CUENTOS PARA LEER DOS VECES. Quiero un marido, por Pedro H. Martínez

 




“Cada día me cuesta más meterme en un vestido estrecho, subirme a mis Manolos negros con tacón de aguja, y venir a fiestas o quedadas sociales. Pero si quiero un marido… Yo quiero un marido, si, como lo tiene mi madre y lo tuvo mi abuela, vamos, todas las mujeres de mi familia lo han tenido, ¿por qué yo no voy a tenerlo? Mi hermana, que mira que es fea la pobre, con ese pelo tintado de lila que parece un teletubbie cuando se hace el moño, pues mi hermana, sí ella, también tiene marido. El pobre no es guapo, tampoco es pobre. Trabajaba en la fábrica de persianas de su padre, al morir el padre cerró la fábrica y con la recalificación de los terrenos donde se encontraba, sacó, limpios de polvo y paja, algo más de doce millones de euros. Ya no trabaja, ahora va de un lado a otro, montado en su Porsche rojo con la fea de mi hermana de moño lila. No me meto con eso, faltaría, él es quién ha pagado algunos de mis caprichos, solo tengo que llorarle a mi hermana un poco y… ya se ocupa ella de convencer al persianero. 


Parece que hoy el taxista está dando demasiadas vueltas, ya estoy cansada de estar aquí montada, mirando por la ventanilla trasera, en mis pensamientos… 


No está bien que yo lo diga, pero soy un buen partido. Soy profesora en un colegio de primaria, sé hablar tres idiomas, soy muy buena en la cama, tengo unos ahorritos diversificados en varios fondos de inversión, me encanta la palabra “diversificados”, y tengo un piso propio, pagado y reformado. El piso fue una herencia, y la reforma, vamos, el importe de la reforma, también vino de la misma herencia. Una tía, hermana de mi padre, más fea que mi hermana, y, mira, también tuvo marido. Falleció sin hijos y dejó en su testamento que el piso de Gran Vía sería para mí, me quería mucho, Y la verdad, yo a ella también. Las veces que habré dormido cogorzas, borracheras, embriagueces, monas y melopeas … y mis padres tranquilos, dormía en casa de la tita Marina.


Ya veo el Museo, no hay gente en la puerta. Mis amigas deben estar dentro, lo veo normal después de retrasarme casi una hora, pero me haré la enfadada. Bastantes putadas me han hecho a mí, bueno, no tantas, quizás he sido yo más mala que ellas. Mis dos mejores amigas me aguantan demasiado. Yo las quiero mucho, somos uña y carne desde el instituto, inseparables, comprometidas, cómplices… Yo soy la más sobona de las tres. A Carla la llevo acosada, en el mejor sentido de la palabra, envidio su piel y sus tetas, me encanta tocárselas. No, no, no, no soy lesbiana, para nada me atraen las mujeres, pero me encantan las tetas de Carla, y ella lo sabe. Mis tetas son postizas, más falsas que la torre Eiffel de Las Vegas, y las suyas son grandes, blandas y tersas a la vez, mis pezones son pequeños y los suyos son sonrosados y grandes. Una vez se los chupé, solo para saber cómo eran, y ella se escurrió, yo no seguí, pero ella se puso descompuesta, estuvo dos días sin hablarme, cuando lo hizo, me dijo que la había confundido, que no creía que si otra chica la… se excitaría y, se excitó, ya lo he dicho, se escurrió con los ojos cerrados. 


A Mamen… es una santa, todo le parece bien, no se enfada nunca. Todo es “vale cariño”. Y claro, a una víbora como yo, que busca marido debajo de la piedras, no me puede consentir. Le he quitado más de cuatro novios o pretendientes, de esos amiguetes con derecho a roce. Pues me he acostado con ellos, y se lo he dicho a ella. Porque soy leal a mi amiga, claro. ¿Cómo no le voy a decir que su novio le está poniendo los cuernos, si tengo pruebas? Todos me dejan algún moretón. Yo también soy de morder, y alguno se ha ido con el rabo entre las piernas. ¿Sabes lo que pasa? Se creen que, siendo amiga de su novia, no vas a decirles nada, porque piensan como hombres, y las mujeres somos mucho más leales. Si nos acostamos con el novio de nuestra amiga se lo decimos, para que lo deje, que hay que ser “cabrón” para ponerle los cuernos a su novia, mi amiga.


