AMIMANERA, La trinidad del pensamiento: Sócrates, Platón y Aristóteles, por Juan Ángel Sánchez
Tras años de lectura de los grandes pilares del pensamiento clásico, he decidido intentar mostrar las reflexiones de algunos hombres sabios sobre cómo debería ser una sociedad sana. Me choca que a veces nos perdemos entre tantos filósofos complejos, teorías sofisticadas y sistemas cerrados, y olvidamos que hubo tres figuras fundamentales que, sin estar exactamente en el origen de todo, sí marcaron el inicio de lo que hoy llamamos pensamiento europeo u occidental. Sócrates, Platón y Aristóteles sentaron las bases de la convivencia, de las religiones y de buena parte de las ideas que aún hoy influyen en nuestra forma de vivir, de educar y de organizarnos como sociedad.
Hablar de cualquiera de estos tres pensadores es, inevitablemente, mostrar solo una parte mínima de su pensamiento. Sócrates nunca escribió nada; Platón nos dejó diálogos en los que su maestro aparece como protagonista y portavoz de muchas ideas; Aristóteles, por su parte, nos legó escritos que en su mayoría se le atribuyen, aunque algunos fueron recopilados y ordenados por sus discípulos, otros muchos se perdieron. Lo verdaderamente relevante no es tanto la autoría exacta de cada idea, sino que entre los tres se encuentra lo esencial de la filosofía antigua. Es muy probable que muchas de las ideas que han llegado hasta nosotros no pertenezcan exclusivamente a uno u otro, sino que sean una construcción conjunta, una herencia compartida que ha ido modelando el pensamiento occidental durante siglos.
No pretendo hacer aquí un análisis académico ni exhaustivo. Mi intención es destacar algunas ideas que considero fundamentales, casi en forma de aforismos, y dejar que sea el lector quien decida si lo que dijeron sigue siendo válido o si ha quedado superado por el paso del tiempo.
De Sócrates, el pensamiento que más me inspira es aquel que sostiene que el mal nace de la ignorancia. Según esta visión, nadie obra mal de manera consciente, sino que lo hace porque desconoce el bien. El mal esclaviza, mientras que el bien reconforta y libera. Esta afirmación, aparentemente sencilla, tiene profundas implicaciones éticas y educativas, ya que sitúa el conocimiento y la reflexión como herramientas fundamentales para mejorar al individuo y, por extensión, a la sociedad.
En el ámbito social, defendía el diálogo como elemento esencial de la vida en comunidad. Para él, la discusión produce conocimiento y el cuestionamiento —incluso cuando resulta incómodo— contribuye a la salud de la sociedad. No hay progreso sin confrontación de ideas. Esta visión conecta con planteamientos modernos que sostienen que las sociedades se construyen a partir del debate: cuando las opiniones se enfrentan, se analizan y se elige la más adecuada para cada momento histórico. El consenso no nace del silencio, sino del intercambio crítico.
Otra de las ideas socráticas más conocidas, y también más ridiculizadas en su época, es la de su voz interior, el llamado daimon. Sócrates afirmaba que desde niño lo acompañaba una especie de conciencia interna, a la vez crítica y orientadora, que no le decía qué debía hacer, sino qué debía evitar. Una voz a medio camino entre lo divino y lo humano, que hoy podríamos relacionar con ese diálogo interior del que tanto se habla en el pensamiento contemporáneo y en la psicología moderna. Esa conversación interna, lejos de ser una debilidad, era para Sócrates una guía moral. Ese pepito grillo que todos tenemos en la cabeza, que nos habla y es mitad divino, mitad demoníaco. Donde todos los pensamientos inconfesables y confesables se entremezclan para extraer, después de prueba y error, los actos o pensamientos que vamos a utilizar para la vida, ya sean correctos o errados.
Hay además un planteamiento en Sócrates que rara vez se subraya lo suficiente: su visión de la pena de muerte como el fracaso último de la sociedad. Condenar a alguien a morir equivale a asumir que el ser humano no puede cambiar, que está definitivamente perdido. Pensaba justo lo contrario. Creía que siempre se puede aprender, que siempre se puede mejorar y que nadie debería ser esclavo de sus errores pasados. Desde esta perspectiva, castigar de forma irreversible no es justicia, sino renuncia a la educación y a la posibilidad de transformación moral.
Esta idea resulta especialmente provocadora porque choca frontalmente con ciertas concepciones religiosas posteriores, en particular con la tradición judeocristiana del pecado, la culpa y la expiación. Para Sócrates, no tiene sentido machacarse por los errores cometidos ni vivir sometido a la culpa. Lo verdaderamente importante no es el error en sí, sino la ignorancia que lo provoca. El camino correcto no es el castigo eterno ni la penitencia infinita, sino el aprendizaje, el cambio y el avance hacia la virtud. Se trata de desechar la ignorancia y abrazar el bien.
Resulta igualmente reveladora su actitud ante la muerte. Condenado injustamente por la ciudad de Atenas, Sócrates aceptó beber la cicuta antes que exiliarse, pues sabía que el destierro lo haría profundamente infeliz y que vivir traicionando sus principios no merecía la pena. Para él, la muerte no era un castigo, sino un descanso, comparable a un sueño profundo, sin dolor ni sufrimiento. Esta serenidad ante el final refleja una coherencia vital difícil de encontrar incluso en la actualidad.
Por último, hay una frase atribuida a Sócrates con la que resulta difícil no estar de acuerdo: «El camino más noble no es someter a los demás, sino perfeccionarse a uno mismo». Esta idea puede trasladarse directamente al ámbito de la educación y al papel del maestro. Quizá por eso Sócrates nunca escribió nada. Su enseñanza no consistía en transmitir datos cerrados, sino en enseñar a pensar, en provocar preguntas, en incomodar al alumno para que encontrara sus propias respuestas. Memorizar puede servir durante un tiempo; aprender a pensar, en cambio, transforma de verdad a las personas y, con ellas, a la sociedad…
Continuará con “el de espaldas anchas”.
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