Última nota de prensa, por Vicente Llamas
Un narrador debe susurrar. Baroja en su cueva de Zugarramurdi, conjugando brujas sin que nadie pueda oírle hasta haberlas convocado a todas para arrojarlas sobre el páramo.
Un científico debe investigar, con su mancha en el rostro, anunciando transferencias adoptivas, reparaciones y apoptosis, asomando ocasionalmente al mundo para pedir ayuda económica a su denodado esfuerzo contra la caída.
Un pintor debe habitar lienzos, lejos del estruendo que sólo deformaría sus colores, aplastando la tímida luz que anida en el sótano.
Un filósofo debe herir con su razón las sombras, absteniéndose de escenarios venenosos, el impuro teatro del mundo.
El resto es oportunismo, atajos para sellar las grietas del imperfecto talento, mímica elemental, delación o estrategia, ruido para atraer la atención sobre una obra que debiera sostenerse en sus propios renglones, sin música externa.
Desconfío de polemistas que abandonan su exilio, el único destino posible del demiurgo, el único que procura una aceptable perspectiva sobre sacramentos, extravíos y miserias, para abrazar causas mundanas que empañan su materia natural. Siempre buscan algo, una renta oblicua que quizá no obtendrían con la torcida caligrafía de su ciencia, sus colores o su susurro.
La disidencia es un acto íntimo, silencioso, no impostado, que repele la escena y huye hacia ámbitos opacos. Allí acontece furtivamente el ser, despojado de máscaras.

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