CLASE DE LENGUA Y LITERATURA, Don Diego en Ratisbona y Maguncia, por Santiago Delgado




Don Diego es Don Diego Saavedra y Fajardo, pionero de la Diplomacia española, en el XVII por toda Europa. En Regensburg, Ratisbona en español, fue Embajador Plenipotenciario de España, para acabar las guerras europeas, tan imbricadas de religión y poder nacionalista. Luego, en Münster firmó junto con otros, la retirada española de Flandes, aquella herencia envenenada de Carlos V a su hijo Felipe II. Cien años de irse la riqueza española, casi entera, en defender allí la Corona Imperial del Habsburgo. Pobre España. Ni defendía territorio propio, ni siquiera territorio ocupado. Y aquellas gentes, hoy belgas y holandesas, querían gobernarse por sí solas, osadía anticipada al tiempo. De Flandes, España sólo se trajo héroes y gloria; también muertos, claro. Y “El Jardín de las Delicias”, del Bosco, arrancado por derecho regio a su anterior propietario, Ay… 

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Bueno, pues el buenazo de Saavedra Fajardo, mientras andaba y andaba los caminos centroeuropeos camino de alguna negociación que llevarse a la boca, por las tabernas con chambra y camastro o en el puro salón del colmado, durmiendo sentado apoyado en la pared, iba escribiendo su mejor obra literaria: “Idea de un Príncipe Cristiano en cien empresas”. Por empresa entendía dibujo alegórico a lo escrito, que no era sino consejo al Príncipe Austria, Baltasar Carlos, al que otro Diego retrato sobre rampante equino. El Infante murió aún imberbe, pobre. Los cien consejos, que pretendían matar –aunque no del todo– a los de Maquiavello, terminaban en un último consejo, a modo de memento mori, con un soneto escalofriante, que va más allá del pobre destino de consejo a príncipe. Es todo un testamento de senequismo español. Helo aquí:


                             LUDIBRIA MORTIS

 Este mortal despojo, oh caminante,
triste horror de la muerte, en quien la araña
hilos anuda y la inocencia engaña,
que a romper lo sutil no fue bastante,


coronado se vio, se vio triunfante
con los trofeos de una y otra hazaña;
favor su risa fue, terror su saña,
atento el orbe a su real semblante.


  Donde antes la soberbia, dando leyes,
a la paz y a la guerra presidía,
se prenden hoy los viles animales.


¿Qué os arrogáis, ¡oh príncipes!, ¡oh reyes!;
si, en los ultrajes de la muerte fría
comunes sois con los demás mortales?


     Hale… recojan y salgan modosos y educados al salvaje Oeste, que diga al recreo. La clase ha terminado





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