El taxista se ha pasado, me ha dejado lejísimos de la puerta del Museo. Hoy, voy sin medias. Y eso tiene algún problemita: se pega el vestido. Ojo a mi vestido, es un palabra de honor de Carolina Herrera, en satén negro, quiero resaltar mis hombros, mi cuello y mi escote. Dicen que el lugar más sensual de una mujer son los hombros, así que… a lucirlos desnudos. Me he operado dos veces el pecho, la primera vez me puse poco pecho, la segunda… vaya, la segunda me puse unas buenas tetas, el cirujano, una pena, está bueno y casado, me dijo que debía adaptarme primero una talla menor y engordar un poquito para que hubiera piel para poder meter una talla superior. Así, estuve algo más de un año. Y menudas me dejó. Preciosas. No se mueven, salvo que yo quiera. Me costaron, bueno, al persianero, algo más de nueve mil euros, ya me diréis si las enseño o no. En la playa, soy la revolución. La verdad es que tengo un cuerpo perfecto, me teñí el pelo de rubia un año antes del estreno de la película “Barbie”, cuando fui al estreno, la gente se echaba fotos conmigo pensando que era parte del marketing de la misma. Y yo me dejo, porque me gusta destacar. Mido un metro ochenta y cinco centímetros, y con tacones superó el metro noventa. Me puse un poquito de culo, un implante. Y con todo… 


No encuentro marido. No tenía la regla y ya quería un marido. Siempre lo he tenido claro, y he sufrido por ello, no poco. Porque se sufre mucho. Menos mal que he tenido a mis amigas y mi hermana que me han apoyado en todos los momentos de mi vida. Es muy importante contar con gente a tu lado, hasta que me operé no podía mirarme al espejo, no me veía. Entonces empecé a sentirme yo. Como si dentro de mi hubiera una mariposa con cuerpo de gusano. Gracias a mi hermana, si la del pelo lila, no tengo otra, ella me ayudó a financiar mis operaciones. Ella es mayor que yo siete años, así que ella me usaba de muñeca, me ponía la ropa que le quedaba pequeña, me peinaba, me hacía coletas o me calzaba sus sandalias, también nos subíamos a los tacones de mamá, sin que lo supiera. Ella convenció a su marido para que pagara mis operaciones, luego, cuando empecé a trabajar, quise devolvérselo, y mi hermana me dijo que lo gastásemos en un viaje las dos solas. Y así lo hicimos, nos fuimos a Tailandia. Mi hermana, aparte de buena persona, es muy guarrilla, yo también tengo esos genes, creo que vienen de mi madre, mi padre es muy serio, pero mi madre tiene la mirada seductora que tenemos mi hermana y yo. Lo hemos comentado muchas veces, y mamá dice que estamos locas, se ríe y se marcha de nuestro lado con la sonrisa en la comisura, a mi madre le encanta que le contemos nuestras historias y barrabasadas con los hombres. Lo que ocurrió en Tailandia no lo sabe nadie, salvo mis dos amigas y mamá. Nos hicimos un tattoo en tailandés que creímos decía “siempre hermanas”, pero el tatuador debía saber que no volveríamos nunca, hace unos meses nos enteramos que dice: “siempre zorras”. 


Hoy es un día ideal, un lugar culto y distinguido para encontrar un marido: el Museo de la Ciudad. Solo quedan unos metros para llegar, voy a echarme un poco de gloss en los labios, parece que los llevo resecos”.


  • Buenas noches -dijo el portero, un chico alto, de hombros fornidos, trajeado y con pinganillo en la oreja.
  • Buenas noches, no traigo la invitación -dijo ella mientras buscaba en el minúsculo bolso de mano.
  • Si me dice su nombre, podría buscarla entre los invitados -el joven portero parecía apurado-, entienda que es una fiesta privada, y precisa…
  • ¿Algún problema Jacob? -se acercó un segundo portero.
  • No, ninguno -contestó el joven Jacob.
  • Soy Beatriz Pérez Martín -ella parecía nerviosa.
  • Espere un segundo -el joven buscó en la tablet pero no encontró ninguna Beatriz Pérez Martín-, perdone, ¿dijo Beatriz?
  • Si.
  • ¿Algún problema? -otra vez el impertinente del segundo portero.
  • No, ninguno -volvió a contestar el joven Jacob.
  • Ninguno -ella miró a Jacob con ojos de ternura y complicidad. El joven volvió a mirar la tablet, se detuvo en un renglón, la miró a ella, volvió a mirar la tablet, la miró otra vez a ella, ella sonrió, él levantó las cejas-, puede pasar señorita, todo ok.


Ella sonrió y agachó la cabeza para ponerse a su altura, con los tacones superaba al joven Jacob. Cuando pasó por delante de él, el joven se acercó y le dijo al oído: “Señorita debería ir al Registro Civil y cambiar Miguel por Beatriz”.

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