La señora Tilben, por Concha Lavella Clemares



La Señora Tilben sorbió su último trago de café mirando por el balcón hacia la plaza donde se hallaban dos perros en posición indecorosa.


Abrió sus ojos perpleja mientras daba su sorbito de café en su tacita de porcelana, con un ligero balanceo de falda de vuelo y tacones de piel azul.


Ya sin cuidado se dio media vuelta y tropezó con el enorme cuerpo de su marido recién llegado del trabajo maletín en mano. Sin quitarse el sombrero, la estrujó entre sus brazos dejando caer el maletín a la vez que la tacita volaba por el aire en dirección a la puerta de salida, abierta.


Un beso les hizo permanecer en escena dejando un brillo gris en el salón y una continuidad de luz desde la ventana les recogió como en un film de película americana años 50.


Claro que esa escena se deshizo al momento de terminar su beso y su querido marido decir "Ya la he matado", dejando caer el revólver sobre el sillón aterciopelado color azul nácar, ella desplomada desde sus brazos cayendo en la antigua alfombra persa como el cuello de un ganso sobre el agua mansa de un lago oscuro, sus ojos entornados, su pelo negro recogido, sus labios rojos deshechos.



Martin cayó de rodillas sollozando. "¿Y ahora qué voy a hacer sin ti, ahora qué va a ser de mí? Mi bella damisela, mi corazón de zafiro. Mi alma."


Contempló unos instantes en diagonal el revólver sobre el sillón, como si tuviese vida propia.


El ala de su sombrero daba sombra a la escena.


Alargó el brazo tembloroso, lo acercó hacia sí mismo.


Miró su cañón girándolo hacia sí.


Y lo elevó a sus sienes.


Alguien desde la puerta le gritó "¡No lo hagas!"


Era ella. Se había levantado y había salido de la habitación sin que él se diese cuenta.


Ella sabía que sólo quedaba una única bala en la recámara.


Él, con cara enloquecida, corrió tras ella.


Disparó de nuevo. Esta vez el tiró lo hundió en el techo: el tío Jam pudo elevar su brazo y bloquearlo por la espalda. La Señora Tilben pudo salir corriendo.


Las partituras del piano cayeron al suelo. Por casualidad sonó esa melodía de La Flauta Mágica que tanto solía gustar a Tilben y a Martin.


El gato se acomodó en su butaca al sol.


Salió el mayordomo bandeja en mano.


- ¿Los señores van a querer tomar algo?


La señora Tilben sonrió de una forma helada y acompañó a su mayordomo haciéndole girar de forma elegante.


 Martin, a su vez, se encendió uno de esos cigarrillos largos que le daban un aire de pacifismo hipócrita.


Ya se asomaba el final de la tarde.


Daban las 6 con gravedad en el viejo reloj de pared. El tranvía hizo su parada cerca de casa con el mismo barullo de gentes.


Es esta una pareja tan fría que hasta en un asesinato nadie muere. Mañana, tal vez.


El tío Jam sonrió colocándose su lente monocular y mirando su reloj de bolsillo dentro de su traje blanco y chaleco gris.


  En la habitación del fondo, un teclear de máquina de escribir puso la piel de gallina a todos. El gato saltó de su cómoda butaca revolcándose con ruido en el brillante mármol del suelo.


Estornudó el mayordomo.


 La novela se estaba olvidando de ellos.


Y el tranvía de la plaza Chemsky ya no existía. Tampoco la ventana, ni los perros se posicionaban de forma indecorosa.


 La señora Tilben se puso sus medias rojas y agarró el whisky con su cigarrillo en mano.


 Asesinó a su autor y le plantó.


Un borrón de tinta corrió por todas las páginas donde se hallaba, así que ahora figura en las bibliotecas más elegantes de Birmania, Nueva Orleans, Rusia, Nueva York, Japón, Francia, Alemania…  Cisjordania. Y qué sé yo.


 -Para esto me quería él muy cabrón. Encima era un idiota que a la mínima me hacía cantar en sueco, siendo como soy de Huelva. ¡Qué asco!



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