PUNTO DE FUGA. El amor y el sistema inmunitario, por Charo Guarino
Que el estado anímico influye en la salud queda fuera de toda duda, como está claro que las personas antes o después acaban siendo víctimas de circunstancias desfavorables mantenidas en el tiempo, situaciones que hacen mella en el espíritu y debilitan el sistema inmunitario, la defensa con la que cuenta el cuerpo para luchar contra las infecciones a las que está expuesto. Es entonces cuando con la guardia baja cualquier antígeno, no necesariamente nocivo, es percibido como un ataque, lo que provoca alteraciones de ese sistema que pasa de ser nuestro aliado a nuestro enemigo, haciéndonos aún más vulnerables e indefensos frente a potenciales enfermedades.
Las plantas medicinales y la homeopatía contribuyen junto con los medicamentos desarrollados en laboratorios por la industria farmaceútica a preservar la salud, a restituir el vigor perdido o a paliar los efectos adversos de la enfermedad o simplemente del implacable paso del tiempo y sus efectos sobre nosotros.
Una alimentación adecuada y hábitos saludables en los que el ejercicio físico debe estar presente, así como el cultivo de las aficiones que más nos satisfagan, son imprescindibles para que el engranaje biológico funcione. Pero más allá de todo lo anterior, hay algo que no depende estrictamente del individuo, que trasciende sus límites corporales y que resulta necesario para una existencia plena: la relación con el otro. Porque, como dijera Aristóteles, el ser humano es un ser social por naturaleza (ἄνθρωπος φύσει ζῷον πολιτικόν).
El estudio de las palabras nos revela secretos ocultos y nos da razón de cosas que ignoramos porque poco a poco va perdiéndose la noción de su existencia, hasta quedar encriptada y oscurecida bajo una capa de ignorancia. La etimología desentierra esos secretos, y a través de ella podemos ver hasta qué punto están relacionadas cosas aparentemente tan dispares como el tomillo y las emociones, y entre estas y la salud.
En la antigua Grecia (tenemos testimonios, entre otros, en Homero, Sócrates o Platón), se habla del thymós. Para Homero es la sede de las emociones y los sentimientos, así como el lugar donde se encuentra en esencia el aliento vital. El ardor guerrero es también thymós para Homero. El ‘coraje’, que empleamos coloquialmente en la expresión ‘me da coraje’ en el sentido de ‘me produce pesadumbre’ (o pesambre, como se dice vulgarmente en Murcia haciendo uso del fenómeno de la haplología, una forma de síncopa que afecta a toda una sílaba). Porque el coraje es valor pero también valentía para enfrentarse a lo que nos perturba. Asertividad.
Platón lo considera un puente entre el nous (el pensamiento, protagonizado por el cerebro) y el menos (el deseo), es decir, entre lo racional y lo anímico, lo concreto y lo abstracto, que forman un todo indisoluble.
Todos tenemos en mente la imagen de Tarzán golpeándose el pecho y emitiendo simultáneamente su célebre grito que alguna vez hemos imitado. Se trata del ‘thymos thump’, cuyo propósito era el de alentar el valor y ahuyentar el miedo, tal como hacen muchas tribus guerreras, y como también podemos ver en los juegos de los niños, seguramente emulando inconscientemente lo que observan, asimilan e interiorizan.
Quizá no sea gratuito el gesto de Popeye, golpeándose sobre el diafragma para tragarse el bote de espinacas que le procuraba valor, energía y fuerza, gesto probablemente heredado desde aquellos primeros homines sapientes, y seguramente de forma previa y también paralela en distintas especies de homínidos, como ocurre hoy en gorilas, orangutanes o chimpancés.
La razón de este nombre se debe a una glándula importantísima pese a su pequeño tamaño: el timo, cuya disfunción al parecer está relacionada en algún caso con el suicidio o con determinados casos de cáncer, lupus y otras enfermedades varias relacionadas con el sistema inmunológico.
Su posición recóndita, tras el esternón, está en consonancia con la sede que tradicionalmente se otorga a las emociones más íntimas (en el doble sentido de más internas y más privadas): las vísceras, como el hígado (el griego ha dejado huellas en nuestro vocabulario de su importancia vital y espiritual, como podemos percibir en los adjetivos ‘colérico’, ‘melancólico’ o ‘atrabiliario’, que hacen referencia a la bilis), el corazón, o, de forma genérica, las entrañas (epithymía, que es a su vez sinónimo de antojo, deseo caprichoso, como el que se atribuye a la mujer durante el embarazo), en la expresión afectiva hiperbólica ‘hijo de mis entrañas’.
No es casual que el nombre científico del tomillo sea thymos vulgaris. Al igual que el romero, se trata de una planta silvestre de apreciadas propiedades medicinales, especialmente apropiado para problemas de las vías respiratorias, como el asma o la bronquitis. Se dice que las doncellas en el medievo ponían tomillo en las armaduras de los caballeros, para alentar su valor pero seguramente también como señal de amor y preocupación, por sus propiedades antisépticas.
En griego moderno -la cantante helena Elefteria Arbanitaki tiene un tema precisamente con ese título- se emplea la expresión Na me thymáse, esto es, ‘para que no me olvides’ (literalmente, ‘para que me tengas en el thymós’).
Nada mejor que tener activo el thymós para tener a raya enfermedades y preocupaciones. Aunque no siempre esté en nuestras manos.


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