EL ARCO DE ODISEO, Otra vez en Japón XIII, por Marcos Muelas.
Alcohol, armas… ¿Qué podía salir mal?
Como escritor de novelas, en ocasiones tienes que describir lugares, vehículos o armas para tus protagonistas. Para las localizaciones me gusta elegir ciudades en las que ya he estado. Los vehículos son fáciles de elegir, los puedes haber visto en la tele o si no buscar información en Internet y parecer que eres un entendido de cilindradas.
Con las armas más de lo mismo, pero hay cosas que Internet no te enseña.
Nunca me han gustado las armas de fuego, demasiado peligrosas, demasiado ruidosas. ¿Saben ustedes qué pasa cuando disparas un arma en un sitio cerrado? La detonación es tan brutal que te quedas sordo y desorientado durante un buen rato. Pero eso no te lo cuentan en las películas.
En mis novelas elijo armas por su estética, pero, ¿cuánto pesa un arma? ¿Cómo es su retroceso? Y lo más importante, aquello que Hollywood se salta a la torera, ¿cuántas balas lleva un cargador?
Estábamos en Japón, uno de los países más seguros del mundo, donde la simple tenencia de armas ya le podría costar penas de años de cárcel e incluso la perpetua.
¿Cómo podía imaginarme que mi buena Penélope me tenía preparada una sorpresa tan especial? Para aquella noche había buscado un local de copas donde, si es cierto que había poca variedad de alcohol, era suplido por la oferta de entretenimiento. Déjenme decirles, que la mayoría de bares de copas, suelen ser locales diminutos ubicados en las primeras plantas de los edificios, en lugar de en los bajos. Lo más curioso es que en Japón se cuenta la planta baja como primer piso, por lo que los locales se anuncian como second floor, segunda planta. Llegamos a aquel lugar, al que se accedía por unas escaleras empinadas que llevaban hasta la primera planta (la segunda, según los autóctonos). El local lo regentaba un joven, que tras una pequeña barra nos saludó y nos invitó a sentarnos en una mesa. Pronto nos trajo la carta de bebidas, y como ya les dije, tenía menos detalles que el salpicadero de un Seat Panda.
Carta de armas
Pero, fue la otra carta la que me hizo estallar la cabeza. En ella se mostraba un largo listado de armas. Junto a la foto y descripción de cada ejemplar, nos informaban de aquellas películas en las que habían sido utilizadas. Era imposible decidirse. Levanté la cabeza y vi una mesa al fondo del local. Media docena de turistas, todos hombres de aspecto robusto que parecían sacados de una película de marines americanos. Atrincherados tras botellas y jarras de cerveza parecían enfrascados en conversaciones cargadas de nostalgia y viejas batallas en tierras extranjeras. En sus rostros se reflejaba el típico desprecio a la muerte de los combatientes. No muy lejos encontré la galería de tiro, que ocupaba la mayor parte del lugar.
Como ya les dije antes, armas de fuego, alcohol y adrenalina, una peligrosa mezcla. Pero, no se alarmen, las armas eran réplicas fabricadas para disparar balas de plástico, airsoft. Pero, no por ello era menos excitante. Para cuando llegó el camarero ya tenía pensado mi pedido, una cerveza y una Desert Eagle. Antes de darme cuenta, ya me encontraba en la galería de tiro, con unas gafas de protección y aquella arma en mis manos. Había elegido aquella, por ser una de la más utilizadas en mis libros. El arma favorita de Eva, la Naikir inseparable del Eterno Purio. La Desert Eagle pesaba como una de verdad. El camarero, ahora convertido en maestro armero, me entregó un cargador y unas gafas de protección. No me dio ninguna instrucción ni advertencia. Quizá, por verme extranjero asumió que yo estaba familiarizado con el uso de armas. Por suerte, tras años como espectador de películas de acción, sabía lo que tenía que hacer. Introduje el cargador con soltura, como si lo llevara haciendo toda la vida. Tiré de la corredera para que la primera bala entrara en la recámara y tras quitar el seguro apunté a la diana. Apunté, me preparé para el retroceso y tiré del gatillo. Esperaba que el arma no tuviera retroceso y me equivoqué. Por fortuna, el arma emitió un estruendo moderado, mucho menor que el de un arma de verdad. El proyectil dio en el blanco, para mi sorpresa. Me vine arriba y disparé ráfagas cortas, una sensación de adrenalina inexplicable. Al terminar, coloqué el seguro de nuevo y dejé el arma sobre el mostrador con todas las medidas de seguridad posibles. Aunque no fuera un arma letal, uno de esos proyectiles puede saltarte un ojo o crear lesiones, poca broma. Me entregaron la diana y pude comprobar que había hecho un trabajo más que aceptable.
Aquella noche visité un par de veces más la galería de tiro. Experimenté la sensación de mis personajes literarios con aquellas armas de ficción. El arma de Prometeo… Las mismas que usaron en sus películas John Wicht o Deadpool, entre otros.
Pude probar los chalecos antibalas, máscaras de gas y posé con armas pesadas. Hasta un retractor de las armas de fuego, como yo, podía sentirse un niño grande por una noche. Luego nos relajamos con unas cervezas y unos vasos de Sake entre las nubes de humo de los cigarros y la luz mortecina del local. En las mesas cercanas los soldados veteranos continuaban alternando carcajadas con momentos de nostalgia.
El día había sido increíble, la noche cuando menos emocionante. Pero, disparar en Japón, por muy emocionante que pareciera, se quedaba muy corto comparado con lo que nos esperaba por vivir durante los próximos días. Pero no les adelantaré acontecimientos, porque antes nos quedaba la misión más arriesgada, bajar aquellas empinadas escaleras para salir a la calle. Alcohol y escaleras empinadas, ese era el verdadero peligro de aquel lugar ubicado en una “segunda” planta.
Y no podía ser de otra forma, estábamos en Japón, ya saben, el país del sake, las peligrosas escaleras y por supuesto, los bares temáticos.


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