CRÓNICAS DE LA DISIDENCIA. II El segundo mundo, por Vicente Llamas.






El liberalismo es un sacramento hueco, un fruto corrompido que siempre aprovecha su oportunidad, grietas entre las almas muertas que Gógol conjurase en su sueño letárgico de póshlost, el lienzo de banalidad moral que las oprime. La flor inversa aguarda, paciente, sin fe alguna en la transcendencia, las impuras liturgias de la usura para cobrarse una última libra de carne de la desnudez cumplida sin derramar una gota de sangre.

El marxismo estatalizado, el engendro mecánico de Illich Uliánov, no el materialismo dialéctico de Marx en su raíz hegeliana primordial, es un autómata deforme que oculta la mitad de su rostro en la niebla con subrepticia vocación teológica: no desea liberar, ansía redimir, usurpar el rol de la vieja religión, ser el sucedáneo del opio para una población conversa, abducida por una mesiánica ingeniería social que urde venenosos símbolos, desplegando sombrías estrategias de sumisión.

La sucia maquinaria de fobias y miseria ciega con barro los abismos interindividuales de la perversa dinámica de dones y servidumbres, arrojando millares de cuerpos insomnes a la inmensa fosa común de la que no pueden brotar la rebeldía ni el asombro: la fábrica, la tierra no alienada, usufructo exclusivo de una comunidad rural explotada por el demiurgo central, siempre envuelto en privilegios.

Una industria de mujiks crónicos, resignados a hogares atormentados por la sequía, a lechos estremecidos en invierno y a trigo no confiscado. Las necesidades a satisfacer en las unidades de producción son, a su vez, las necesidades de la unidad de consumo, pero el agente vivo es aplastado por el intermediario en un caso, el comisario en otro, intrusas figuras cuyas manos ácimas no conocen el latido de la tierra, su hostilidad primera, su cálida fecundidad final, absortas en la abstracta insinuación del metal.

El marxismo estatal que invocan los nuevos pedagogos de la desolación es una anacrónica máquina de vasallaje corporativo que muele almas, tritura hijos para vomitar "camaradas", sonámbulos devotos despojados de auténtica voluntad en impúdica profesión de sacramentos nocturnos, adeptos a la tramposa imaginería social, el nuevo soma, la nueva adicción. 

Un perfecto engranaje de hechizos, gestos oblicuos y vísperas vacías, sucediéndose, iguales a sí mismas, sin desembocar jamás.

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