Autopsia, por Concha Lavella








En primer lugar, hay que averiguar, con las muestras de saliva y lágrimas, cuál ha sido su último sufrimiento y de qué padecía.

Hemos pasado al laboratorio.

Mientras, voy a tomar muestras de los últimos rastros en uñas, pies y manos. Esto es solo el principio de la investigación de las posibles causas de su muerte, claro. Nos recomiendan dejar en cultivo restos de comida y pelo.

—Ábrele los párpados y mira su fondo de ojo.

—Doctor, aún no me ha dicho si esta mujer vivía con su familia o sola.

—Su estado huele a soledad diaria. Sus brazos están dormidos de no abrazar ni ser abrazada.

—¿Ha mirado usted si los labios los tenía de besar o de ser besada?

—No sabemos si duerme sola, por lo de tener siempre sueños raros. Gesto de estremecimiento. Nalgas apretadas de no usar el sexo. Ni nada.

—La cara es de Paz.

—Huele a juguetes y niños de forma esporádica, a hierbas del huerto, a barro, a rocío y a mañanas de tierra y pinos. Huele a hierbabuena y tomillo.

—Aquí están las muestras de saliva, lágrimas, heces y cabello. Come muchos dulces El cabello gris muestra su libertad de pensamiento. Lloraba por el dolor de las pérdidas y por la gente en guerra. Por otros mundos.

—La saliva nos cuenta que habla español y que su lengua es la de una poeta y maestra que escribe historias. Sus labios besan mucho el aire, eso sí.

—Con todo y con eso, se la ve feliz.

—¡A ver si no está muerta!




 

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