y conoció a Manuel de Falla, a quien le encargó El sombrero de tres picos. La coreografía fue concebida por Massine, con la ayuda del bailaor Félix Hernández. Picasso realizó el diseño de los trajes y decorados inspirado por Goya. Se estrenó con gran éxito en Londres en 1919, aunque en España fue muy criticado por el uso de ciertos estereotipos. Los problemas económicos se agudizaron en la etapa final en las que las producciones, demasiado intelectuales, pocas veces alcanzaron el éxito de las primeras temporadas. Aunque Diaghilev padecía diabetes desde 1921, no seguía dietas ni tampoco tratamiento con insulina por miedo a las inyecciones, por lo que surgieron problemas asociados a la enfermedad que se fueron agravando. Todo se precipitó en el verano de 1929. Tras la última actuación de la compañía en Vichy el 4 de agosto, Diaghilev llegó a Venecia el día 7. Allí se le desencadenó una sepsis que acabó con su vida 12 días después, en el Grand Hotel des Bains del Lido, donde también falleció, literariamente, Gustav von Aschenbach, protagonista de Muerte en Venecia.


Las zapatillas rojas podría ser un producto de Diaghilev y las conexiones con su figura son muy evidentes. La escena del ballet, con música de Brian Easdale, fue dirigida por Sir Thomas Beecham, que en varias ocasiones comandó la orquesta para el empresario. Robert Helpmann, alumno de Pavlova y marido de Margot Fonteyn, creó la coreografía y también protagonizó el ballet. La elegida como protagonista femenina fue Moira Shearer, una joven y prometedora bailarina que había sido alumna de Nicolai Legat, pareja artística de Karsavina y Pavlova. Como curiosidad, con un papel secundario aparece Marie Rambert, quien socorrió a Nijinsky durante el montaje de La consagración y cuyos dibujos y anotaciones permitieron reconstruir su coreografía hace no muchos años. Sin embargo, el guiño más evidente lo encontramos en el personaje del coreógrafo, encarnado por una de las personas más cercanas al empresario ruso, uno de sus bailarines estrella, coreógrafo y amante, Léonide Massine, quién diseñó los pasos para su rol del zapatero. Todo dentro de una película “de autor”, mejor “de autores”, Michael Powell y Emeric Pressburger, que se encargaron del guión, dirección y de una cuidadísima producción. En 1971 falleció en Nueva York Igor Stravinsky. Por voluntad propia o de su viuda, no está claro, sus restos fueron trasladados a Venecia, en cuya isla-cementerio, San Michele, fueron enterrados, muy, muy cerca de los de Diaghilev, sellando así para la eternidad una de las colaboraciones más fructíferas en la historia de la danza y de la música.
















Ilustraciones musicales:






Ballet de “Las zapatillas rojas” (1948). Dirección: Michael Powell y Emeric Pressburger. Música: Brian Easdale. Coreografía: Robert Helpmann y Léonide Massine. Interpretado por Léonide Massine, Moira Shearer y Robert Helpmann. Dirección musical: Sir Thomas Beecham.




































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